De los pómulos de Marlene. Los sobrios años 30

Si algo caracterizó a la época posterior al crac del 29 fue la austeridad y la discreción. Toda la estridencia, ruido y fuegos de artificio que justo antes habían sido la tónica general y deseable eran ahora rechazados en pro de la elegancia y el saber estar. Una cierta madurez y templanza reinaban en la imagen de las divas.

Los flequillos tupidos y las melenitas que ocultaban hábilmente cortes de cara demasiado cuadrados, de sienes excesivamente amplias, daban paso a unas melenas que despejaban el rostro peinándose hacia atrás, liberando la frente y la línea completa del óvalo. Las rubias platino se apoderaron de la gran pantalla e independientemente de que fuesen cómicas, como Carole Lombard o eminentemente dramáticas como Marlene Dietrich, todas solían ondular el cabello dorado y coronarlo en un ligero tupé que prolongaba la longitud de la cara. Las cejas eran finas y de arco ascendente, haciendo una mirada más despierta, que daba mayor hondura a la par que dureza e inteligencia a los ojos. Se preferían unos rasgos más afilados y un rostro más alargado y anguloso.

Carole Lombard fumando en batín y mirando con condescendencia; que era ella muy de hacerlo.

En general las formas se hicieron más esbeltas. Todos los malos hábitos de la época predecesora fueron sustituidos por más ejercicio y cuidado por la figura corporal. Ya no estaban de moda aquellos vestidos rectos que ocultaban las formas y ninguneaban la cintura. Greta Garbo tuvo que perder hasta quince kilos para poder ser exportada a América desde su Suecia natal, donde ya se había ganado el reconocimiento a pesar de su cuerpo grande y robusto y su estilo aún un tanto embrutecido. De hecho, su dentadura, bastante estropeada y oscurecida por manchas debidas a la ingesta de medicamentos, tuvo que ser completamente sustituida por una nueva, más simétrica y blanca que además re-dibujaba sus labios haciendo una boca más grande. Pero si alguien tuvo que deshacerse drásticamente de buena parte de su dentadura original, esa fue Marlene Dietrich. Aunque el fin no tenía como objetivo lucir una sonrisa bella y nacarada si no destacar otro rasgo que era un must de su época y que de hecho resultó ser su característica más definitoria: los pómulos. La Dietrich se extrajo varias muelas para conseguir que la parte inferior de las mejillas se hundiera marcando así los huesos malares y dándole una fuerte exuberancia femenina al rostro. Asimismo, con el fin de afilar la estructura general de la cara, Marlene se colocaba bajo el pelo y a la altura de las sienes esparadrapo para estirar la piel. Un método bastante arcaico pero muy barato y altamente efectivo de manera inmediata. Lo malo es que a la larga ocasionaba alopecia en la zona y potenciaba la flacidez de la piel sometida a tensiones.

Si Marlene Dietrich hubiese sido una mujer de nuestro tiempo, podría haberse evitado intervenciones tan dolorosas y nocivas. Para marcar los pómulos y estilizar el rostro, una operación ambulatoria de centro de medicina estética, que se realiza constantemente y por un precio muy asequible, es la bichectomía o extracción de las bolsas de Bichat. Estas bolsas son pequeños saquitos donde se deposita grasa y que tenemos situados en las mejillas, justo debajo de los pómulos. Con un ligero corte interno pueden ser extirpados de modo que nunca se vuelven a llenar de nuevo de grasa. La recuperación es rápida y los resultados muy palpables. Y en lugar de un vulgar esparadrapo para salir del paso, Marlene podría haber optado por densificar su rostro con hilos de polidioxanona – material reabsorbible por el organismo y biodegradable- que se disponen en forma de malla debajo de la piel sosteniéndola mientras otros del mismo material pero espiculados – con una especie de espinas que se anclan en la dermis – se colocan en disposición vectorial tensando, reposicionando tejido y consiguiendo el efecto deseado de lozanía y luminosidad facial; dibujando además el óvalo natural de la cara. Todos, efectos que la actriz tenía que falsear ayudada de una fotografía e iluminación específicas que ocultase sus defectos y subrayasen sus ángulos casi geométricos – cortesía de Lee Garmes -.

Marlene Dietrich desafiando a la proyección de la luz como si fuese un de esbirro de Satán.

              Aunque muy distinta de sus contemporáneas, no se puede hablar de las bellezas de los años treinta en EE.UU. sin mencionar a Jean Harlow. Fue la primera blonde bombshell, significativamente más voluptuosa que sus colegas, su carrera apenas duró una década, pues murió de escarlatina con tan solo 26 años, pero fue tiempo suficiente para convertirse en el modelo de referencia para otra actriz posterior que posiblemente sea la más famosa y representativa de todo el siglo XX: Marilyn Monroe. No se conoce ninguna operación estética de Jean Harlow; su único truco de belleza fue la juventud eterna y su rasgo más característico, la exuberancia. Se paseaba por la gran pantalla con trajes de noche con lentejuelas cegadoras abrigada con una estola de visón blanco muy esponjosa que solía dejar caer con picardía para descubrir una espalda completamente desnuda. Jean Harlow era escandalosa en sus maneras y lejos de ser el mero estereotipo de rubia tonta, de sex symbol automático que sirve como consorte o recompensa del galán o héroe masculino de turno, ella era rápida e inteligente, usaba sus atributos femeninos para su provecho y, en ocasiones, para mofarse de ellos. O, al menos, ese fue el corte de los personajes de sus películas, su obra y el carácter que trascendió de ella. Una especie de Mae West guapa.

Jean Harlow agarrándose una teta, porque la sensación es muy reconfortante.

              Si Marlene Dietrich era la elegancia y la ambigüedad sexual, la primera en ponerse un esmoquin de hombre o de realizar un striptease disfrazada de gorila“La venus rubia” (1932)- y Jean Harlow la sex symbol pionera y la primera en vivir rápido y dejar un hermoso cadáver, Greta Garbo fue la creadora de lo enigmático. Su manera de moverse, de hablar, de dejar caer los párpados y de hacer mutis por el foro, la convirtieron en una de las mujeres más deseadas y admiradas de la historia. Durante mucho tiempo se dijo de ella que poseía un rostro perfecto; algo que hoy por hoy nos resultaría altamente discutible. Lo interesante de esta actriz mítica, en relación con el tema que nos ocupa, es su poder de seducción a través de la sugestión. Greta Garbo resultaba más atractiva por lo que ocultaba que por lo que mostraba y era más bella por su actitud y su lenguaje corporal y gestual, tremendamente teatrales y melodramáticos, que por la supuesta perfección de sus rasgos. Era quizás el reflejo más aproximado del sentir de la mujer de la época, agotada y golpeada por la gran depresión. La Garbo siempre estaba triste y cansada, se deslizaba por los decorados de sus films como si fuese una especie de hoja recién caída de un árbol caduco; lánguida y solitaria. También Marilyn Monroe copió algo de esta otra heroína: el maquillaje de los ojos. Consistía en difuminar sombra blanca por todo el párpado, desde la zona del lagrimal hasta toda la parte de debajo de la ceja. De esta manera se agrandaba el ojo y se intensificaba la mirada al dejar caer el párpado móvil ligeramente, entrecerrando los ojos hacia la mitad, consiguiendo esa mirada perturbadora y un tanto condescendiente que tan bien casaba con el resto del rictus sereno y como saturado de escuchar sandeces. Greta Garbo no se operó la nariz, pero para afinarla se ensombrecía los laterales con polvos más oscuros. En la boca utilizaba siempre carmín de tono bastante oscuro con un perfilador muy definido para dibujar un arco de cupido marcado. Los labios eran estrechos y apenas turgentes y aunque resultaban mucho más anchos que los de aquellas, se notaba la influencia del estilismo de las actrices del cine mudo. No en vano, Greta triunfó ya antes de decir una palabra.

Greta Garbo, no te digo na y te lo digo to.

Entre la It girl y la Flapper.

