DE QUE TU VIDA SEA UN THRILLER POR CULPA DEL GAZPACHO

Es importante decir primero que yo no soy una tía guapa. No doy asco tampoco, pero no creo que nadie sueñe conmigo apriorísticamente. Es decir, soy la clase de persona cuyo atractivo físico es como mucho un “y además”. Si le gusto a un camarero con aspiraciones a humorista porque hemos coincidido en un pub, le he hecho cuatro bromas y le he rozado el brazo sutil pero sugerente dos veces seguidas, cuando hable de mí con sus amigos dirá: “Esa tía es muy maja, ha visto todas las pelis de Woody Allen, sabe quién es Lenny Bruce y además no está mal: buenas-tetas-cara-graciosa”. Nunca dirá: “He conocido a una tía que está buenísima” y empezará a emitir zumbidos neandertales de poder machuno mientras improvisa danzas fálicas actualizadas al estilo del presente siglo, para demostrar así a sus amigos la veracidad de dicha afirmación.

Sea como sea, el frutero del supermercado de mi barrio está enamorado de mí. Me quiere desde el primer día que me vio. Yo ni me di cuenta de que estaba en la estancia. Buscaba desesperadamente surimi. No había nada más para mí. Pasta sintética de desechos de pescado y yo. Me paré frente a las cámaras frigoríficas. Dejé que el frío me contrajese la piel unos segundos. Esas pequeñas ráfagas vampíricas que me monto en el súper hacen la vida cotidiana mucho más interesante. Cogí los palitos de cangrejo y noté una fuerte punzada en la nuca. Era la abrasadora mirada del frutero enamorado. Todo esto lo supe semanas más tarde a través de un flashback.

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DE SER FELIZ Y POR ELLO TEMER AL YIHADISMO

Estoy posada en el sofá de mi salón. Posarse es mucho menos relajado que tumbarse. Una se tumba para soñar o derrumbarse y se posa para asumir y ponerse en marcha luego. Miro las vigas de madera del techo. Mi casa ha sido diseñada por un fucker cuarentón. Pienso en la cantidad de sueños lascivos proyectados sobre ellas. Me imagino que alguien con un concepto estético así aspiraba a estar siempre debajo al follar, si no se habría dejado de elementos arquitectónicos robustos y fálicos y mi parquet ahora no sería de pegatina. “Vago hortera del infierno”, pienso, y acto seguido me siento una usurpadora del espacio vital de otro. Como si mis bailecitos a solas en pelotas como festejo de la liberación íntima de mi condición femenina fueran una clase de felicidad menos legítima que las aspiraciones orgiásticas de un follador pequeñico – esto último lo sé porque la distancia que va desde la clave del arco de entrada al salón hasta el suelo van menos de 175 cms. Y me lo imagino poniéndose de puntillas debajo y diciendo “¡mira! todavía no me doy”. Me lo imagino y siento una cierta y amarga conmoción compasiva.

Me llama mi hermana para anunciarme que se siente muy bien. Mi hermana es la única persona que se comunica conmigo vía telefónica para explicarme algo bueno. La mayoría sólo llamamos para balbucear quejidos. Lo cual está bien porque da mucho mejor material para hacer comedia. El sufrimiento es el combustible del humor; eres aburrido hasta que te hacen una buena putada.

“La verdad es que soy tan feliz ahora que estoy un poco preocupada por la posibilidad de morir en un atentado yihadista”.

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DE GRABAR CASSETTES

SEC.1. INT. BAÑOS ACCIDENTALMENTE MIXTOS DE LOCAL MUSICAL. NOCHE.

Entra ARTHUR RIMBAUD (30 años) moviéndose nervioso y torpe, como un insecto rastrero al que se le hubiera quebrado una de las patas. Está borracho como sólo puede estarlo un decadentista francés. Tiene los ojos claros, color de mar embravecido que vuelve paulatinamente a la calma después de una tempestad y también un poco tirando a verdes. El pelo está despeinado con una despreocupación completamente calculada, como si su peluquero fuera un ingeniero capilar atravesando una crisis de identidad. La suave palidez barbilampiña lo hace parecer un adolescente y una virgen de Tiziano alternativamente, dependiendo de cómo le dé la luz.

Es más alto de lo que aparenta en las imágenes de archivo y los retratos de cabeza. Lleva un traje de micropana negro, al que se le han dado ya muchas oportunidades y sobre el que se han vertido todos los líquidos imaginables excepto el agua jabonosa.

Aprieta el vasito de vermú con la mano izquierda y con la derecha sostiene su pene frente a los urinarios y mea concentrado mientras murmulla una especie de quejido jondo. Luego se sacude los genitales y se da la vuelta sobre sus talones, en un gesto inesperadamente dicharachero, dándose de bruces con SOPHIA LOREN (30 años).

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DE HERPES Y DE BUKOWSKI

Llevo meses fantaseando con cómo sería mi primer post en este blog. Barajeé hasta el más mareante hartazgo de mí misma los temas clásicos: mi familia, la depilación de las cejas en los hombres y, por supuesto, tener setenta años y despertarte una mañana a tus treinta y entonces actuar como de veras crees que debes hacerlo y regir a partir de ese momento tu vida bajo la realización de esa fantasía sin saber cuándo, sin avisar, de pronto te despertarás volviendo a tener setenta. Después de gargajear desde mi mente hacia la libretita y de la libretita a una papelera, todas esas brillantes y suculentas materias de ensayo, un día salí por León y bebí demasiado vino. “Es que sale barato y con la tapa ya cenas” es, posiblemente la segunda frase que más he repetido en mi vida después de “Te quiero más que a mí misma” dicha siempre a cualquiera que estuviese conmigo en ese momento en que era poseída, invadida, violada por el espíritu de la amortización de lo que anuncia la otra proposición.

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