DE DESEAR LO REPULSIVO

Tendría yo unos nueve años. Era una mañana de gastroenteritis infantil conveniente. Hubiera preferido quedarme en casa viendo a Pepe Navarro, pero en cambio salimos a la calle. Mi madre tiraba de mí como lo hacía del bolso. Y yo me sentía igual que uno; llena de cosas dentro pero sin poder sacarlas por mí misma. Íbamos por la calle de recado adulto tedioso en recado adulto tedioso. La cola del banco parecía infinita. Después de robar un caramelo naranja con sabor a nada, reposé un rato el culito de niña en uno de esos sillones cuyo tapizado está más guarro que el teclado de ordenador de Diógenes. Empecé a mirar fijamente a la gente que esperaba. Cuando eres pequeño tienes los mismos privilegios que Chevy Chase en Memorias de un hombre invisible, pero otros intereses.

Mis repasos de los individuos solían ser rápidos, desmotivados y poco fructíferos. Hasta que la vi a ella. Cuarenta años. Peinado garçon. Pelo negro con canas incipientes sutilmente barnizado de sebo. Ojeras de neorrealismo italiano. Delgadez flácida; como si en lugar de haber bajado de peso, se hubiera vaciado de grasa. Como cuando al final de un día de playa abres el taponcito para deshinchar la colchoneta y después de quince minutos de expulsión de aire aún parece tener consistencia flotante. Esa clase de forma, en complexión física, tenía la mujer. Y verrugas. Una ingente cantidad de verrugas. Verrugas color carne. La suya: beige rosado. Verrugas grandes y rugosas, amorfas, salpicadas a lo largo de toda la piel visible. Verrugas en la cara, en el cuello, en el escote, en los brazos. Una verruga en el empeine del pie izquierdo. Otra en un párpado. Una impresionante torreta verruguil de tres pisos en el brazo. Se contoneaba igual que un postre al ritmo de la tensión del músculo.

chris-elliot

Yo era incapaz de apartar la mirada. Saltaba concentrada en el equilibrio visual de una verruga a otra. A veces no era necesario el impulso y sólo tenía que caminar. Estaban tan juntas… Mi fascinación crecía en consonancia con la familiaridad que me producía la imagen a fuerza de mirarla con esa clase de atención científica. El tiempo se me pasó volado. Antes de que se me empezaran a vidriar los ojos de tenerlos tan abiertos, tanto tiempo, mi madre ya tiraba de mi mano, y con ella del resto de mi cuerpecillo de morbosa deleznable precoz, hacia la salida. Hubiera estado allí mirándola toda la mañana. Aquello era lo contrario al aburrimiento.

Recuerdo la sensación de náusea íntimamente unida a la de tristeza y frustración por la ruptura impuesta del acto de contemplar algo magnético.

Durante todos estos años he pensado muchas veces en aquella mujer. He pensado si estaría enferma. Si se daría cuenta de mi impertinente mirada convirtiéndola cruelmente en fenómeno circense. Pienso si realmente era tan llamativa o era mi fiebre la que multiplicaba y afeaba aquellas protuberancias. Si ella era consciente de generar ese grado de atracción. Y por encima de todos los demás dilemas posibles, jamás he podido dejar de preguntarme y responderme especulativamente: ¿por qué? ¿por qué no podía apartar la vista?

Jorge Javier Vázquez es la respuesta, amigos.

Jorge Javier.

Durante todos los años que vi la televisión nacional y durante todo el feliz tiempo que hace que la dejé, he escuchado exactamente el mismo discurso de indignación y desconcierto: “Yo es que no sé por qué la gente ve la mierda esa de Sálvame.” “Jorge Javier es un engendro sin talento”.“Yo vagaría por el desierto con la única compañía y alimento de un tupper de mi propia caca antes que ver un programa de ese tío”. “He visto cinco minutos de tele 5 ¡y ahora me sangran los ojos!”. Esa clase de comentarios cotidianos, más o menos vehementes.

La cuestión es que J.J. tiene más poder mediático que cualquier otro personaje público del país. Si el mundo fuera sólo España, Jorge Javier sería el Papa u Oprah Winfrey. Hace cuatro o cinco años que no le veo pero sigo oyendo hablar de él con regularidad. Es más, recuerdo mejor su cara que la de algunos miembros de mi familia de segundo grado.

Y es curioso, jamás he conocido a nadie que afirme que le caiga bien. Ni a persona alguna que tolere siquiera su aspecto físico. Creo que existe más gente dispuesta a confesar que vota al P.P. a admitir que les parece majo Jorge Javier. Y, de hecho, después de estos arduos primeros años de este perverso siglo XXI puedo decir sin demasiada vergüenza o miedo a equivocarme que a nadie le produce simpatía esta persona. Lo que J.J. provoca es algo situado en las antípodas del encanto pero que tiene un efecto de reclamo mucho más eficaz que él: el asco.

Jorge Javier Vázquez

Escucharle o mirarle provoca un nivel tal de rechazo que traspasa los umbrales perceptivos y se convierte en morbo puro; un morbo que te llega a hacer depender casi físicamente de ingerir Jorge Javier Vázquez en dosis regulares.

En Una historia del Bronx, Lillo Brancato jr, el hijo del autobusero del barrio (Robert De Niro), le preguntaba al mafioso líder de la zona, Chazz Palminteri: “¿Es mejor que te teman o que te quieran?”. Y Chazz después de hacer un juego italoamericano de manitas con resoplido nasal final de reflexión zanjada le decía, en paráfrasis: “Sin duda es mejor que te teman; porque te serán más leales”. ¿Y qué es el morbo si no un terror a lo horripilante? Cuando miramos un accidente de tráfico o un asesinato en Juego de tronos ¿acaso no lo hacemos guiados por una íntima sensación de repulsión atrayente? Estamos permanentemente dominados por una fuerte seducción de lo desagradable. Porque lo asqueroso tiene una buena parte de enigma y otra tanta de alivio. El alivio de no ser eso que nos repugna; de librarnos al fin de ello puesto que está fuera.

¿A que ahora se entiende un poco mejor lo de Donald Trump?

¡De nada!

donald

Anuncios

One comment

  1. Amets · noviembre 19, 2016

    De librarnos al fin de ello puesto que está fuera… una gran frase. Puede que pase también con algunas cosas buenas… ¿si pasa menos es por no llevarlas dentro?

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s