De aquellos polvos vinieron estos lodos

Hace un mes que estoy yendo a un gimnasio en el que puedes ver Ilustres Ignorantes por youtube mientras caminas con una inclinación del 8% a 6’7km/hora. Si te ríes a la vez que subes una cuesta la quema de calorías y la eficiencia de la tonificación se multiplican varias veces por sí mismas. Los programas en los que aparece Julián López han conseguido elevarme el culo algo así como medio milímetro. Bendito sea.

Pero el humano es un ser muy voluble, como dijo Shakespeare -a través de Benedicto y de Kenneth Brannagh- y como digo yo ahora en este instante y como se nos podrá leer mil veces a ambos, por siempre, en un eco neuronal at eternum. Así es que este pasado fin de semana ya no me apetecía más ilustres ignorantes. Son buenos, ¿eh?, pero si ves varios programas seguidos, casi a diario, durante tres semanas consecutivas al final sólo oyes: “Sumerios, ¿nos pagan por esto?, Philip Seymour Hoffman, ¡eyaculé!”. (Supongo que esto explica la sabia decisión de una grabación quincenal.)

Me acordé de que en la prehistoria -cuando internet no se había erigido aún como ese agujero negro que absorbe nuestro tiempo, energía y pasión con actividades tales como leer noticias fake, buscar memes posthumorísticos o intercambiar imágenes de gente desconocida con efectos ópticos de arco iris saliéndoles del culo-, teníamos la televisión. Y más concretamente, canales pandereteros americanos completamente amarillistas, con presentadores horteras, que contenían biografías de estrellas de cine que ahondaban en anécdotas bochornosas y se revolcaban dolorosamente en los periodos de sobrepeso de cada protagonista. Por ejemplo, si veías un Historias de Hollywood de Liz Taylor de cuarenta y cinco minutos, quince de ellos hablaban sobre los pedos que se pillaba con Richard Burton y otros diez de la vez que se puso como una pompa por la ansiedad que tenía estando casada con el político casposo aquel. Los veinte minutos restantes eran más o menos igual de generales y previsibles que la biografía de una cucaracha en un anuncio de Raid: Nació, creció, se reprodujo y murió.

El sábado vi “Uma Thurman” y el domingo vi “Brad Pitt”. En el programa dedicado a ella, resultaba bastante nauseabunda la constante alusión a su buena disposición para aparecer desnuda en sus películas, celebrada siempre por señores mayores autodenominados “allegados” a la artista -gente que ahora a lo mejor no puede, legalmente, estar a menos de 200 metros de ella, pero ya es más cerca de lo que estarás tú jamás ¿eh?-. En el de Pitt se comentaba que para el papel de Thelma y Louise se había requerido un casting de mejores culos masculinos de la década de los noventa antes de escoger al actor portador de los glúteos. Ambos reportajes ofrecían una experiencia muy semejante a la de ver un vídeo promocional de Plataforma Cárnica pero con purpurina y lentejuelas around.

Hacia la mitad de sendos documentales había una pausa retórica para hacernos reflexionar acerca de la humanidad y dignidad de los sujetos, que cortaba en dos la pieza diciendo: “Aún ansiaba ser valorado por algo más que por su cara bonita…” Todo perfectamente ilustrado con la visión de la parte baja de la espalda al desnudo de Brad y de Uma en Leyendas de pasión y Las amistades peligrosas, respectivamente. Un encantador festival de ambivalencia.

A continuación se reseñaban El club de la lucha y Kill Bill como los hitos culminantes de las carreras de estos dos buenorros que son mucho más que sus bellos rostros; son también sus culos, al parecer. Pero salvo este nexo introductorio, los dos reportajes tenían como hilo conductor del grueso de la narración el recuento de los romances mantenidos a lo largo de la vida de cada uno. Entiendo que se trata de prensa rosa elaborando las memorias de celebridades e inevitablemente van a poner el foco en sus devaneos, como llevan haciendo desde que existen como concepto, ¿pero acaso es preciso ser tan zafio y tan obvio?

