DE QUE TU VIDA SEA UN THRILLER POR CULPA DEL GAZPACHO

Es importante decir primero que yo no soy una tía guapa. No doy asco tampoco, pero no creo que nadie sueñe conmigo apriorísticamente. Es decir, soy la clase de persona cuyo atractivo físico es como mucho un “y además”. Si le gusto a un camarero con aspiraciones a humorista porque hemos coincidido en un pub, le he hecho cuatro bromas y le he rozado el brazo sutil pero sugerente dos veces seguidas, cuando hable de mí con sus amigos dirá: “Esa tía es muy maja, ha visto todas las pelis de Woody Allen, sabe quién es Lenny Bruce y además no está mal: buenas-tetas-cara-graciosa”. Nunca dirá: “He conocido a una tía que está buenísima” y empezará a emitir zumbidos neandertales de poder machuno mientras improvisa danzas fálicas actualizadas al estilo del presente siglo, para demostrar así a sus amigos la veracidad de dicha afirmación.

Sea como sea, el frutero del supermercado de mi barrio está enamorado de mí. Me quiere desde el primer día que me vio. Yo ni me di cuenta de que estaba en la estancia. Buscaba desesperadamente surimi. No había nada más para mí. Pasta sintética de desechos de pescado y yo. Me paré frente a las cámaras frigoríficas. Dejé que el frío me contrajese la piel unos segundos. Esas pequeñas ráfagas vampíricas que me monto en el súper hacen la vida cotidiana mucho más interesante. Cogí los palitos de cangrejo y noté una fuerte punzada en la nuca. Era la abrasadora mirada del frutero enamorado. Todo esto lo supe semanas más tarde a través de un flashback.

Un mes después le conocí:

– Vols que et talli les cues? – dijo él.

“Eing?” respondí, con un ojo semicerrado. Se me habían pegado dos pestañas con un hilito de rimmel al llorar una lágrima por sostener el ramillete de cebolletas demasiado cerca de mi cara. Supongo que debía estar encantadora. Me arrancó el manojo en un gesto muy de tío del pasado, muy de Errol Flynn, e hizo un mutis. Volvió con las cebollas destalladas y me las entregó con una pequeña reverencia. Dos sexagenarias y una cajera presenciaron con incomodidad el momento. Yo dije “grasies” y me fui.

El segundo conato tuvo lugar al principio del verano. La culpa fue del gazpacho Alvalle. De repente había dos envases distintos de la misma marca. Estaba “el gazpacho original” y “el gazpacho andaluz”. “¿Qué puta diferencia hay?”, me enfadé tanto que saqué los dos tetrabricks para comparar los ingredientes. “Ninguna, ninguna ¡ninguna diferencia! ¿Qué está pasando?”. Segundos extra de indefensión en los cuales el frutero hizo el movimiento maestro; pasó a la segunda base dentro de nuestra relación de conocidos de vista. Ascendió de figurante de mi vida a secundario remoto con texto. Y lo hizo tal que así:

– ¿No has probado nunca NUESTRO gazpacho? Es buenísimo y mucho más barato. Mira.

“No quiero VUESTRO gazpacho de mierda, quiero el gazpacho de Alvalle. En realidad quisiera hacérmelo yo, pero me da pereza, joder, en serio, ¿a ti qué cojones te importa el puto gazpacho que tome? ¿quién hostias te has creído que eres para imponerme uno? Uno que además he obviado por completo aunque claramente sé que existe porque está a un miserable palmo de mi cara, ¡coño! Y además, ¿qué es eso? ¿qué es esa mierda de mota blancuzca que tienes en la mejilla?”, pensé. Pero en cambio dije:

–  Ah, no, nunca lo he probado. ¡Gracias! -. Y sonreí con agradecimiento y ternura. Como si el hombre hubiese acabado de salvarle la vida a un cachorro. Me repugné a mí misma por mi “simpatía reflejo” -esa que hará de mí una desgraciada hasta el fin de los tiempos- y me llevé el puñetero gazpacho de marca blanca.

A partir de ahí, cada día parecía existir una obligación social de encadenar una micro-conversación con la anterior. Después del: -“¿Qué te pareció el gazpacho?”  “Pues avinagrado, la verdad”; siguieron los no más intrascendentes: -“¿Sabes? Tenemos los tomates de penjar a mitad de precio esta semana” – “Oh!” ; – “Siempre vienes los sábados” – “No, no siempre” y el ya extremadamente invasivo: “¿Cuándo te coges vacacioneeees?” aderezado con un meneo de cabeza -¡puaj!-. “Nunca”

Si has sido muy simpática una primera vez, ya todo gesto futuro de acritud será interpretado como ironía cómica. Como si te encuentras a Bill Murray de resaca en el metro. Sólo tiene que arrastrar los pies y suspirar amargamente para que pienses: “Qué tío tan gracioso, hay que ver”.

Llevo cerca de un mes comprando la fruta y la verdura en tiendas de paquistaníes. La sección de vegetales del supermercado está en la parte central del local, que ocupa el ancho completo de una manzana. De tal forma y manera que cuando quiero comprar sólo cerveza, trampas para cucarachas y tampones, entro por una puerta y cuando quiero vino, pollo o el periódico, entro por la otra. Si algún día tengo la regla y quiero emborracharme a la vez, estoy jodida. Y, desde luego, se acabaron las tortitas de maíz con sabor a chocolate blanco, limón y coco, porque están en frente de las manzanas. Se acabó la fineza. A veces pruebo a atravesar toda la tienda a gran velocidad y con la cadencia del Terminator malo de la segunda parte; aquel que cuando explotaba un camión al lado se convertía en metal líquido que luego se recomponía perfectamente (incluido el tupé). Tengo la sensación de que si voy muy rápido o bien su retina no podrá registrar mi imagen por la velocidad extrema (pobrecina, ¿no?) o bien su sentido común le hará pensar que estoy involucrada en algún asunto de alta gravedad y urgencia y, por tanto, no intentará interceptarme. Pero siempre lo hace. El puto. Me sigue hasta la caja con alguna excusa y mientras recojo las bolsas de la compra me saluda en la distancia, con la manita y una media sonrisa. No quiere que se rompa la cadena de encuentros y pierda todos los puntos de confianza acumulados hasta ese momento. Le conozco. Yo fui así de psicópata. ¡En-el-ins-ti-tu-to!

No sé cómo resolveré este asunto. No quiero volver al Mercadona; la cecina es de plastilina y caca. Ya no les respeto. Y en el Día siempre descubro nuevos tipos de insectos en los pimientos rojos. Y el Lidl… en fin, hay pocas cosas que me hagan más infeliz que el Lidl. Preferiría casarme con el frutero.

Sólo sé que desearía ser guapa de verdad. Si fuera una belleza esto jamás me hubiese pasado. Si yo estuviera buena de verdad la primera vez que me vio sonreír habría pensado: “Zorra condescendiente” y no “A esta le gusto, mira”.

 

 

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