Tras el fin de la primera guerra mundial y con la cada vez más normalizada incorporación de la mujer al mundo laboral y su correspondiente independencia económica, se instaura en América un espíritu lúdico de bienestar y bonanza. En Hollywood hasta 1927, con el estreno de “El cantor de jazz”, no comienzan a realizarse las talkies -películas habladas- aunque paralelamente, en la vida real, se produce la explosión de músicas y bailes de ritmos ágiles y un poco pirados que están directamente asociados a la alegría de vivir y al hedonismo urbano. En los locales de moda suena jazz o tango y la gente baila charlestón con la sonrisa perpetua: son los locos años veinte. Una especie de bacanal socialmente aceptada que refleja una jovial ingenuidad completamente ajena a la avalancha de ruina y desesperación que se avecina con el crack económico del 29.

En la gran pantalla, triunfa Clara Bow por encima de todas las demás. Su aspecto es aniñado, como si aún no hubiese pasado la pubertad. Su melena corta y acaracolada con rizos crespos oculta, como en una nebulosa, el dibujo real de su óvalo facial, que no obstante se intuye redondo como una manzana. Los ojos de la Bow son enormes y aparecen siempre enmarcados con sombras de tonos marrones, negros o violáceos en párpado superior e inferior. Este tipo de maquillaje proporciona un cierto halo de misterio que contrasta con la imagen global candorosa e inocente. Las cejas rectas con la cola descendente agudizan el tono lánguido y refuerzan las expresiones tan necesariamente teatrales del cine mudo. La tez es blanca, aterciopelada, con polvos compactos que bien podrían estar compuestos a base de talco puro. La nariz es diminuta, como un botón en medio de la cara que apenas tiene una función meramente práctica. Y la boca es muy pequeña, como un corazón dibujado dentro de la línea real de los labios.

Clara Bow con una bajada de tensión sublime.

En esta época, en la que aún no se ha extendido el uso de la cirugía plástica entre las clases pudientes y en la cual, de hecho, apenas sólo existe la rinoplastia un tanto rudimentaria y con fines más médicos que estéticos, los trucos de belleza femeninos se basan fundamentalmente en el maquillaje y la peluquería.

El concepto de “It girl” nace con la película homónima de 1927 protagonizada por la propia Clara Bow y pretende denominar a un tipo de chica que, sin ser espectacular, ni tan siquiera particularmente bella, posee un encanto, una espontaneidad y un carisma particulares que emanan de su personalidad y se reflejan en su aspecto. Tiene que ver con un estilo propio y construido por la mujer que lo porta. Hoy día siguen existiendo “it girls” y suelen ser las chicas de moda en cada etapa y que marcan la tendencia en cuanto a qué ropa ponerte, cómo peinarte, qué comer y adónde ir. Claro que actualmente trabajan al servicio de la publicidad y el capitalismo más exacerbado, siendo promocionadas por marcas y grandes oligopolios hasta el punto de que no se puede dirimir si el mercado se adapta al estilo predominante que se instaura progresivamente en la sociedad o es la sociedad la que se mimetiza con lo que el mercado dicta; perdiéndose por completo la naturalidad del encanto casual y convirtiéndose en una vil función al servicio del negocio.

En los años veinte, los medios de comunicación eran muchos menos y variados y de mucha más lenta repercusión que en la actualidad, de modo que, aunque Clara Bow fuese en un cierto grado pulida y post-producida por la industria del cine, la esencia era auténtica y sus orígenes eran humildes, cuasi miserables. Nació en la pobreza extrema del Brooklyn de principios del siglo XX, fruto de la unión entre una drogadicta esquizofrénica y un alcohólico violento. Fue una mujer hecha a sí misma a todos los niveles y hoy ha quedado recordada, por derecho propio, como un símbolo y un reflejo fidedigno de los tiempos que la encumbraron como su diosa cinematográfica. Al fin y al cabo, las flappers eran exactamente eso: mujeres que habiendo nacido en un contexto de pobreza extrema consiguieron ser independientes económicamente gracias a trabajos inevitablemente menores como secretarias, telefonistas, dependientas o incluso ascensoristas; pero que se comportaban con una libertad asociada entonces al género masculino. Las flappers estaban solteras, eran activas social y sexualmente, bailaban, bebían y fumaban sin parar.

Aquí unas Flappers bebiendo cerveza como si fuera jarabe; claramente disfrutando al máximo de vivir.

No eran aficiones muy constructivas, pero marcaban el inicio de una nueva era para la mujer, en la que ya no era obligatorio quedarse en casa haciendo las labores del hogar como consortes del cabeza de familia y en la que incluso y al fin, podían votar, al menos si eran blancas – las mujeres negras no pudieron votar en EEUU hasta 1967-. Pero, sobre todo, y en relación con el tema que nos ocupa, se gastaban dinero en su imagen.

Frente al candor y la despreocupación de la Bow se encontraba la sobria y perturbadora sensualidad de Louise Brooks, portadora de uno de los “Diez cortes de pelo que conmocionaron al mundo”. No obviemos que fue en el primer cuarto del siglo XX cuando el acto de cortarse el pelo fue adquirido por las mujeres, que hasta aquel entonces no acostumbraban a hacerlo en la búsqueda de una apariencia particular si no como mero saneamiento capilar o para vender su larga cabellera a cambio de dinero, como el personaje de Jo en la afamada “Mujercitas” (Louisa May Alcott, 1868). El denominado bob cut consistía en una melena corta y lisa, que llegaba hasta la altura del lóbulo de las orejas, con el flequillo recto tapando la frente y cuya longitud se va rebajando en la nuca en forma de uve quedando más largo en la parte delantera de los laterales del rostro.

Louise Brooks provenía de una familia muchísimo más estable y adinerada que la de Clara Bow y se notaba claramente en una actitud infinitamente más sofisticada y serena, con una clara connotación intelectual, completamente inexistente en la “it girl”. El rostro de Louise también era pálido y uniforme, incluso luminoso, en llamativo contraste con su pelo negro muy oscuro. También de ojos grandes, destacados por las sombras y por las pestañas postizas, un complemento imprescindible en el make up de aquel entonces. Pestañas kilométricas, gruesas y separadas entre sí y una buena cantidad de sombra alrededor de todo el contorno del ojo. De nuevo, labios finos y muy oscuros, boca pequeña en forma de corazón. Para conseguir el efecto de boca de piñón tanto la Brooks, como la Bow, como cualquier flapper dibujaban con el perfilador muy oscuro el contorno deseado y alrededor del mismo utilizaban maquillaje muy claro, del tono de la tez, para simular un tamaño bucal menor. Un estilo curiosamente parecido al de las geishas.

Louisse Brooks pensando fuertemente en el duro mantenimiento de su flequillo.

A finales de la década, con títulos de éxito como “La caja de Pandora” o “Diary of a lost girl”, Louise Brooks adquirió fama como una vampiresa sexual de comportamiento disoluto que en la sociedad americana cada vez más mojigata de aquellos tiempos polarizó al público. Era amada y odiada a partes iguales. Con la llegada del cine sonoro, ambas actrices se retiraron de la vida pública, pasando de moda vertiginosamente con el empuje del puritanismo. La gran depresión trajo de su mano la censura en Hollywood y la figura de la flapper, tan indómita y derrochadora, fue defenestrada. El hedonismo y la lujuria ya no tenían cabida en una sociedad que había de volver a recomponerse y no podía tomarse las cosas tan a la ligera.

Tal vez por ello, una de las grandes supervivientes del cine mudo fuese Greta Garbo. Una mujer que en absoluto tenía algo que ver con las anteriores y a la que difícilmente se podía imaginar bailando un charlestón. El alcohol lo llevaría siempre escondido en una petaca para beberlo en la intimidad y soledad de su alcoba: el confinamiento voluntario como pasatiempo. Ya ves tú.

Los cánones de belleza en Hollywood. Introducción.

