Nos saludamos agitando la mano en el aire, a lo lejos.

Própolis es nombre de personaje de tragedia griega y sabe a iglesia cristiana. Creo que si tuvieras que comer un tazón de cereales en un cuenco de piedra habitual recipiente de agua bendita, te sabría a própolis. Digo eso, nada más. Me he tenido que comer dos caramelos de própolis con miel y limón y textura de gominola poderosa hace un momento, porque los hados decidieron no dejarme hablar del amor. Estaba intentando recordar Hang the dj, y me ha entrado la tos nerviosa dramática. Que además de no dejar hablar tampoco deja escribir porque los dedos se mueven junto con el resto del cuerpo, espasmódicamente. Probad a teclear cuando os entre la tos, sentiros ridículos y por extensión, humanos. Lo que quiero decir es que esta sensación bucal devota no me permitirá redactar esto que me corroe por dentro, desde la honestidad que me caracteriza.

Cuando digo Hang the dj me refiero al capítulo de Black Mirror sobre las parejas concertadas en citas obligatorias a través de un sistema informático que calcula previamente índices de compatibilidad en varias facetas y que proporciona asimismo y de antemano una caducidad a los encuentros. Era divertidísimo de ver. Como si hubieran hecho una versión futurista de mi vida.

Esto me llevó a pensar en las relaciones triviales que he mantenido a lo largo de la juventud (que aún colea, pero ralentizadamente). Y también en las duraderas y trascendentes. Y, afinando un poco más, en los análogos orígenes de ambos tipos. Después le he dado unas cuantas vueltas mientras masticaba. Ahora mastico muchísimas veces cada bocado de alimento para eternizar las comidas, de tal manera que mi cerebro es engañado creyendo que como mayor cantidad (ya ves qué idiota, mi cerebro), me sacio antes y, por ende, acabo comiendo mucho menos. Creo que a la larga todo lo que pierda de culo se me pondrá en el mentón hipertrofiado que voy a adquirir por culpa de visitar y creer loquesea de foros como “enfemenino”.

La mágica y chispeante conclusión a la que he llegado en mi mismidad es que absolutamente todo lo que pasa en una relación romántica está principalmente condicionado por la forma en que los dos individuos implicados se saludan entre sí en el primer encuentro que se produce -acordado o no- tras haber mantenido relaciones físicas la vez inmediatamente anterior. Digamos que es el pistoletazo de salida que define la clase de vínculo que se tendrá. La palmadita del médico en el culo del bebé para que escupa lo que haga falta y comience la función.

Para mí este trance siempre ha sido delicado y controvertido. Y no estoy hablando sólo de ver a alguien después de haberte acostado con él y practicado el coito. Incluyo cualquier tipo de contacto físico sexual; como quedarte a ver películas de Kiarostami en casa de un colega hasta el amanecer (como hace cada día más y más gente) y que acabéis dándoos un besoteo con tocamientos en el sofá, casi por inercia.

¿Después qué? ¿Eh? ¿Qué? Toda esa intimidad comprimida en unas horas tórridas, pasándoos las manos por el cuerpo del otro como si estuvierais haciendo una exploración médica en busca de tumores. Comerte la boca de la otra persona, respirar su aliento, atragantarte con algún pelito ajeno. ¡En fin! Toda esa odisea pegajosa y maravillosa que es embadurnarse de otro ser humano parece ocurrir en otro plano de realidad completamente desgobernado en el que no se contempla el tiempo ni las consecuencias. Es un accidente. Siempre es un accidente. Y un trauma. Y la otra persona ya nunca será como era antes de que le metieras la mano por debajo de la camiseta y la lengua dentro de la boca.

Si la siguiente vez que vuelves a ver a alguien con quien has tenido sexo os saludáis dandoos un beso en la boca, habéis perdido a un amigo. Lo siento. La relación está condenada a funcionar en el plano romántico y, por tanto, a que os convirtáis en antagonistas o a que os evitéis hasta el lacerante dolor unilateral en el futuro inmediato o a que tengáis un noviazgo obligado por el pudor que os produce a ambos el herir al otro diciéndole que en realidad tampoco os gusta tanto o, en la versión más piruleta de la vida: a que os améis por siempre jamás o, no sé, cinco o seis años, y habléis de la conexión extrasensorial y sacra que os hace mucho más guays que cualquier otro dúo de seres vivos del planeta.

Por supuesto no hay reglas para esto, aunque creo que estoy más que preparada para escribir artículos de consultorio sentimental en donde sea. Pero lo de los besos es así. ¿Hay algo más agresivo que besar a alguien en cuyo cuerpo dejaste huellas de fluidos varios, la vez anterior, en esa otra realidad cuántica? ¿Se puede ser más invasivo? Y, lo que no es menos importante y digno de tener en cuenta: ¿Hay algo más frío que no besar a alguien en cuyo cuerpo dejaste huellas de fluidos varios, la vez anterior, en esa otra realidad cuántica? ¿Se puede ser más impasible?

Es una encrucijada imposible donde nunca se puede ganar. Quería hacer un análisis del probable devenir de cada tipo de saludo postcoital o postbesil o postmasturbación y no he podido, de alguna manera me he perdido en la ambivalencia y el agujero infinito de la incertidumbre. Remito pues al título del artículo. Todos quedaremos siempre a salvo en la polivalente interpretación de afecto e intenciones que tiene un saludo agitando la mano en el aire. A lo lejos.

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2 comments

  1. Saludos agitando la mano.

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  2. Pingback: Sacar del anodimato | pensardesnuda

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