De los pómulos de Marlene. Los sobrios años 30

Si algo caracterizó a la época posterior al crac del 29 fue la austeridad y la discreción. Toda la estridencia, ruido y fuegos de artificio que justo antes habían sido la tónica general y deseable eran ahora rechazados en pro de la elegancia y el saber estar. Una cierta madurez y templanza reinaban en la imagen de las divas.

Los flequillos tupidos y las melenitas que ocultaban hábilmente cortes de cara demasiado cuadrados, de sienes excesivamente amplias, daban paso a unas melenas que despejaban el rostro peinándose hacia atrás, liberando la frente y la línea completa del óvalo. Las rubias platino se apoderaron de la gran pantalla e independientemente de que fuesen cómicas, como Carole Lombard o eminentemente dramáticas como Marlene Dietrich, todas solían ondular el cabello dorado y coronarlo en un ligero tupé que prolongaba la longitud de la cara. Las cejas eran finas y de arco ascendente, haciendo una mirada más despierta, que daba mayor hondura a la par que dureza e inteligencia a los ojos. Se preferían unos rasgos más afilados y un rostro más alargado y anguloso.

Carole Lombard fumando en batín y mirando con condescendencia; que era ella muy de hacerlo.

En general las formas se hicieron más esbeltas. Todos los malos hábitos de la época predecesora fueron sustituidos por más ejercicio y cuidado por la figura corporal. Ya no estaban de moda aquellos vestidos rectos que ocultaban las formas y ninguneaban la cintura. Greta Garbo tuvo que perder hasta quince kilos para poder ser exportada a América desde su Suecia natal, donde ya se había ganado el reconocimiento a pesar de su cuerpo grande y robusto y su estilo aún un tanto embrutecido. De hecho, su dentadura, bastante estropeada y oscurecida por manchas debidas a la ingesta de medicamentos, tuvo que ser completamente sustituida por una nueva, más simétrica y blanca que además re-dibujaba sus labios haciendo una boca más grande. Pero si alguien tuvo que deshacerse drásticamente de buena parte de su dentadura original, esa fue Marlene Dietrich. Aunque el fin no tenía como objetivo lucir una sonrisa bella y nacarada si no destacar otro rasgo que era un must de su época y que de hecho resultó ser su característica más definitoria: los pómulos. La Dietrich se extrajo varias muelas para conseguir que la parte inferior de las mejillas se hundiera marcando así los huesos malares y dándole una fuerte exuberancia femenina al rostro. Asimismo, con el fin de afilar la estructura general de la cara, Marlene se colocaba bajo el pelo y a la altura de las sienes esparadrapo para estirar la piel. Un método bastante arcaico pero muy barato y altamente efectivo de manera inmediata. Lo malo es que a la larga ocasionaba alopecia en la zona y potenciaba la flacidez de la piel sometida a tensiones.

Si Marlene Dietrich hubiese sido una mujer de nuestro tiempo, podría haberse evitado intervenciones tan dolorosas y nocivas. Para marcar los pómulos y estilizar el rostro, una operación ambulatoria de centro de medicina estética, que se realiza constantemente y por un precio muy asequible, es la bichectomía o extracción de las bolsas de Bichat. Estas bolsas son pequeños saquitos donde se deposita grasa y que tenemos situados en las mejillas, justo debajo de los pómulos. Con un ligero corte interno pueden ser extirpados de modo que nunca se vuelven a llenar de nuevo de grasa. La recuperación es rápida y los resultados muy palpables. Y en lugar de un vulgar esparadrapo para salir del paso, Marlene podría haber optado por densificar su rostro con hilos de polidioxanona – material reabsorbible por el organismo y biodegradable- que se disponen en forma de malla debajo de la piel sosteniéndola mientras otros del mismo material pero espiculados – con una especie de espinas que se anclan en la dermis – se colocan en disposición vectorial tensando, reposicionando tejido y consiguiendo el efecto deseado de lozanía y luminosidad facial; dibujando además el óvalo natural de la cara. Todos, efectos que la actriz tenía que falsear ayudada de una fotografía e iluminación específicas que ocultase sus defectos y subrayasen sus ángulos casi geométricos – cortesía de Lee Garmes -.

Marlene Dietrich desafiando a la proyección de la luz como si fuese un de esbirro de Satán.

              Aunque muy distinta de sus contemporáneas, no se puede hablar de las bellezas de los años treinta en EE.UU. sin mencionar a Jean Harlow. Fue la primera blonde bombshell, significativamente más voluptuosa que sus colegas, su carrera apenas duró una década, pues murió de escarlatina con tan solo 26 años, pero fue tiempo suficiente para convertirse en el modelo de referencia para otra actriz posterior que posiblemente sea la más famosa y representativa de todo el siglo XX: Marilyn Monroe. No se conoce ninguna operación estética de Jean Harlow; su único truco de belleza fue la juventud eterna y su rasgo más característico, la exuberancia. Se paseaba por la gran pantalla con trajes de noche con lentejuelas cegadoras abrigada con una estola de visón blanco muy esponjosa que solía dejar caer con picardía para descubrir una espalda completamente desnuda. Jean Harlow era escandalosa en sus maneras y lejos de ser el mero estereotipo de rubia tonta, de sex symbol automático que sirve como consorte o recompensa del galán o héroe masculino de turno, ella era rápida e inteligente, usaba sus atributos femeninos para su provecho y, en ocasiones, para mofarse de ellos. O, al menos, ese fue el corte de los personajes de sus películas, su obra y el carácter que trascendió de ella. Una especie de Mae West guapa.