Desde tiempos ancestrales las mujeres han basado su concepción de lo bello en la referencia de figuras populares de su tiempo. Podríamos remontarnos a Cleopatra con su flequillo recto y su melena simétrica, oscura y lisa o la línea de sus ojos marcada con pinturas negras y trazos gruesos y alargados. Ambas, características propias de una apostura que aún es influyente en nuestros días. El poder y la cultura orquestan, desde que el ser humano empezó a constituirse en sociedad y establecerse en civilizaciones, la manera en que se desarrolla nuestra imagen estética.

Elizabeth Taylor aprovechando su encarnación de Cleopatra en 1963 para derrochar en chapa y pintura como si no hubiese un mañana.

Si hay un lugar en los tiempos modernos, donde se han gestado los sueños y la belleza proyectándola hacia al mundo, de una forma palpable y casi dictatorial, ese lugar es Hollywood. Meca del cine desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días, construyó sus propios mitos. Las películas eran un espejo idealizado de las gentes a las que iban dirigidas y, para la mayoría del pueblo llano, eran fantasías hechas realidad que, a un tiempo, educaban a las personas sentimental e intelectualmente, puliendo sus gustos y sugiriendo nuevos deseos y metas. Ya fuera como un escape a la precariedad de los tiempos de crisis económica o incluso como esperanza de un futuro mejor en épocas de conflicto bélico, las figuras de la pantalla se convertían en héroes y referencias a las que emular por los peatones sin renombre.

En la primera mitad de la década de los cuarenta, en plena guerra mundial, Veronica Lake, sex symbol habitual del cine negro de aquellos años, era conocida por su larga y sedosa cabellera rubia cuyo peinado fue bautizado “peekaboo; una expresión en inglés que significa recuperarse de un susto repentino y que consistía en que un largo mechón ondulado caía sobre un lateral del rostro ocultándolo parcialmente. Tan seductor y popular resultó este estilismo capilar, que el Departamento de Guerra de los EEUU tuvo que enviar una circular a las fábricas de armamento prohibiendo que sus operarias emulasen dicho peinado dado que el hecho de tapar un ojo en el ejercicio de sus labores ocasionaba peligrosos y constantes accidentes. Esta anécdota revela la elevada cantidad de esfuerzo, dinero y riesgo -en este caso- que podemos llegar a invertir en parecernos a nuestros ídolos.

Aquí Veronica acompañada de un peluche espeluznantemente pasmado.

Desde finales de los ochenta y hasta no hace demasiado tiempo, las mujeres pudientes – y también las coquetas más humildes que hubieran ahorrado suficiente – visitaban las consultas de los cirujanos de todo el mundo occidental armadas con una foto de Julia Roberts en la afamada Pretty Woman, pidiendo unos labios como los de aquella mujer, la sonrisa más rentable de la historia del cine. Raro es que, a finales del siglo XX, quien se lo pudiera permitir, no tuviera los labios gruesos y turgentes a base de rellenos de colágeno o de ácido hialurónico, si la naturaleza no había sido generosa y ya les cundiese con un buen perfilador y algo de brillo en el centro de la boca.

Asimismo, los noventa podrían considerarse, tristemente, el “boom” de la delgadez patológica. Se empezaba a hablar con más información y alarma de una enfermedad que ya hacía tiempo existía, pero no se había dado a conocer popularmente: la anorexia. Pero la delgadez extrema como epítome de la elegancia había sido sembrada como concepto transgresor varias décadas antes cuando Audrey Hepburn se paseó por la Quinta Avenida de Nueva York decidida a comerse un croissant delante del escaparate de Tiffany’s ataviada con un traje de noche negro, un collar de tres vueltas y un escote exquisitamente huesudo. Era 1961 y el comienzo de la película de Blake Edwards: Desayuno con diamantes. Se cuenta que la propia María Callas, diva de la ópera y contemporánea de Hepburn, con el fin de parecerse a ella, se introdujo una tenia en el cuerpo para que devorase todo lo que ingería de manera que pudiera alcanzar la tan deseada delgadez extrema.

Audrey Hepburn tenía menos masa grasa que el tobillo de un gorrión.

Estos ejemplos son sólo algunos, bastante significativos, de cuán grande ha sido y es la influencia de las estrellas femeninas de Hollywood sobre las mujeres de verdad y su demanda de determinadas intervenciones estéticas, terapias o hábitos para lograr la imagen vigente de cada momento.

El objetivo es hacer un análisis de los modelos de belleza que han ido primando a lo largo de los últimos cien años en la gran pantalla. Sus características, su evolución y las técnicas utilizadas por las propias figuras paradigmáticas para alcanzar los rasgos deseados que las definían. Así, haciendo un estudio en perspectiva global, también se pretende especular con cuál será la tendencia del mercado de la estética en los próximos años, así como las preocupaciones fundamentales de la mujer moderna con respecto a su aspecto. Todo ello ligado siempre en paralelo al desarrollo cultural de la mujer; dado que no existe un cambio y una evolución en lo que se percibe a simple vista sin que exista también un motor ético y social que lo respalde.

También se observará el avance tecnológico en los tratamientos de belleza y las intervenciones estéticas. Cómo, para conseguir un mismo efecto facial, lo que se hacía en 1940 es hoy, en 2020, visto casi como un barbarismo, debido a la sofisticación y precisión de los medios en la actualidad.

Y finalmente, la intención es predecir cuál será la imagen de la belleza de la mujer del futuro y cómo “ser y estar guapa” ha cambiado y al mismo tiempo sigue tomando como ejemplo a personalidades del pasado, dado que la cultura es cíclica y recurrente, siendo una máxima a todos los efectos, aquello del “todo vuelve”.

Jessica Chastain marcándose un Rita Hayworth mezclado con un Kim Bassinger y un queriendo decir de Grace Kelly mientras simula un perturbadoramente elegante corte de digestión.

Del oportunismo y de los trabajos de fin de ciclo

He estado leyendo mucho estos días. Sobre todo diarios. Novelas redactadas como si fuesen diarios. Una ganga de narrativa, te tengo que decir. El marciano es mucho más gracioso por escrito. Perdida es más interesante pero un pelín más misógina, en el fondo, que vista por Fincher (Gillian Flynn, a veces te pasas y lo sabes; estoy segura de que Amy es en buena parte la tipa que te robaba los novios en el instituto). Y, sobre todo, después de descubrir que Bridget Jones en la novela está más delgada que yo, he decidido que tenía que volver a escribir alguna de mis naderías guasonas para poder soportar toda esta vida tediosa en confinamiento que pide estar constantemente justificando la existencia, sin poder disimular como cuando íbamos en metro. Como cuando íbamos a alguna parte.

Ya que tengo tantísimas chorradas que contar, no encuentro otra manera de empezar que publicando episódicamente el trabajo de fin de curso que hice para Estética Integral y Bienestar el año pasado. Y que ya está escrito, por suerte. Eso es lo mejor, porque podré actualizar el blog durante semanas con asiduidad sin necesidad de esfuerzo alguno. Es como tenerme a mí misma desdoblada trabajando a mi servicio en el pasado y sin saberlo. Y también es como irte quitando prendas poco a poco después de haber estado haciendo una tabla intensiva de abdominales durante un trimestre. Ahora te enseño el escote, ahora el ombligo, ahora un poco de pezón, ahora un codo… Va sobre Hollywood y los cánones de belleza y está escrito con mucha menos sorna que la que me caracteriza en estos postes. Pero algo hay.

Espero que las dos o tres personas que lo leáis – hola, mamá; hola tío despechado al que no me llegué a chuscar en su día pero vacilé con la idea de hacerlo y ahora me odiarás de por vida mientras te fustigas buscando significados ocultos between lines – disfrutéis tanto como yo disfruté escribiéndolo. Aunque, sinceramente, lo dudo bastante.

¿Pero qué es un blog si no masturbación? ¡Qué es internet!

