Guardar el amor dentro de una bacteria

Hace un par de semanas se me rompió el corazón en varios cientos de miles de pedazos minúsculos y sangrantes. Mi ordenador iba a la misma velocidad que el ritmo de una película de Tarkovski. Un día estaba cagándome figuradamente en el niño de la enfermedad de las encías de Stranger Things -disfrazado de cazafantasmas- y súbitamente hizo “plof”. Mi ordenador, claro, el niño se limitó a chascar la lengua. Al cabo de veinticuatro horas de estupor y terror, intentando encender de nuevo el pc sin éxito, decidí “refrescarlo”. Reinicié el aparato en el modo “ASSIST” y le di a esa sugerente y juvenil opción: “Refreshing”. Casi podía notar un sensual y sinuoso latido en las letras. El proceso duró varias horas. Mis nociones de informática son lo suficientemente cristianas como para asociar la espera al sacrificio y a una correspondiente recompensa exitosa. Y, en cierto modo, así fue. Mi VAIO turco resucitó ágil, luminoso y lleno. Lleno de ganas de vivir pero vacío de todo lo demás. Los últimos dos años y medio de mi vida vertidos en la nada, separándose para siempre de esa masa absurda llamada tsunami de datos, que algún día nos devorará, nos digerirá y nos defecará en el gigantesco agujero negro que será el apocalípsis.

Éste verano, cuando aún era poseedora de mi memoria reciente y no era consciente de mi fortuna, leí en el periódico que unos tipos de Hardward habían logrado insertar un GIF animado en el ADN de una bacteria. Concretamente en una Escherichia coli y la imagen era la de un jinete sobre un caballo que trota un poquito. Ya ves qué bien. En aquel momento no tuve una opinión formada sobre este asunto. Supongo que como la mayor parte de las cosas de la vida, me resultó ridículo, nada más. Hoy, esta tarde, he encontrado mi disco duro extraíble Toshiba. Había puesto en él todas mis esperanzas de poder recuperar ese 6% de mi existencia hasta la fecha. Todos esos vídeos de bebés, fotos que hice de cuando logré mover la cama del dormitorio al salón y estaba segura de que nadie me creería si no lo documentaba gráficamente, retratos míos con una peluca azul. En definitiva, la clase de material inmortalizado de la realidad que mereció la pena ser vivida. No había nada de eso.

Toshiba sólo comprende mi memoria infantil, parte de la primera juventud, Barcelona y unos 300GB de Estambul not Constantinopla. Pero lo que pasó desde 2015 para acá es polvo enamorado. Y en el polvo hay piel muerta, ácaros y, seguro, que alguna bacteria. Mi pena es tan insondable que en un momento de crisis emocional extrema aunque fugaz he pensado que sería capaz de insuflarme el cólera si así puedo ver de nuevo un GIF de mi felicidad mirando una chimenea en una casa de piedra de algún pueblo de la Catalunya profunda. Todo eso que pasó en dos años y medio ya sólo quedará guardado en mi memoria real y, por tanto, cobrará en cuestión de poco tiempo un valor sentimental muy superior a cualquier otra época de la vida que kodak, fotolog, facebook o instagram hayan conseguido grabar y reproducir cuando quieras y con la nitidez de lo que sucedió hace un instante. Mi cerebro es una cpu engañosa y llena de errores que reedita constantemente los archivos y cuya resolución está más empañada que unos ojos cataráticos. 

Es por ello que dedico este post obscenamente personal y parco a decir adiós a esa fracción de mi vida en la que leí, lloré y reí tanto. Esa fracción que ha desaparecido sin morir ni avisar antes. Que se ha esfumado. Que me ha hecho entender The leftovers.

 

 

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DE NO PODER SOBREVIVIR AL ORGASMO

Hay un actor italiano tan guapo que me duele. Noto una sensación de auténtico embarazo cuando veo sus películas. Todo el rato tengo la incómoda certeza de que mi aspecto no es digno de plantarse frente a la pantalla para visionar su, en cambio, arrebatadora y atosigante perfección. A veces agarro un cojín y oculto media cara con él para poder mirarle con algo de tranquilidad –y también para taparme la boca por si emito algún sonido gutural de euforia-. Creo que si expusiera toda la jeta, él podría lanzar un vistazo al objetivo en cualquier momento y arrugar la boquita esa -digna de que se funde en su honor una religión- con desprecio y repugnancia y esputar un: “Ma cosa fai? Chi é? Andare là fuori, schifosa!”. Se llama Raoul Bova. Vaya nombre, ¿no? Jamás he visto una película en la que apareciese él por otra razón que no fuese que aparecía él. La mayoría son un bendito excremento de caballo. Me importa un huevo. Evitar ver algo en lo que salga Raoul Bova cuando me lo pide el íntimo furor es tan frustrante, doloroso y desasosegante como empezar una dieta hipocalórica en Nochebuena.

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