Las locas de internet (Episodio I)

Yo tenía veinticinco años y me gustaba Lucio Battisti. Era otra vida. Leía regularmente las actualizaciones del blog de un tipo muy gracioso que se quejaba sin parar de lo feo que era y de lo terriblemente patética que resultaba su existencia. Tenía muchísima gracia para alguien como yo, permanentemente enamoriscada de personajes como Bocazas de los Goonies, el malote chisposo interpretado por Judd Nelson en El club de los cinco o Lucas, el pobre Lucas, en Lucas. Fantaseaba yo a diario entonces con aquel paria social orgulloso de, siempre a mi juicio, deslumbrante rapidez mental y sugerentísimo pensamiento divergente bien expuesto. Me parecía que era el tipo más atractivo sobre la faz de la tierra. Tanto es así que, por aquel entonces, no sucumbí a los encantos de uno de mis compañeros de piso; un romano de Erasmus en Barcelona con cara de gondolero de anuncio de desodorante que se paseaba por la casa recitando la Divina Comedia y cuyas feromonas bullían como arma de destrucción masiva provocadas y multiplicadas por mi absoluto desinterés en su persona física.

Una amiga, profundamente inmersa en el conocimiento de lo que viene siendo la “mandanga Terrat” me informó de que este muchacho, este outsider adefésico de mi coraçao, era en realidad un chico de mi edad que trabajaba de guionista en Buenafuente y que además salía en vídeos publicados en youtube y no era la clase de aborto estético que prometía ser. Este guantazo de realidad rebajó sustancialmente mi entusiasmo. Al final, el tipo no escribía desde la inquina del fracaso, era todo una insultante pantomima. Por supuesto no se trataba de Brad Pitt, ni de Edward Norton siquiera, pero tampoco parecía la clase de persona a la que le entra la risa nerviosa al desnudarse. Y su posición social, situada bastante por encima de la mía en aquella época decadente de Nou Barris, callcenters y compañero de piso secundario persa loco, me intimidaba y al mismo tiempo me hacía despreciarle por lo fraudulento de su alter ego. Como si en algún momento me hubiese engañado para hacerme creer que él era un mindundi con un corazón de oro y un sentido del humor arrebatador, cuando en realidad era un tío normal que se había leído Como orquestar una comedia y la había asimilado muy bien.

En cualquier caso ya existía Facebook en aquella aciaga época. Nos hicimos amigos virtuales. Una noche estuvimos hablando de las páginas de fans de Palomino y de por qué se había extendido el bulo de que a los hombres les gustaba que les metieran los dedos en el culo durante el coito. En fin, lo normal entre gente de veintitantos en aquella época. Probablemente hubiese cientos de millones de personas hablando de exactamente lo mismo en aquel preciso instante.

Como es lógico recuperé el enamoramiento esperpéntico con más fuerza aún. No volvimos a coincidir jamás por el chat. Pero esa única y aislada conversación infantil fue el elixir de la eterna atracción unilateral. Menos es más, de tota la vida. La vacuidad de mi existencia, la frustración profesional y el exceso de tiempo libre cuando entré a trabajar en la cantina mexicana de Gracia, me hicieron caer lenta y ásperamente en el agridulce terreno de la obsesión psicopática, repulsiva, balbuceante y absolutamente despreciable. Así es que, claro está, llegados a este punto edité un vídeo con la canción Un’avventura de Lucio Battisti de fondo y un montón de fotitos ilustrativas (con Benigni y tipos así) y cartelitos diciendo algo tan pueril y vergonzante como que de toda la gente con la que imaginaba tomándome un café, él era mi candidato ideal. Y se lo pedía literalmente: “¿te quieres tomar un café conmigo?” en blanco sobre negro al final del vídeo. Lo publiqué en mi blog y lo extendí por doquier. Quizás sea la cosa más humillante que he hecho en todos los días de mi vida. No creo, de hecho, haber sido jamás tan poco consciente de mí misma -y yo he mezclado Jagger con red bull muchísimas veces-. Aún explicándolo ahora, casi diez años después, siento como si hubiera estrangulado a un gatito y estuviese confesándolo en un auditorio gigantesco llenito de gente tipo mi profesor de literatura del instituto, mi padre, mi amiga Raquel y, en general, todas las personas a las que respeto fuertemente y me horroriza pensar en decepcionar.