La polla más larga del mundo

Enamorarse nunca fue tan improbable como en 2018. Existen tantas actividades para perder el tiempo y es tan fácil hacerlas. Hay tal diversidad de especímenes humanos con los que pasearse por bares y a los que frotar los genitales cual lámpara mágica, que la sola idea de una relación afectiva estable y comprometida se convierte a los ojos de cualquiera que sepa divertirse, en un sepulcro de tedio donde la rancia monogamia se antoja dolorosa como una trepanación y quererse en condiciones es la antítesis de lo cool. Ya no se puede amar como lo hacían Cleopatra y Marco Antonio, hasta el suicidio más sofisticado, o Juana de Arco a Dios, quemadita viva. Eso son horteradas afectadas que no van a ningún lado ni como conversación de gastrobar. Ahora, queridos, tenemos la piel muy fina y somos adolescentes hasta los cuarenta y cinco. Podemos pedir lo que queramos, en el momento que queramos y recibir algo casi parecido a lo que deseábamos en un principio, ya sea sushi del japo del final de la calle, un tetrabrik ecológico de zumo détox a las tres de la madrugada a través de Glovo (que hay que ser bastardo) o un coito súbito concertado en menos de un minuto por Tinder y consumado en los baños de uno de esos bares en los que antes se jugaba al mus y ahora los chinos han tomado sirviendo eficientes carajillos que pronuncian “claguilios” con muchísima ternura involuntaria.

Además, ¿quién va a querer amor cuando puede tener mojo? Ese magnífico atributo nacido del imaginario de Austin Powers que se define popularmente como la cualidad que hace que la gente se sienta atraída por ti y que paralelamente te proporciona éxito y te llena de energía vital. El ginseng de los treintañeros: el mojo. Una droga natural y legal, pero no menos peligrosa que la heroína, cuya apropiación se ha convertido en el leit motiv de cualquiera que se relacione en sociedad y posea un mínimo de narcisismo. Y, admitámoslo, ahora el más humilde de tu grupo de amigos alimañas tiene el ego tres veces más estimulado que Cristiano Ronaldo. Son malos tiempos para el comedimiento y para un solo peinado.

Porque todo sigue siendo un pulso de poder desde que se inventó la agricultura y a alguien se le ocurrió poner una tapia a un cacho de campo de trigo ancestral. Batallas por la supremacía en pro de hacerse con gigantescas plantaciones de futuro All-Bran, ¿eh? No se molestaron demasiado con el Macguffin, la verdad. Tampoco importa, porque nunca lo ha hecho, lo que vayas a conseguir en la conquista de nuevas tierras. Lo único que realmente motiva tanto a las masas como a los líderes, es la constatación de superioridad frente al foráneo. Así que lo mismo da pensar en Alejandro Magno adentrándose en el imperio persa para dominarlo, que imaginar a un sátiro veinteañero de barrio, grabando un vídeo de sus abdominales tallados y usándolo como caballo de Troya para adentrarse en la lista de contactos y posteriormente en la vagina o el ano del receptor ávido de ser colonizado durante al menos un par de horas, que se encuentra al otro lado de la línea y a una vuelta de la esquina.

Todo se ha convertido en política sexual y ahora el inicio de una relación se parece más al proceso de selección de Google que a la pasión kamikaze del amor como vicio, del clítoris hinchadito que describía el Marqués de Sade en las obras de su séptica, pero mucho menos promiscua, época. A los cinco minutos de una conversación en una cita propiciada por una plataforma del fornicio cualquiera, si ninguno de los dos oponentes ha decidido abandonar la estancia por fotogenia cruelmente engañosa de una de las partes, lo más probable es que ya tengáis las pollas* posadas sobre la mesa concentrándoos muy fuertemente en la propia, para conseguir presentarla como la más larga, la más dura, la más palpitante, la que más brilla. Medirse las pollas* es a las relaciones del siglo XXI lo que conocer a la familia del otro fue para los novios de la década de los noventa del siglo XX: un trance incómodo pero inevitable.

Nos esforzamos tanto por demostrar al contrario que somos lo suficientemente buenos para estar con quien nos de la real gana, para evitar ser rechazados. Como en la fábula de la zorra y las uvas. Es un juego peligroso y ocasionalmente embarazoso ese de hacer de uno mismo el producto más atractivo y demandado en el mercado, especialmente porque los dos rivales son simultáneamente comprador y vendedor, de tal forma y manera, que el derroche de recursos es inane. Sin embargo, si hay algo que le pone cachondo a cualquiera es la inaccesibilidad -característica que explica que alguien como Ryan Gosling sea un sex symbol; que es muy complicado conseguir su teléfono-. Si sientes que no puedes tenerlo, lo desearás el triple.

Así, nos encontramos cada vez más a menudo con un tipo de persona en ambos géneros sexuales: los y las Bruce Willis de la vida. Me refiero a esas gentes emocionalmente inaccesibles, que llevan secretamente a gala su incapacidad para el compromiso y están tan ensimismados, tan dentro de sí, intentando demostrar permanentemente que son mejores y tienen la polla* más larga que nadie, que no se paran jamás a mirar a su alrededor y cuando se quieren dar cuenta de la realidad, resulta que ya están muertos. Como Bruce en El sexto sentido, pero en vez de con un niño médium, con una app de ligar de intercesor.

La querencia por ser admirado perpetua y consecutivamente, la obsesión de ser permanentemente reafirmado por otros para creer que somos más inteligentes, más guapos y que olemos mejor que el resto, se ha convertido en una enfermedad endémica de nuestro tiempo cuya cepa se ha reforzado y mutado gracias a la cultura de la inmediatez, del sexo exprés y de la televisión a la carta, ¡de la vida a la carta! Hoy atesoramos citas con desconocidos con la misma ansiedad que hace cinco años nos pasábamos horas jugando al Candy crush y con exacta repercusión en nuestro crecimiento personal. Seguimos deslizando el dedo por la superficie del smartphone para hacer línea y que esta se desvanezca en una explosión de luz, color y satisfacción, de orgasmito de mierda, mientras no ganamos más que puntos vacíos y la acumulación de pantallas superadas identificadas con un número y poco más. No tiene nada de delicious.

El Candy Crush se actualizaba semanalmente con paquetes de treinta o cincuenta pantallas más para aquellos que ya eran yonquis del videojuego, creando el mismo efecto que en el final de El mago de Oz cuando Dorothy está intentando regresar a casa y al avistarla en el horizonte y caminar en dirección a ella, ésta se aleja más y más a cada paso, de modo que la meta resulta inalcanzable. Esa sensación de frustración, de no ver el final ni el sentido, se extrapola hoy a las páginas de contacto: el videojuego más adictivo, interactivo y prolífico del mundo, que tampoco se acaba nunca.

Si no tenemos ni energía para programar una alarma manualmente y preferimos que Siri lo haga por nosotros, demostrando la clase de seres tiranos, caprichosos, perezosos y cabronazos autocomplacientes que somos en el fondo ¿cómo vamos a poder tolerar jamás que nuestra pareja haga caca? Tenemos el autoconcepto más estropeado que Enrique VIII y creemos, porque nuestro hábitat programado y ajustado a nuestras necesidades nos lo confirma a diario, que todo lo que nos rodea está ahí para servirnos y satisfacernos. Nos hacemos más individualistas y a la vez más hambrientos de la pertenencia a un grupo, mientras nos convertimos en compañeros deficientes. Gracias a Tinder, dos son multitud.

Conozco gente que no ha tenido un segundo encuentro con alguien de una red de contactos porque en la primera cita a su acompañante se le escapó un carraspeo que sonaba como un eructo; tenía la cara de su abuelo tatuada en la mejilla y más tarde, al finalizar el coito, el tipo la abrazó y le susurró te quiero al oído llamándole además “Clarice”. Que ya ves tú.