De repente Uma Thurman no era Mia Wallace con la jeringuilla de adrenalina clavada en el pecho, ni June practicando el amor libre con Annaïs Nin, ni la tía más chula, con el chandal más amarillo, la katana más afilada y la mejor y más eficiente recuperación tras un coma de cuatro años. No. Era la tía que salió con John Cusack, con Robert De Niro, con Timothy Hutton, que se casó con Gary Oldman, que se volvió a casar con Ethan Hawke, que a lo mejor hizo manitas con Tarantino, que luego estaba sola pero estaba bien -durante quince segundos- que se requetecomprometió con un millonario europeo guaperas bajito de estos que salen de la nada y que otra vez se separó.

Y Benjamin Button, Jesse JamesLouis de Pointe, ¡Tyler Durden! (hombrepordios) no es más que el golferas ese que anduvo por ahí yaciendo con Juliette Lewis, Gwyneth Paltrow, Jennifer Aniston y Angelinísima.

Los coitos no nos dejan ver el campo, amigos. Todo ese sindios de affaires desvirtúa la descripción del individuo. A nadie le amarga un morbito amoroso, un cotilleo de cama para aderezar, claro, yo soy la primera en preguntar por idilios, ya lo sabéis, pero reducir toda la vida de una persona a su faceta sentimental es tan empequeñecedor como lo sería resumir el panegírico de un entierro con el relato de un cumpleaños o poniendo una canción de los Beach boys y diciendo: “Fue una persona muy alegre.”

Propongo pues desde aquí una idea millonaria para futuribles documentales biográficos. Atención. Grabar a gente famosa leyendo pasajes de sus libros favoritos en distintos momentos de sus vidas. Les grabas mientras leen en silencio, concentrados. Completamente entregados al imaginario ajeno. Y luego, cuando están muertos o retirados, se edita todo seguido y se pasa un subtitulo con el texto exacto de cada ocasión. Así tú miras la expresión de sus caras mientras digieren las emociones de la novela que sea. De este modo podrías leer la parte en la que Raskólnikov se carga a la vieja justo al mismo tiempo que George Clooney, pero en diferido, y experimentar un milagroso instante de comunión con tu ídolo que traspasaría lo místico. Creo que sería el modo más justo de hablar de la esencia de la persona a la que se rinde tributo: mostrar su ceño mientras siente.

Esta idea, ríete, lo puede petar muy duro en el futuro inmediato insoportablemente snob que nos espera a la vuelta de la esquina. Yo aquí lo dejo, por si tengo que recurrir a este inception que os hago y demandar a alguien que ahora mismo se encuentre a más de cinco grados de separación de mi yo actual. Vivimos en el mundo más-lleno-de-posibilidades-excéntricas posible, ¿no os parece?

 

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Nos saludamos agitando la mano en el aire, a lo lejos.

Própolis es nombre de personaje de tragedia griega y sabe a iglesia cristiana. Creo que si tuvieras que comer un tazón de cereales en un cuenco de piedra habitual recipiente de agua bendita, te sabría a própolis. Digo eso, nada más. Me he tenido que comer dos caramelos de própolis con miel y limón y textura de gominola poderosa hace un momento, porque los hados decidieron no dejarme hablar del amor. Estaba intentando recordar Hang the dj, y me ha entrado la tos nerviosa dramática. Que además de no dejar hablar tampoco deja escribir porque los dedos se mueven junto con el resto del cuerpo, espasmódicamente. Probad a teclear cuando os entre la tos, sentiros ridículos y por extensión, humanos. Lo que quiero decir es que esta sensación bucal devota no me permitirá redactar esto que me corroe por dentro, desde la honestidad que me caracteriza.

Cuando digo Hang the dj me refiero al capítulo de Black Mirror sobre las parejas concertadas en citas obligatorias a través de un sistema informático que calcula previamente índices de compatibilidad en varias facetas y que proporciona asimismo y de antemano una caducidad a los encuentros. Era divertidísimo de ver. Como si hubieran hecho una versión futurista de mi vida.

