DE VERBALIZAR LOS SENTIMIENTOS

Vamos a decir que tengo una amiga que se llama Exaequa. Está al mismo nivel que todos los demás. Exa no es la persona más feliz que hayas conocido; ni siquiera que haya conocido yo y eso que el nivel ahora mismo está bastante fácil de superar. Tampoco es desgraciada. Es una tía leída pero a la vez se ríe aún con sketches de Martes y trece. Posee un atractivo físico somero; como una miss Turismo de pueblo pequeño. Es, en definitiva, una petarda tranquila y agradable que ve la vida pasar intentando no dejar encendida demasiado rato la estufa y pudiendo así reservar al menos una vez al mes en un restaurante caro a través de una oferta de Grupazo.

Exa lleva varios meses enrollada con un divorciado. Es un chico bastante guapo e inteligente con cierto problema de entusiasmo. Y el problema es que tiene demasiado. Le sale el entusiasmo a borbotones, como si se derramase de alegría. Es bochornoso. Al tipo le brillan los ojos todo el rato. Igual que un dibujo manga infantil. Es un shonen. Siempre tiene planes para hacer con Exa. Viajes. Deportes de aventura. Clases de swing. Putas experiencias gastronómicas. Hablan muchísimo de cine, literatura y de Bakunin. El tío sabe un huevo de cosas de Bakunin. El otro día le contó que Mijaíl se llevaba mal con Karl Marx porque los dos estaban enamorados de una tal Svetlana, co-fundadora en la sombra de la AIT, costurera y ninfómana, antigua amante de Schopenhauer. Yo creo que se lo inventa todo mientras habla. Pero demuestra mucha creatividad y afán por entretener, que es lo que importa. Es muy amable con todo el mundo y participa activamente en diversas cruzadas sociales. Y, sobre todo, le ríe los chistes a Exaequa.

La semana pasada Exa me llamó gritando. Creo que posee alguna derivación de asperger leve y cuando tiene que llorar lo que hace es gritar. Como si tuviera la acotación del acto mentalmente escrita en inglés. “Cry!” “Cry, Exa!” “Cry, mother fucker!” Y la tía no se acaba de aclarar y suelta alaridos. La cosa es que me dijo en un volumen muy alto e histérico: “No puedo soportar más a este pavo”. Yo, para no quedar demasiado en disonancia con mi generación y el momento actual psicosexual que vive nuestra sociedad, le pregunté si se debía a algún problema de cama. Exa me respondió que el divorciado era el mejor amante que había tenido. Apasionado, sensitivo y generoso:

– No sé cómo decírtelo; me huele el coño a saliva.

Exa siempre sabía cómo decirlo, aunque te advirtiese antes que a lo mejor no. Después de esperar unos segundos de luto por el buen gusto, le pregunté que si había pensado en dejarlo. A lo que me respondió con un delator tono de pudor:

– Sí, sí, el otro día intenté sacar la conversación, pero al final, no sé cómo se me torció y le dije que le quería.

– ¡No me jodas la cerda! – le respondí.

Mi amiga me explicó que mientras cenaban en un restaurante casolá mordisqueando fuet, había salido la típica y vergonzante conversación sobre el estado de la relación. Y que el retraimiento comunicativo de ella había sido interpretado por él, de manera psicóticamente optimista e indiscutiblemente errónea, como timidez. De tal forma y manera que la empezó a acribillar con preguntas directas conducido por esa alegría demencial que lo hacía persona, hasta la última y culminante: “Tú me gustas un montón, Exa ¿pero tú qué sientes por mí?” A lo cuál Exa crispada respondió con un: “¡Pues yo te quiero!” que en realidad iba a ser un “¡Pues yo te quiero dejar de ver, bastardo insufrible!” pero paró en seco después del “…ro” porque se topó con su carita suplicante y sonrosada y pensó: “Este hombre es un cargante y un motivado, pero tampoco se merece este nivel de crueldad”. ”Aún”.

Exa me juró y perjuró que hasta que no vió que la cara del divorciado se transformaba en la de un Joker puesto de metadona -como una arlequín derretido- no se dio cuenta del error. Momento en el cuál intentó recular y explicó entre balbuceos lo siguiente: “¡O sea, no! Yo no te quiero. ¿He dicho que te quiero? Qué locura. Yo no te quiero, ¿eh?” Pero ya era absolutamente inútil. Cada negación del tequiero no hacía si no reafirmarlo y recubrir, asimismo, toda la escena de esa capa de ñoñez torpona propia de vomitiva comedia romántica americana de periodo festivo-vacacional. Como esa basura que hace Garry Marshall.

Exaequa me envió un whatsapp esta mañana diciéndome que se va a mudar “con el pesado este”.

La verbalización de los sentimientos le arruinó la vida. Como a tantos miles de millones de humanos antes que a ella. Y del mismo modo. Porque, no nos engañemos, cuando se dice nunca se sabe realmente lo que se quiere decir y, por eso, el cien por cien de los “tequieros” son erratas.

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One comment

  1. Amets · noviembre 30, 2016

    Me encanta como escribes. Forma, fondo y sensaciones. Todo “te quiero” es una errata. Nada más cierto. Me parto. Vas a generar adicción.

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