Es posible que el egoísmo extremo de anteponer nuestras pulsiones personales y nuestra autorrealización al conocimiento y compromiso de relacionarnos íntimamente con otro ser humano, sea lo que al fin acabe con nosotros, lo que extinga la raza humana de una vez por todas. Ay, ¡sí, por favor! Pero de momento nos quedará bailar break dance a lo Joaquin Phoenix abrazados al iPhone mientras proyectamos nuestra personalidad, sin llegar a escuchar nunca con intención de entender ni una sola palabra del otro lado. Y acabar creyendo que sabemos algo de alguien, cuando lo único a lo que podemos aspirar es a enamorarnos de nosotros mismos que, aunque no nos conozcamos demasiado bien, estamos seguros de poseer la más larga, la más dura, la más palpitante y la que más brilla de todas las pollas* del mundo.

 

*Todas las pollas aparecidas en este artículo han sido figuradas. Y super bonitas, te lo juro.

 

Las personas peligrosas

Cuando vi “Herida” de Louis Malle por primera vez, me quedé fascinada por la frase que usaban luego en el tráiler televisivo y que creo se citaba sobre la carátula en la que Jeremy Irons y Juliette Binoche completamente desnudos, hacen el amor en la postura de la mecedora y se tapan mutuamente los ojos presionando hacia atrás sus respectivas cabezas en plan “Joder, te voy a matar.” Y decía así: “Las personas heridas son peligrosas; saben que pueden sobrevivir.” Casi nada, amigo. Estaba convencida de que era la frase más cool que había oído en mi vida. Aunque, por supuesto, no entendía ni papa.

La frase la pronunciaba ella, claro, y yo la contemplaba desde mi atalaya adolescente del “mira, bonita, no me creo nada, ¿a ver si es que vamos a tener el umbral de dolor muy bajito?” Y luego ya, en el desparrame del tercer acto, un contundente guantazo de incesto y suicidio me tapaba la boca. Putos franceses, ¿eh? Con tal de tener razón y dejarte a cuadros, lo que sea.

Gracias a esta película pornográficamente trágica, aprendí a escuchar sin un gramo de guasa las historias truculentas con las que me han asaltado amigos, conocidos y algún que otro espontáneo – en trenes, salones, dormitorios y tejados -, a lo largo de mi juventud. Toda esta tontería mía queda aniquilada en el momento en el que alguien comienza una narración autobiográfica con un: “No es algo de lo que me guste hablar, pero…”. Me aterrorizo fuertemente esperando que me hagan un Juliette Binoche y escucho en silencio apretando muchísimo los esfínteres, con el sistema endocrino funcionando con impoluta eficiencia durante los veinte o treinta minutos de relato dantesco. O lo que sea, vaya, hay gente que incluso se te come noches en blanco enteritas y tienes que llamar al día siguiente al curro para decir que estás enferma y seguir aguantando su libro hasta el puñetero epílogo. Olimpiadas de amistad.

Para alguien con vocación de escritor, haber tenido una infancia tan feliz como la mía es una auténtica putada. Sólo puedes aspirar a estropearlo mucho después, para tener algo que contar. Yo me he hecho tan experta en sabotear episodios de mi vida que lo sorprendente es que no haya caído aún en la heroína o me haya enrollado con algún familiar. El caso es que envidiaba muchísimo aquella hondura tan europea y elegante, aquel haber armado la de San Quintín y luego pasearte tan lacónica y fatale como si hubieras venido al mundo dentro de un traje de Versace.

De un tiempo a esta parte, he cambiado de idea con tanta frecuencia  y tantísimas veces que ya no sé lo que pienso ni lo que siento con respecto a las categorías de dolor. El sufrimiento es subjetivo hasta cierto punto y supongo que el contraste tiene mucho que ver con esto. A veces no te das cuenta de lo mal que te sientes hasta que alguien te dice: “Vaya, ¿así que te pasó eso? Pues debes de estar bien jodido.” Así que los traumas están íntimamente relacionados con el hecho de que vivimos en sociedad y no sólo nos relacionamos entre nosotros, si no que además al hacerlo también nos juzgamos permanentemente. Incluso aunque seamos particularmente tolerantes, respetuosos y reservados en nuestras opiniones; a mí hay movimientos de ceja de gente discreta que me han arruinado primaveras enteras.

La cosa es que aquella cita de “Herida” entronca directamente con este otro fragmento de discurso acojonante: “Damos tanto de nosotros mismos para recuperarnos cuanto antes de las decepciones, que para cuando llegamos a los treinta ya estamos exhaustos y cada vez somos menos generosos cuando volvemos a empezar con otra persona.” Pronunciada por el padre de Elio en Call me by your name.

Esas dos citas podrían yacer juntas en la misma cama, mirándose fijamente a los ojos hasta fundirse juntas en una lección de filosofía sobre quererse mucho.

Yo ya no envidio a Juliette, ni ansío poder soltarle esa frase a alguien y dejarlo patidifuso. También te digo que la gente de mi generación en adelante ni con una lobotomía se quedaría perpleja. Pero a lo que voy, somos un saco de experiencias más o menos curiosas, intensas o trascendentes (pero sólo para nosotros mismos) y nos paseamos por la vida sin tener mucha idea de lo que nos pasa, agarrándonos a clichés y a citas de otros o reinterpretaciones de ideas ajenas para poder sentirnos más cómodos y un poco menos paletos. Y llegados a un cierto punto de la vida, entendemos que sólo un psicópata, un ser ficticio o un cínico es capaz de escupirte a la cara absolutismos así, con esa indolencia irritante, y quedarse tan anchos. Las frases irreplicables son material de reflexión, pero se cargan cualquier velada, tío. Las personas heridas son peligrosas. Ya. Lis pirsinis hiridis sin piligrisis. ¡Anda, calla! ¿Sabes quiénes son las personas peligrosas de verdad? Las buenas personas.

Fin de la velada.

 

Mujeres feministas que caminan en lencería fina sobre espejos

“Audrey Hepburn: La biografía”, eso era todo lo que quería por mi cumpleaños a los 14. Tenía un cuaderno lleno de fotos de ella y de reseñas de películas. Si hubiesen vendido mechones de pelo de Audrey con el Fotogramas, posiblemente tendría una caja bien llenita. Así de asquerosa era yo. Los fines de semana me quedaba en el sofá hasta el amanecer viendo Sabrina, Vacaciones en Roma, Charada y My fair lady. Parecía un trabajo. Así que digamos que mi educación sentimental y los cimientos de mi concepto de lo que es femenino y bueno quedaron condicionados y arraigados para siempre.

Una mujer tenía que ser delgada, elegante, encantadora, sumisa pero sin parecer humillada, leída y vivida pero sin hacer alardes -lo justo para que supiera de qué hablar en los cócteles de empresa de su esposo- y poseer una tendencia inusitada a enamorarse de putos viejos. Vaya, lo que se dice una tragedia.

Cuando me fui a estudiar a Madrid conocí a Milan Kundera. Figuradamente, a ver qué te vas a pensar. Me gustaban mucho las mujeres solteras que aparecían en sus novelas. Especialmente Sabina de La insoportable levedad del ser. Sabina no se parecía para nada al perfil medio de los personajes de Audrey Hepburn, mi único referente ficticio de modelo femenil hasta aquel momento. De hecho, no se parecía a ninguna otra mujer que hubiera visto o sobre la que hubiese leído nunca antes, como mucho te diría que me recordaba un poco a Annie Girardot en Rocco y sus hermanos. Porque las dos poseían esa ambivalencia de gozar y penar por su sexualización.

Sabina era amante y amiga del protagonista de La insoportable levedad. Tomás, creo que se llamaba. Da un poco igual, porque Tomás era bastante coñazo -aparte de ser médico y follarín, no hacía gran cosa-. Cuando se encontraban, ella montaba un numerito erótico la mar de apañado que consistía en ponerse un body calado, medias y el sombrero hongo de su abuelo y caminar lentamente a cuatro patas sobre un espejo tirado en el suelo. Luego se iba a pintar un cuadro y a planear fugarse y dejar a su otro amante algo más oficial, Franz, que era un charmless man casado y con hija. Sabina, comentaba Kundera al describir su monólogo interior, se había pasado la vida huyendo. No quería pertenecer a nadie, ni que nadie le perteneciese, lo cual reafirmaba su sensación de libertad (y también la mía). Este punto enlazaba con Holly Golightly de Breakfast at Tiffany’s (Audrey Hepburn), que tampoco quería ser de nadie ni bautizar al gato. Y ensamblaba así la primera etapa del camino evolutivo de la especie de persona que yo quería ser por la clase de arquetipos femeninos que me habían resultado atractivos y magnéticos.

