DE NO SABER DEPRIMIRSE BIEN

El otro día vi Fúsi. Una película islandesa sobre un hombre de cuarenta y tantos años obeso, pusilánime, inocente y tierno que vive con su madre, la cual practica en casa la profesión de peluquera sin licencia y sexo anal con un vecino. No encontraréis una sinopsis más fiel. Lo juro. Yo buscaba una película de siesta que a fuerza de ponerme triste me cansase. Creo firmemente en aquello que decía Billy Crystal en Cuando Harry encontró a Sally de que “lo bueno de la depresión es que al menos descansas”. Por eso cuando éramos niños pasaban aquellos westerns menores de John Wayne tan maravillosamente soporíferos los sábados a partir de las cuatro de la tarde. No te dormías por la fotografía beige o por la banda sonora ronroneante o los doblajes arcaicos un poco histriónicos pero bastante musicales. Todo con un montón de silencios en medio, pasos sobre tablones de madera y miradas con ceja en posición gancho. No. Era porque el personaje de John Wayne sólo tenía dos registros: infelicidad o resaca. Y claro, daba pena el hombre y la pena, a su vez, daba mucha modorra.

La depresión es autocompasión mezclada con vagancia; algo muy habitual en estos tiempos”. Esta es mi frase favorita de la película. Se la suelta el jefe del servicio de basuras de la ciudad (Reikiavik, supongo) a Fúsi cuando éste, para evitar que la despidan, se ofrece para cubrir el puesto de su amiga que está de baja no oficial por neurastenia. Es un bendito. Pero le resulta fácil, claro, porque es ficticio.

Fúsi

Todo esto de la tristeza crónica y lo que la rodea me hizo pensar en un par de cosas. La primera, que sólo un diez por ciento de la gente que trato en la actualidad no padece ni ha padecido ninguna enfermedad social nunca. Que ellos recuerden. Y la segunda, que jamás tendré un amigo de verdad que me cubra en el trabajo cuando estoy muy jodida, para que no me echen. Qué mierda…

Obvio lo segundo, para poder continuar escribiendo y no derrumbarme en el suelo a llorar en posición fatal Blanche DuBois y convertirme así en la praxis del tema tratado en el texto. Lo cual resultaría un experimento artístico cuyo placer generado sólo sería superado por su estupidez.

Hace unos días estaba con unos amigos en mi salón hablando de hongos. No de los que pican en los genitales, de los que ingieres y te ríes. Qué mágica es la polisemia. A la mitad de ellos les producía pavor consumirlos porque habían leído en un foro que estaban completamente contraindicados si tomabas antidepresivos. Les daba terror por sufrir alguna clase de desdoble de personalidad dado que se medicaban. Quiero decir que no es que se quedasen desconsolados por la afectación general para la sociedad moderna, en plan: “Ya ves qué pena, encima de estar triste la gente ya ni se puede colocar; hay qué ver que tiempos tan emocionalmente austeros vivimos…”. No, no es la clase de cosas que oirías en una reunión con mis colegas. Es todo un rollo más: “Quién se ha tirado un pedo? He oído ¡RÁS! Y tú has mirado hacia la puerta.”; “Entonces, a ver, ¿un prejuicio es siempre algo negativo?”; “Uy, la otra, con qué sale.”; “Bueno, guay guay no es.” Y así.

A mí me pareció bastante divertido, dentro de mi distancia absoluta respecto a los fármacos recetados en psiquiatría, que alguien que está a priori tan alegremente dispuesto a drogarse de repente vele por su salud con esa sensatez. Sensatez de forocoches. “Al final casi todo lo auténticamente divertido está contraindicado con la vida”, pensé para mí. No lo dije en voz alta por no frivolizar con las cargas ajenas. Para eso no tengo el salón; para eso tengo el blog.

Ingerir sustancias alucinógenas o euforizantes es malo para la salud y acorta la vida. Vale. Pero es que tener más de cuatro orgasmos a la semana también tiene ese efecto. De verdad, buscadlo en google. O practicadlo si tenéis valor o menos de veinticinco años. Sienta fatal el sexo si te pasas. También es muy nocivo hacer demasiadas sentadillas o desayunar alitas de pollo con red bull siete días seguidos. Tomar el sol en exceso. Reírte más de la cuenta. Incluso si bebes una cantidad de agua superior a la necesaria puedes llegar a producir una hiponatremia y acto seguido entrar en coma o morir. Cualquiera traga saliva después de leer esto, ¿verdad?

Siendo así, se nos presenta un abanico interminable de razones para caer en un estado de melancolía permanente. Pero justo cuando soy capaz de justificar que esté tan extendida, me acuerdo automáticamente de la foto de los once obreros almorzando sentados sobre la viga del rascacielos RCA en construcción en los años veinte. Si yo me puedo llegar a poner triste por tener que vender bombones a islandeses reales parecidos a Fúsi o por el hecho de que beber agua a lo bestia podría matarme, ¿qué no sentiría esta peña cuando iba cada día a currar en algo físico a 250 metros de altura por cuatro chavos?

Supongo que cuando la muerte, la miseria y la total falta de tiempo libre acucian también te deprimes, pero ni lo notas, porque estás despistado, pensando en todo lo demás.

No me río de los que estáis deprimidos. Al menos hoy no. Al menos no en vuestra cara. Pero sí siento cierta rabia pacífica por los que no lo están aún y lo buscan incansablemente. No puedo con esos Leonards Cohens de la vida.

Sólo unos pocos pueden construir rascacielos y marearse tanto con la altura que nunca se sientan decaídos, para todos los demás está mover el culo y la humildad. Porque, admitámoslo, después de Pablo Iglesias, no hay nada más egocéntrico que deprimirse. Un poquito de pudor, hombre…

Pablito

 

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3 comments

  1. Amets · noviembre 19, 2016

    Dices unas cuantas cosas de la depresión con las que estoy muy de acuerdo. No quiero obviar el impacto de condiciones físicas en algunos casos, pero tampoco creo que ignorar la posición existencial de cada uno y arreglar como se toma uno la vida con psicofármacos sea la respuesta. La depresión y muchas neuras que popularmente se asocian a falta de “amor propio” resultan ser precisamente un exceso enfermizo del mismo pero mal entendido. Dicen que los pueblos no se rebelan cuando peor están sino que va en función del momento en relación a las expectativas. Cambiando a lo de los hongos, un amigo tuvo un viaje muy positivo con ellos. En una visión tenía enfrente sus miedos y los abrazaba. En otra vió una cremallera que al verla de cerca en vez de dientes tenía personas que se unían formando una cadena. Esta persona lo tuvo todo y cayó en depresión. Buscó respuestas. Cambio su vida. Un precio alto. Y cuando tomo los hongos lo que tenía dentro no fue lo que muchos que no los tomarían pueden temer.

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  2. Amets · noviembre 19, 2016

    Se me olvidaba algo y he caído de pronto. La posición fatal…

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  3. Pingback: DE VERBALIZAR LOS SENTIMIENTOS | pensardesnuda

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