El fake paria vio aquel documento del averno y no tardó en reaccionar escribiendo una entrada en su blog al día siguiente con un apartado titulado “Las locas de internet”. Recuerdo la vergüenza y el horror y haber pensado: “¿Pero esto no debería haberme pasado ya en la adolescencia, joder?”. “Por suerte a tus 14 no había internet, so mema”, me respondía entre sollozos. Se lo conté al italiano gondolero, que juró matarle, y vivimos uno de esos momentos de romanticismo chonil a lo Federico Moccia la mar de entrañable.

Así me convertí durante una primavera en el foco del cachondeíto cruel y presumiblemente brillante de la redacción de Buenafuente.

Luego el tiempo pasó y fui superando el shock. Eclipsado por otros eventos aún más traumáticos como la depilación laser en la vulva o aquella vez que tuve que recoger la imponente montaña de caca del perro cuando tuvo diarrea en medio del paseo de Poblenou y al hacerlo me manché un poco la manga y tuve que ir de esta guisa mierdil un rato, corriendo hasta mi casa buscando una papelera de camino, con las bolsas de heces deshechas en la mano, rezando para que el pobre Scout no volviese a tener un apretón fulminante.

La dignidad, ese concepto escurridizo.

A día de hoy, a 800 kilómetros y una década de distancia todo esto me sigue avergonzando, como digo, pero soy capaz de usarlo como reflexión. Porque no hace muchas horas me he dado cuenta, oh bendita ironía, de lo siguiente: ¡el que lo tuvo que pasar fatal fue él! Yo no era la víctima del rechazo, no era la pobre chica maja pero hortera y obsesiva que se merecía una oportunidad. Era ese ser abyecto con un pelo muy guay, la verdad, pero que es invasiva, maníaca e irrespetuosa. Yo acosé a ese chico. Le presioné con trucos terriblemente poco elegantes a que tuviera que aceptar mi propuesta, después de haberle agregado a mi Facebook sin conocerle en absoluto -cosa que ya no hago con nadie, para nada (risas)-. Y encima me situé por encima de él, ofreciéndole el regalo de mi compañía, insinuando claramente una superioridad. Y él, lógicamente, se debió sentir amenazado por mi falta de cordura y temió claramente por su integridad física. Aparte de que yo no le gustase un carajo, quiero decir. Me quise meter en su vida por imposición, sin saber nada auténtico de él y creyéndome en el permanentemente derecho de hacerlo. Y, no contenta con todo este conglomerado de despropósitos, además después, me convencí de que la damnificada era yo y me quejé de su falta de buen gusto al no aceptarme y rechazarme públicamente (igual que yo me declaré también públicamente). Hoy, después de haber sufrido el profundo asco y resquemor de los 287 tíos* que han hecho conmigo lo que yo te hice a ti, te pido perdón. Lo siento mucho, Joffrey.*

*Nota: A ver, de alguna manera, no en plan “tengo 287 vídeos de tíos diciéndome que les gusto”. Que nos ponemos muy finos con todo esto de la precisión.

*Nota: O sea, claro que no se llamaba Joffrey, pero imagina que pongo ahora su nombre real. Como un homenaje de décimo aniversario impreciso hacia mi momento de stalker. ¡En fin!

 

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Del dolor y la cara lavada

Sólo unos días después de haber escrito eso de que todotequieroesunaerrata, aseveración que ahora se presenta reverenciada ante mí como la mayor patochada que he producido en mi vida adulta, caí muy enfermita de lo que viene siendo el corazón, en sentido figurado. (Y que lo ñoño no pare, no-pare-no, ¡lo ñoño no pare!).