Luego leí la biografía de Janis Joplin y la de Annaïs Nin y en algún momento me gustaron mucho Diane Keaton y Liv Ullman. Con Frida Kahlo, por ejemplo, me costaba bastante conectar porque me molestaba un poco ese rollo enfermizo que se traía con Diego Rivera. Me gustaba mucho cuando se vestía de chico, aprendía idiomas, tenía discusiones sobre Hegel, iba con los “cachuchas” y le escribía a su primer novio cosas como: “Hasta mañana, espero que pasemos una buena noche y que ambos pensemos que somos grandes amigos. Y que nos queremos mucho, mucho, mucho, mucho. Más que a la música y la luna.” O “Dime si ya no me quieres, Álex. Yo te quiero, incluso aunque te importe menos que una mosca.” Eso me parecía genial de verdad.

A medida que me he ido haciendo mayor he llegado a empatizar mucho más con personajes como Escarlata O’Hara -sí, sí, lo que te estoy diciendo- o las heroínas de Jane Austen. Personajes creados por mujeres y que valiéndose de las herramientas disponibles en un mundo eminentemente machista que condicionaba y limitaba por completo el margen de maniobra, salían adelante por sí mismas. La mayor parte del tiempo engañando, trampeando, instrumentalizando a los tíos y cediendo ocasionalmente ante algunas cosas que atentaban contra su dignidad. Pero haciendo, en definitiva, lo que buenamente les salía del coño.

A día de hoy, mi icono femenino y feminista (no reconocido para nada) favorito es Ava Gardner. Ava Lavinia, a la que le repugnaba que la llamasen “el animal más bello del mundo” y que sólo quería salir a bailar, a beber, a viajar y a follar por el mundo. A la gente, en general, no le hacía ni pizca de gracia que Ava fuera así de promiscua y veleidosa, que considerase su trabajo como estrella de cine más que como actriz, un mero vehículo para poder mantener su ritmo de vida hedonista y feliz. Ella hacía sencillamente lo que le daba la gana. Iba de resaca a todos los rodajes, se liaba con toreros, se mudaba sola de una país a otro y no se volvió a casar después de los 34. Y esto dentro del entorno puritanísimo hollywoodiense de los años cincuenta, nada menos.

Seguramente parece que estoy de coña, considerando a una sex symbol de hace seis décadas una figura representativa del feminismo. Pero para mí es importante respetar el contexto. Es decir, a mí me resultaría una locura que alguien dijera que Marilyn Monroe es una heroína feminista, porque se sabe que fue utilizada y cosificada durante toda su vida y que nada de lo que hizo entraba dentro de lo que quería hacer. Marilyn era una esclava de su tiempo, de su imagen y de los hombres que la consumieron. Pero Ava Gardner, amigos, era dueña de sí misma. Si se puede admirar y se admira a Simone De Beauvoir por la creación de preceptos y la divulgación de premisas conceptuales para la propagación del movimiento; por lo que tiene de activista y constructivo intelectual, claro, creo que también se debe admirar a alguien por su valentía al exhibir su alegría de vivir aún a pesar de los crueles juicios y prejuicios de la sociedad ante la que se presenta. Porque un modelo de mujer así: una persona que hace lo que quiere hacer, aunque se ponga laca en el pelo, use push up y se ría echando la cabeza hacia atrás con un vestidazo, y lo que quiera hacer sea irse de cachondeo por Madrid, pone también su buena parte de transgresión en todo este asunto del ser una mujer. Porque al final, y siempre, es una cuestión de libertad para elegir.

Por todo eso y porque estoy de subidón, me parece exactamente igual de bien el discurso de Frances McDormand en los Oscar, haciendo levantar a todas las nominadas, que ver a Jennifer Lawrence saltando butacas, arremangándose el vestido dorado, con una copa de vino en la mano, en plan: “Mira, mundo, ¿sabes por dónde me paso lo que pienses de mí? Por la vagina, ¡me lo paso por la VAGINA!”.

 

Pedir permiso para tocar una teta

El domingo me desperté sudada, ansiosa y desnuda después de tener una pesadilla de balneario. ¿Parece divertido e interesante? No lo es. Las pesadillas de balneario son las peores. Son pegajosas, agobiantes y huelen raro; algo parecido a una peli antigua de Polanski. Y sólo se pueden conseguir cenando patatas grasientas y vermú con kas naranja.

Me desperté como digo, así, sintiéndome muy poco atractiva, muy desmejorada y terriblemente abatida. Había quedado más tarde y aún me lamenté más por mi mala suerte. Porque una se puede sentir un horror un domingo si está sola en casa viendo películas de Seth Rogen y comiendo encurtidos con batido de chocolate y sí, claro, pensando muchísimo en la muerte; pero no hay manera de llevarlo bien si has quedado con alguien que te cae bien y vas a ir a un sitio bonito a comer cocotxas. Es como tener diarrea el día de Reyes.

Total, que salí de la ducha, me disfracé un poco de mujer contenta y empecé a recibir una batería inusitada de mensajes de texto. ¿Tan complicado es escribir un párrafo consistente e ininterrumpido? ¿Tanto? Miré la pantalla con irritación y antipatía preventiva. Se trataba de Linus -nombre ficticio ridículo que le voy a dar en lo sucesivo a este magnífico personaje de mi vida pasada y que espero se pronuncie “Lainus”, para que no pierda la fuerza que merece-.

Conocí a Linus el verano de 2011. Era un tío bastante guapo, ciertamente pijo, extraordinariamente entusiasta y valenciano. Tuvimos unas cuantas citas de corte romántico. O sea, de cenar, mirarse a los ojos y que te acaricien la mano. A mí me parecía un tío muy divertido porque sabía imitar el alemán con fluidez y resultaba francamente vehemente y cómico. Una vez cocinó para mí -algo así amarillo con pimientos que estaba bastante rico- y me acercaba a muchos sitios en moto -cosa que en Barcelona era glorioso-. Así que, bueno, apriorísticamente resultaba prometedor. Un día se me ocurrió llevarlo a cenar al piso donde hacíamos las bacanales del saturday night y presentarle a mis amigos. Antes de haber tenido relaciones físicas ¿eh? (¡fiuf!) Cosa que, por descontado, me inquietaba un poco. Habíamos visto ópera en la calle e ido a un museo y al supermercado juntos y creo que tras unas nueve citas nos habíamos dado un solo beso. Un beso excesivamente celebrado, por otro lado. Más celebrado que vivido, de hecho. Un beso como el propio existir, vaya.

Total, que después de la cena y las presentaciones Linus y su inherente histrionismo se elevaron al cubo. Supongo que en el siglo XXI llevar a cenar con tus amigos a un chico con el que te has dado un beso y que te ha mirado a los ojos cogiéndote la mano en varios restaurantes de comida étnica, es algo que se identifica con un noviazgo formal. El caso es que aquel chico era una fiesta, un huracán de confeti figurado, un Alec Baldwyn en Friends, un pesado insufrible del carajo que no paraba de declarar su afecto y su alegría por haberme encontrado en este mundo, cada dos puñeteros minutos. Esto que cuento, que puede parecer halagador, cuando se convierte en una matraca constante es bastante parecido al infierno.

Yo, que en aquella época era muy práctica, le sugerí que nos fuésemos a dormir a su casa. A ver si el sexo acababa con el festival. (Sí, a ver si se callaba la puta boca). Lo cierto, es que llegamos a su casa y enmudeció. Estuvo bastante raro y lacónico y al cabo de unos instantes, muy serio, me miró y me dijo: “Oye, Marta, ¿te podría tocar una teta?”.