Esto me llevó a pensar en las relaciones triviales que he mantenido a lo largo de la juventud (que aún colea, pero ralentizadamente). Y también en las duraderas y trascendentes. Y, afinando un poco más, en los análogos orígenes de ambos tipos. Después le he dado unas cuantas vueltas mientras masticaba. Ahora mastico muchísimas veces cada bocado de alimento para eternizar las comidas, de tal manera que mi cerebro es engañado creyendo que como mayor cantidad (ya ves qué idiota, mi cerebro), me sacio antes y, por ende, acabo comiendo mucho menos. Creo que a la larga todo lo que pierda de culo se me pondrá en el mentón hipertrofiado que voy a adquirir por culpa de visitar y creer loquesea de foros como “enfemenino”.

La mágica y chispeante conclusión a la que he llegado en mi mismidad es que absolutamente todo lo que pasa en una relación romántica está principalmente condicionado por la forma en que los dos individuos implicados se saludan entre sí en el primer encuentro que se produce -acordado o no- tras haber mantenido relaciones físicas la vez inmediatamente anterior. Digamos que es el pistoletazo de salida que define la clase de vínculo que se tendrá. La palmadita del médico en el culo del bebé para que escupa lo que haga falta y comience la función.

Para mí este trance siempre ha sido delicado y controvertido. Y no estoy hablando sólo de ver a alguien después de haberte acostado con él y practicado el coito. Incluyo cualquier tipo de contacto físico sexual; como quedarte a ver películas de Kiarostami en casa de un colega hasta el amanecer (como hace cada día más y más gente) y que acabéis dándoos un besoteo con tocamientos en el sofá, casi por inercia.

¿Después qué? ¿Eh? ¿Qué? Toda esa intimidad comprimida en unas horas tórridas, pasándoos las manos por el cuerpo del otro como si estuvierais haciendo una exploración médica en busca de tumores. Comerte la boca de la otra persona, respirar su aliento, atragantarte con algún pelito ajeno. ¡En fin! Toda esa odisea pegajosa y maravillosa que es embadurnarse de otro ser humano parece ocurrir en otro plano de realidad completamente desgobernado en el que no se contempla el tiempo ni las consecuencias. Es un accidente. Siempre es un accidente. Y un trauma. Y la otra persona ya nunca será como era antes de que le metieras la mano por debajo de la camiseta y la lengua dentro de la boca.

Si la siguiente vez que vuelves a ver a alguien con quien has tenido sexo os saludáis dandoos un beso en la boca, habéis perdido a un amigo. Lo siento. La relación está condenada a funcionar en el plano romántico y, por tanto, a que os convirtáis en antagonistas o a que os evitéis hasta el lacerante dolor unilateral en el futuro inmediato o a que tengáis un noviazgo obligado por el pudor que os produce a ambos el herir al otro diciéndole que en realidad tampoco os gusta tanto o, en la versión más piruleta de la vida: a que os améis por siempre jamás o, no sé, cinco o seis años, y habléis de la conexión extrasensorial y sacra que os hace mucho más guays que cualquier otro dúo de seres vivos del planeta.

Por supuesto no hay reglas para esto, aunque creo que estoy más que preparada para escribir artículos de consultorio sentimental en donde sea. Pero lo de los besos es así. ¿Hay algo más agresivo que besar a alguien en cuyo cuerpo dejaste huellas de fluidos varios, la vez anterior, en esa otra realidad cuántica? ¿Se puede ser más invasivo? Y, lo que no es menos importante y digno de tener en cuenta: ¿Hay algo más frío que no besar a alguien en cuyo cuerpo dejaste huellas de fluidos varios, la vez anterior, en esa otra realidad cuántica? ¿Se puede ser más impasible?

Es una encrucijada imposible donde nunca se puede ganar. Quería hacer un análisis del probable devenir de cada tipo de saludo postcoital o postbesil o postmasturbación y no he podido, de alguna manera me he perdido en la ambivalencia y el agujero infinito de la incertidumbre. Remito pues al título del artículo. Todos quedaremos siempre a salvo en la polivalente interpretación de afecto e intenciones que tiene un saludo agitando la mano en el aire. A lo lejos.