Así que dejé de escribir. Del todo. Se me evaporaron las ganas de opinar en voz alta suspendiendo en el aire un insoportable tufillo a mendacidad. Dejé, también, que los bombones se vendieran solos y me presenté ante mi médico de cabecera -una especie de Colin Firth pelirrojo que no llega a ser Raúl Cimas- explicándole a ritmo de temblor de barbilla que: “Estoy muy triste. Mucho. Todo el rato. Y ya ni siquiera puedo hacer un chiste con ello. Yo, ¡que fui la mujer más feliz de Facebook! pensando en la muerte cada hora en punto; figúrese”. Colin, junto con el paquete de kleenex, me extendió una receta de píldoras para dormir y un parte de baja médica. Me pregunté qué punto de mi discurso daba lugar a tan magna malinterpretación. Yo no quería dormir; quería reír. Supuse que quizás el Orfidal te hacía partirte el culo en sueños. Tal vez era un comienzo; el darcerapulircera de la psiquiatría.

Me encomendé a los designios de la psicología clínica y el grueso de mis amigos físicos fueron sustituidos por dos principios fundamentales para la felicidad simulada: ansiolítico y prozac. Así entendí de golpe My body’s a zombie for you y me convencí un tiempo de que Ryan Gosling también podía haber sido víctima de trastorno adaptativo en algún punto de su existencia de tío bueno con “cara de vela derretida por los lados” (María Ramírez dixit).

La mutua de mi trabajo me perseguía tratando de verificar mi tristeza. De auditar mi desdicha. De analizar la profundidad de mi pena. De quitarme los ochocientos euros que subvencionaban la rutinaria charada en la que se había convertido mi vida. Y después de dieciocho años usando eye liner, de diseñar unos rasgos nuevos sobre los míos a partir de base de maquillaje de tono bronceado sutil, colorete, carmín y rimmel, un día me lavé la cara y la mostré al mundo por primera vez desde la adolescencia. Parecía más joven. Parecía más cansada.

La lección 1 del fascículo primero de “Cómo demostrar que se padece una enfermedad psicológica a partir de una estética que proyecte un estado anímico deplorable” dice claramente: “¿Dónde te crees que vas con esos labios rojos, furcia?”. Así que regresé a la ausencia de adorno de golpe y mi facha de pronto era tan minimalista y sobria, tan pa ná, como el diseño de la casa de Steve Martin.

Un mes después dejé las redes sociales, pertinentemente antes de mi cumpleaños. Batí mi récord personal por defecto de felicitaciones. No tener facebook, ni twitter, ni instagram, ni cristo que lo fundó  -unido al abandono de máscara cosmética-, me hicieron sentir poderosa durante por lo menos dos días. Un subidón nada desdeñable cuando has llegado a un punto de rictus Buster Keaton. Después ya comprendí que estar fuera de Facebook sólo era cool si conseguías que la gente pensase en ello. Y nadie piensa cuando está buscando likes. Es la paradoja de la modernez y el prestigio social de nuestra era.

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Tras varios meses de labilidad emocional me tocó volver al purgatorio aeroportuario por imposición de un organismo maligno, parecido a la inquisición, pero con batas blancas. Y fue tan terrible para mí como cuando la morena buenorra de Orange is the new black tiene que regresar a la cárcel tras haber conseguido salir previamente en libertad condicional. Igual pero sin  la novia pija traidora ni los tatuajes molones de rosetón espinado.

Escribí una carta a mi jefe, el señor Scrooge, explicando con todo lujo tedioso de detalles las penosas condiciones de mi puesto de empleo: haciendo hincapié en la humillación de comer escondida detrás del mostrador y no poder ir al cuarto de baño libremente. Desarrollaría más el tema, pero hacerlo en este país puede ser denunciable. Ya ves qué risis. En cualquier caso, este momento Norma Rae precipitó mi consecución de la libertad para elegir.

Y elegí volver a casa. Elegí cabeza de ratón y un televisor grandequetecagas, el de mis padres. Y tras nueve años evitando los programas concurso la tercera persona a la que vi en esta ciudad fue a Juanra Bonet:

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Que, por cierto, es de Barcelona. Hay que joderse, ¿no?