Fue algo fascinante y terrorífico. Me entró la risa nerviosa y cuando conseguí calmarme, le dije: “No, Linus, no, no puedes tocarme una teta, no”. Aun así, estaba tan cansada que me quedé a dormir. (Tan cansada que no me daba miedo morir.)

Por supuesto, no hubo ni el más remoto conato erótico. Al día siguiente, durante el desayuno, Linus volvió a su antecedente estado de euforia patológica y me introdujo con bastante seriedad -como si hubiese estado macerando y elaborando bien el asunto durante bastante tiempo- la propuesta de irnos a vivir juntos a un piso en Hospitalet de Llobregat. “Linus, querido, no puedes pedirle a alguien que te deje tocarle la teta y al cabo de unas horas sugerir que os mudéis juntos. (¡Y menos aún a Hospitalet, joder!). Y me fui de allí como alma que lleva el diablo. Después de comerme el croissant, quiero decir.

Di largas a Linus inmediatamente después de aquello. Y él se tiró meses dando por culo. Daba vueltas en moto alrededor de mi casa y me pedía que bajase a hablar con él, que quería explicarme que no era un loco. Acosaba a mis amigos por redes sociales para explicarles que él no era un loco y pedirles que me convencieran de que no era un loco. Cada cosa que hacía para intentar impugnar la idea de su locura, consolidaba aún más su estatus de auténtica regadera.

Linus no dejó de escribirme durante bastante tiempo con regularidad trimestral y de buen rollo. Paró un rato cuando le dije que estaba viviendo en Turquía. Y otro ratito más largo, el año pasado, cuando me comentó que se había casado. Pero el domingo ahí estaba, otra vez. Linus, con su foto de perfil de guaperas feliciano recién invitado a una puesta de largo. Diciéndome que a lo mejor se acercaba a León a invitarme a unas cañas. Que tenía ganas de verme. (Seis años y medio, ¿eh? Seis años y medio.)

Siempre he pensado que Linus, en efecto, no era una persona cuerda. Sin embargo, el otro día, quizás por mi estado de ánimo nefasto, consideré la posibilidad de que al pobre Linus simplemente yo le había caído en gracia y no estaba acostumbrado al rechazo. Quizás a Linus siempre le compraron todos los juguetes que pedía por Navidad. Puede ser que la burbuja de vie en rose en la que estaba acostumbrado a vivir Linus chocase contra el iceberg de mi indiferencia y fracturase para siempre el casco que protegía su ego impoluto y sobrealimentado durante lustros de aceptación. Y lo confundió con amor, claro. (Porque estamos todos muy trastornados, la verdad.)

Y pensé, amargamente, en las cosas buenas que tenía, en lo divertido que era estar con él y en lo generoso que había sido, en realidad. Y me dije: “Sí, sí… pero, ¡era un puto fan! Y tú a un fan no te lo quedas. A no ser que seas Mick Jagger o Bisbal. Y tú no eres ni Mick Jagger ni Bisbal, tía.”

Después de eso, recordé todas las veces en las que yo he sido un poco Linus (a veces muy Linus, incluso) y me he visto a mí misma del mismo modo en que veía yo a ese pobre zumbado narcisista. Y he visto el abismo, al mirarme, en los ojos de mis amantes potenciales truncados. Y, ah, cuán luctuoso* ha sido…

El caso, amigos, es que no hay manera de batallar la posición de grupie. Una vez que se te concede la etiqueta es irreversible. Hagas lo que hagas todo será interpretado como un rasgo de demencia obsesiva. Da igual el tiempo que pase, los logros de tu vida, el prestigio social que acumules, la confianza real que ganes en ti mismo o, incluso, lo feliz que llegues a ser. A los ojos de la persona ante la cual en algún momento te postraste como vasallo, siempre serás eso y pensará que toda tu vida no es más que un teatrillo llamativo diseñado para intentar captar su atención. Vamos, eso es lo que yo pienso de Linus, así que lo puedo extrapolar a cualquier otra situación análoga de la existencia de todo ser humano ajeno a mí, porque es completamente justo y razonable, ¿no?

Total, que aquel día quedé para comer y bebí whisky hasta quedarme ciega. ¿Quién me puede culpar? ¿Quién me puede decir que no hiciera un Linus ese mismo día? ¡Quién, por favor!

*Nota: Esta palabra, “luctuoso”, es para mi amiga María R.S., creo que te gustará casi tanto como “inane” y “parco”. ¡Besitos!

Son las cosas que te gustan, no lo que eres

Hay un momento sublime e inverosímil en High Fidelity en el que John Cusack se despierta en la cama con Lisa Bonet. Se levanta y empieza a explicar a la audiencia – algún día, cuando tengáis nietos, esto de los actores interpelando a los espectadores os avergonzará más que el vestuario de ABBA ruboriza a mi madre – cómo ha conseguido tener relaciones sexuales con una cantautora independiente y exótica beldad del distrito, cuando no es más que un tipo común cuya cualidad más extraordinaria es lo extraordinariamente normal que es. Total, que su técnica de seducción es hablar de “las cosas que te gustan, no de cómo eres”, que pierde un poco de fuerza en la traducción, siendo el original: “What you like, not what you are like.”

Así que comentan sus discos favoritos, conciertos memorables, pelis, programas de televisión, series, personajes de cómic, libros, camisetas con dibujos hechos con hilo impregnado en lejía ¡en fin! All that shit. Y conectan maravillosamente porque tienen gustos afines y se dan la razón y establecen un punto de complicidad cultural que sólo puede ser más mágico si además lo riegas con unos botellines de cerveza y algún chupito de licor blanco de propina. Al final, claro, toda esa euforia se materializa en una excitación sexual acojonante, que en algún momento rompe cualquier nexo con la realidad y te conduce casi levitando a la cópula.

Pues bien, ¿cuántas veces he visto yo Alta fidelidad? ¿quince, veinte veces? No sé, dímelo tú, ¿cuántas veces? Pues por ahí, supongo. He crecido con John haciéndose pajas mentales con banalidades y trascendencias picaditas juntas y mezcladas en un bol con dos huevos batidos en lo que se convertirá en una tortilla de neuras paridas por la generación X, que se comieron ellos mismos y que los millennials estamos aún digiriendo y ocasionalmente regurgitando.

Este truquito del ligar superficial y de la alineación (y alienación) de los astros, que no es más que un engaño para olvidarnos un rato del vacío de significado que tiene estar en el mundo, mientras hablamos de Johnny Cash como si le entendiéramos, es algo que yo asocié siempre a una fase de la vida que acabaría rotundamente de un culazo dado fuerte por ese otro ente que acecha a cualquier joven y que se llama: ¡madurez! (puag).

Yo tenía una amiga mayor que yo y bastante severa que siempre que me sermoneaba por mi falta de seriedad y, sobre todo, de continuidad en el tiempo y asentamiento adulto de mis noviazgos, soltaba como brillante colofón: “Madurar mola, Marti.” Yo siempre tragaba saliva en aquel momento. Una saliva espesa que había intentado contener para no hacer ruido mientras me caía el chaparrón moral. Y esa saliva mía me sabía a incienso de baratillo. Una sensación nasal muy parecida, de hecho, a cuando veo películas de terror sobre el Anticristo.

Si madurar molaba y lo de ligar al estilo Cusack-Bonet era sólo para gente anclada en la veleidad, yo imaginaba justo antes de los treinta, que el mundo del flirt en la adultez tardía debía ser algo más parecido a montárselo como Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en Casablanca.

Los dos muy serios y muy educados, poniendo de pantalla a terceros como Sam o el pobre Laszlo, para hacerse los enigmáticos en cuanto al interés por el otro. No mostrar las cartas nunca hasta que la cosa se pone demasiado densa. Y en el momento de la catarsis darse un beso muy seco y muy cortés. Todo con los trajes blancos muy limpios y bien planchados y la mirada perdida hacia un punto fuera de campo del mismo cosmos. No me imagino a Humphrey dando vueltas alrededor de Ingrid, subiendo y bajando la barra de su bar y diciendo: “The beta band, tía, the beta band. Dry the rain, ¡joder!” O “Yo perdí la virginidad con “This is hardcore. ¿Es gay que me excite la voz de Jarvis Cocker?”. Pero tampoco visualizo a Emma Watson hablando con Miles Teller sobre la situación política que está atravesando la sociedad de nuestro tiempo, sobre cómo el mundo se va al carajo por la pérdida de valores y el calentamiento global y sobre el color del vestido de ella: “Los pro-Trump iban de gris y tú ibas vestida de azul.”

