DE NO PODER SOBREVIVIR AL ORGASMO

Hay un actor italiano tan guapo que me duele. Noto una sensación de auténtico embarazo cuando veo sus películas. Todo el rato tengo la incómoda certeza de que mi aspecto no es digno de plantarse frente a la pantalla para visionar su, en cambio, arrebatadora y atosigante perfección. A veces agarro un cojín y oculto media cara con él para poder mirarle con algo de tranquilidad –y también para taparme la boca por si emito algún sonido gutural de euforia-. Creo que si expusiera toda la jeta, él podría lanzar un vistazo al objetivo en cualquier momento y arrugar la boquita esa -digna de que se funde en su honor una religión- con desprecio y repugnancia y esputar un: “Ma cosa fai? Chi é? Andare là fuori, schifosa!”. Se llama Raoul Bova. Vaya nombre, ¿no? Jamás he visto una película en la que apareciese él por otra razón que no fuese que aparecía él. La mayoría son un bendito excremento de caballo. Me importa un huevo. Evitar ver algo en lo que salga Raoul Bova cuando me lo pide el íntimo furor es tan frustrante, doloroso y desasosegante como empezar una dieta hipocalórica en Nochebuena.

Ayer vi una deyección especialmente sonora: “Scusate se esisto”. Al cabo de cuarenta y cinco minutos de metraje me aburría tanto que empecé a comerme padrastros y a hacer cuentas. ¿Qué número de horas de mi vida he echado por el váter figurado de la procastinación más vulgar sólo en la contemplación de Raoul? Es sumamente ridículo y vergonzante porque, por ejemplo: Bajo el sol de la Toscana la he visto tres veces. Y el hombre apenas sale un ratito para darle un poco de limoncello a Diane Lane. Entendiendo por limoncello, “limoncello” pero también “pene” (en off). Incluso me he visto casi enteras las dos adaptaciones de las novelas de Federico Moccia. Ni siquiera podría decir en voz alta en público sus títulos sin sentir arcadas. Pero las he visto. Todos esos larguísimos minutos de inanidad dedicados exclusivamente a la admiración de la belleza física de un tío italiano algo madurito y bastante melifluo que posiblemente use antiojeras en roll-on. Que no pasa nada, ¿eh?, pero me molesta todo ese asunto de la evolución y la profusión de la cosmética masculina. No puedo evitar algún que otro fleco sexista en mi ser, amigos; no en vano la portada de mi blog es un escotazo. El epítome del marketing chabacano.

Al principio me sentí culpable por el desperdicio. Adopté mi clásica posición de remordimientos: la fetal. Pero después caí en la cuenta de que lo que yo siento por Raoul es exactamente el mismo principio que sostiene la industria de Hollywood. Y me erguí orgullosa pero un poco encorvada –dada mi humildad natural- por mi hallazgo ideológico. Las estrellas de cine americanas lo son porque hay millones de personas que disfrutan sólo mirándolas. Y si millones de moscas comen caca, ¿quién soy yo para tirar de la cadena?

¿Pero por qué es tan importante la belleza? Si estuviera aquí Punset escribiendo sobre esto con mi portátil, empezaría con el rollo ese tan sobado de que escogemos a gente lo más simétricamente posible para tener hijos guapos y sanos y que si las trilobitas y que si el pan bimbo y que si el pelo cardado siempre estará de moda y tal. Mi amiga Exaequa diría que es una cuestión de prestigio social y de quién tiene la polla más grande. Yo, después de dos vermús, aseguraría que lo único que queremos conseguir a través de la belleza es que nos quieran. Pero como me habéis pillado sobria os voy a decir la verdad. No tengo ninguna razón para seguir ocultándolo. La felicidad es la celebración por consciencia momentánea de la belleza (de un ente o de una circunstancia puntual).

Cuando yo miro a Raoul Bova soy feliz. No todo el rato, claro. Sólo en ráfagas de dos o tres segundos; especialmente cuando acaba de aparecer en escena. Cuando soy absolutamente consciente y estoy perfectamente concentrada en ello. Cuando la belleza me pilla por sorpresa y aún así soy capaz de captarla en toda su magnificencia. Si después de eso me veo la película entera aunque sea un cagajón, es porque seguir mirándole o únicamente saber que está ahí dentro del mpeg es lo más cerca que me encontraré de esa sensación plena de júbilo que sólo me han podido propiciar las ráfagas puras y nimias de plenitud estética.

La felicidad y la belleza son conceptos resbaladizos e intermitentes, como pequeños electroshocks con baba. Y funcionan de la misma manera en nuestra sensación de frustración. Queremos poseer de manera perdurable las dos cosas como sea y nunca alcanzaremos a probar algo más que fogonazos. Unas pocas gotitas rápidamente evaporadas del elixir de la grandeza.

Una sobredosis de belleza sería inasumible para un humano. Por eso los orgasmos duran unos segundos, nada más. Un clímax sexual desarrollado a lo largo de diez minutos, por ejemplo, no sólo sería sumamente ridículo, si no que además nos mataría.

Vamos, que si algún día yo me follo a Raoul Bova, os juro que me muero.

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One comment

  1. Amets · octubre 12, 2016

    Jajaja gracias por hacerme reír con unos cuantos fogonazos 🙂 Estoy de acuerdo con esa forma de ver la felicidad y la belleza. Más aún, diría que si se racionalizan y se enlatan ambas con salsas de lo homologable y tangible pierden toda la gracia. Para hablar de lo que no se puede hablar nació la poesía. Hay cosas que son para el corazón y las tripas. O para una mente borracha o desnuda. Esas por las que simplemente se deja uno acribillar. Cada uno sabe cuales son. Si sentirse culpable tiene sentido que sea por no ponerse a tiro.

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