Creo que seguiremos sintiéndonos inclinándonos y atraídos por las gilipolleces por siempre jamás. ¡Y-nó-pá-sá-ná-dá, amigo! Si no hablas de música, cine, literatura o antropología de barrio, como muchísimo hablarás de teorías personales sobre “lodeantes” del Big Ben o sobre la muerte y el apocalipsis. Sobre a quién salvarías y tal.

Y todo esto me lleva a hacer una relectura de aquel mensaje de bombón Baci que me tocó (¿se puede utilizar este verbo tan entusiasta para algo tan ridículamente nimio como encontrar un trocito de plástico impreso envolviendo una bola de chocolate? ¿te tocó? Guau ¡Qué afortunada eres!), que decía: “Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos.” (Con lo indigesta que es la avellana, además se ponen fuertecitos.) Reversionar esta sabia reflexión para adaptarla a la conclusión final del tema de este artículo, consistiría en decir: “Seducimos valiéndonos de chorraditas de la cultura pop que nos molan mil y pretendemos luego tener un romance del nivel de magnificencia y profundidad que sólo tendría lugar en el puto imaginario de Flaubert. ¡Vamos, hombre!”.

Sacar del anodimato

Hace unos días mis padres me preguntan por Black mirror. “¿Entonces viste ya la de las relaciones con caducidad?”. “Sí, sí la vi.” “Ah, como no dijiste nada…” A veces tienen actitudes de novio receloso. Ese humor (en el sentido de mood no de humour) enrarecido que se instala en la pareja, cuando ya lleváis conviviendo un tiempo y habéis optado por no hacerlo todo juntos, porque es más sano, pero al mismo tiempo os entristece que vuestra relación no sea lo suficientemente poderosa como para no tener que racionaros por miedo a acabar saturados del otro. Situación que en general lleva a hacer esta clase de interrogatorios cuyo subtexto clama un clarísimo: “No, si de verdad que me parece bien que no lo hagamos todo juntos, ¿pero también vamos a dejar de contarnos lo que hacemos por separado, cuando son cosas afines y de entretenimiento tontaina como ver una serie de televisión popular? Me muero de la puta pena, mi amor.”

Total que al “Ah, como no dijiste nada.” Respondí con un desafortunado y completamente espontáneo -juro que no malintencionado-: “Bueno, no dije nada porque no pensé que os hubiera interesado lo más mínimo ese episodio, como es de amor.” Y seguí con mi vida. Que en ese momento consistía en mascar un trozo de lechuga de cogollo de Tudela con un poco de endivia. La sonoridad del crujido verde hizo mucho más palpable el silencio sepulcral y el dolor que lo acompañaba. “Como es de amor, a vosotros ¿qué?”. “Hombre, ¿amor vosotros? ¡ja! Qué oxímoron.” “Iba de quererse y vosotros sois zombis con corazón de hielo, papa.” Algo así oyeron ellos.

Esto abrió una pequeña brecha en mi relación con mis compañeros de piso, muy parecida a la que se da en un noviazgo cuando tu pareja por primera vez se come el último bocado de tu plato una de esas noches que llegas rendida del curro y te dice a la vez que se lo mete en la boca, casi ya masticando: “¿Puero probar?” y tú dices: “Hombre, vida…” Y en off piensas: “Así se te atasque en la epiglotis, egoísta majadero del infierno.” Y durante seis minutos piensas que es una persona horrible y que estás sola en el mundo y nadie te quiere de verdad. (Esto puede parecer que sólo lo pienso yo porque estoy como una maza, pero nos pasa a todos a diario y va siendo hora de que nos aceptemos como engendros iracundos calladitos que somos, guapos.)

El caso es que hoy hemos hecho las paces viendo Destino oculto padre y yo. Destino oculto es una película de 2011 con título de thriller de acción, con intérpretes propios de trama de espionaje político y fotografía de cine comercial de suspense para adultos de mediana edad. Pero luego es una comedia romántica ñoña y enrevesada con pasajes que elevarían el rubor de las mejillas de todo un patio de butacas aunque estuviera exclusivamente formado por personajes de Tim Burton.

Mi padre estaba especialmente inspirado y analizaba incluso el lenguaje corporal del personaje de Matt Damon: “Se supone que está enamorado; si estuviera enamorado no se despediría y le daría la espalda a la chica así. Al menos los primeros pasos seguiría mirándola y andaría hacia atrás.” Fascinación. “Y tampoco se comería un bollo. Vamos, hace tres años que la está buscando, la encuentra y se pone a hablar con ella con un bollo de leche mascado a dos carrillos. ¿Qué pretende?”. Yo pensaba que intentaba parecer seguro y desenfadado, pero la indignación de padre no invitaba a intervenir. En un punto hacia la mitad del segundo acto se descubre que el protagonista está sujeto a un plan divino, controlado permanentemente por ángeles con vestuario de Mad men que vigilan que no se desvíe de la ruta marcada. Emily Blunt, la bailarina de la que se enamora a primera vista en un váter público (esto es así, no lo he inventado yo) es un obstáculo para que pueda desarrollar la vida que se espera de él. Pero, claro, Matt es súper terco y americanorro, y hay un momento en el que para que deje de tocar las narices le dicen: “Oye, mira, si sigues detrás de esta, tu carrera de político enrollado y noblote se va a ir a la mierda y además vamos a hacer que ella se tuerza un tobillo y en vez de convertirse en la nueva Isadora Duncan va a dar clases de gimnasia rítmica a parvulitos en un colegio concertado. Para siempre.” Así que él se lo repiensa y la abandona. Pero no por temor a ver frustrada su ambición de convertirse en senador, si no porque se agobia infinito pensando en ella rodeada, para los restos, de niños pequeños en mallas, que es como muy siniestro. Porque ahora resulta que el amor es un sentimiento altruista, ¡jajaja!

Llegamos al desenlace. Han pasado años y ella se va a casar con un coreógrafo reputado. Él ya tiene totalmente por la mano lo del politiqueo y te monta un mitin con los ojos cerrados y comiéndose un bocata. Así que decide -porque no es PARA NADA selfish-, que va a impedir el enlace nupcial porque se aburre. Tócate las narices. En este punto de la proyección padre y yo ya hemos desconectado bastante y hablamos sólo sobre banalidades estéticas. “La verdad es que esta chica es tan fría que no le saldría la ternura ni aunque la pongas toda la tarde a mirar una cesta de gatitos.” “Bueno, pero está mejor que él, papa, que parece un simio alvino.” Y, he aquí que aparece al fin el prometido de Emily Blunt, el secundario despreciado, el otro, aquel para el cual por lo visto no hay ni plan maestro, ni ángel que vele por su satisfactorio discurrir. El paria, el abandonable, el segunda división. Padre: “Uff, ¿y este pobre? si parece que le han sacado del anodimato.”

He estado quince minutos riéndome con el concepto “anodimato” y luego he venido aquí y me he sentado a inmortalizar este instante de mi vida en que me siento plena de júbilo y no me he tomado ni un vino. Ahora sé que mi padre no ve cine romántico porque le saca tanto jugo que debe acabar exhausto de cinismo.

Sea como sea, no he podido evitar buscar al actor que ha inspirado este brillante concepto que quizás sólo me divierta a mí y muera para siempre con este post. Un homenaje a todos los personajes plantados por los protagonistas de las comedias románticas de la historia. ¡Larga vida, una foto y una etiqueta en un blog de una tía española desconocida, Shane McRae! Charmless man.