Jean Harlow agarrándose una teta, porque la sensación es muy reconfortante.

              Si Marlene Dietrich era la elegancia y la ambigüedad sexual, la primera en ponerse un esmoquin de hombre o de realizar un striptease disfrazada de gorila“La venus rubia” (1932)- y Jean Harlow la sex symbol pionera y la primera en vivir rápido y dejar un hermoso cadáver, Greta Garbo fue la creadora de lo enigmático. Su manera de moverse, de hablar, de dejar caer los párpados y de hacer mutis por el foro, la convirtieron en una de las mujeres más deseadas y admiradas de la historia. Durante mucho tiempo se dijo de ella que poseía un rostro perfecto; algo que hoy por hoy nos resultaría altamente discutible. Lo interesante de esta actriz mítica, en relación con el tema que nos ocupa, es su poder de seducción a través de la sugestión. Greta Garbo resultaba más atractiva por lo que ocultaba que por lo que mostraba y era más bella por su actitud y su lenguaje corporal y gestual, tremendamente teatrales y melodramáticos, que por la supuesta perfección de sus rasgos. Era quizás el reflejo más aproximado del sentir de la mujer de la época, agotada y golpeada por la gran depresión. La Garbo siempre estaba triste y cansada, se deslizaba por los decorados de sus films como si fuese una especie de hoja recién caída de un árbol caduco; lánguida y solitaria. También Marilyn Monroe copió algo de esta otra heroína: el maquillaje de los ojos. Consistía en difuminar sombra blanca por todo el párpado, desde la zona del lagrimal hasta toda la parte de debajo de la ceja. De esta manera se agrandaba el ojo y se intensificaba la mirada al dejar caer el párpado móvil ligeramente, entrecerrando los ojos hacia la mitad, consiguiendo esa mirada perturbadora y un tanto condescendiente que tan bien casaba con el resto del rictus sereno y como saturado de escuchar sandeces. Greta Garbo no se operó la nariz, pero para afinarla se ensombrecía los laterales con polvos más oscuros. En la boca utilizaba siempre carmín de tono bastante oscuro con un perfilador muy definido para dibujar un arco de cupido marcado. Los labios eran estrechos y apenas turgentes y aunque resultaban mucho más anchos que los de aquellas, se notaba la influencia del estilismo de las actrices del cine mudo. No en vano, Greta triunfó ya antes de decir una palabra.

Greta Garbo, no te digo na y te lo digo to.

Entre la It girl y la Flapper.

Tras el fin de la primera guerra mundial y con la cada vez más normalizada incorporación de la mujer al mundo laboral y su correspondiente independencia económica, se instaura en América un espíritu lúdico de bienestar y bonanza. En Hollywood hasta 1927, con el estreno de “El cantor de jazz”, no comienzan a realizarse las talkies -películas habladas- aunque paralelamente, en la vida real, se produce la explosión de músicas y bailes de ritmos ágiles y un poco pirados que están directamente asociados a la alegría de vivir y al hedonismo urbano. En los locales de moda suena jazz o tango y la gente baila charlestón con la sonrisa perpetua: son los locos años veinte. Una especie de bacanal socialmente aceptada que refleja una jovial ingenuidad completamente ajena a la avalancha de ruina y desesperación que se avecina con el crack económico del 29.

En la gran pantalla, triunfa Clara Bow por encima de todas las demás. Su aspecto es aniñado, como si aún no hubiese pasado la pubertad. Su melena corta y acaracolada con rizos crespos oculta, como en una nebulosa, el dibujo real de su óvalo facial, que no obstante se intuye redondo como una manzana. Los ojos de la Bow son enormes y aparecen siempre enmarcados con sombras de tonos marrones, negros o violáceos en párpado superior e inferior. Este tipo de maquillaje proporciona un cierto halo de misterio que contrasta con la imagen global candorosa e inocente. Las cejas rectas con la cola descendente agudizan el tono lánguido y refuerzan las expresiones tan necesariamente teatrales del cine mudo. La tez es blanca, aterciopelada, con polvos compactos que bien podrían estar compuestos a base de talco puro. La nariz es diminuta, como un botón en medio de la cara que apenas tiene una función meramente práctica. Y la boca es muy pequeña, como un corazón dibujado dentro de la línea real de los labios.

Clara Bow con una bajada de tensión sublime.

En esta época, en la que aún no se ha extendido el uso de la cirugía plástica entre las clases pudientes y en la cual, de hecho, apenas sólo existe la rinoplastia un tanto rudimentaria y con fines más médicos que estéticos, los trucos de belleza femeninos se basan fundamentalmente en el maquillaje y la peluquería.

El concepto de “It girl” nace con la película homónima de 1927 protagonizada por la propia Clara Bow y pretende denominar a un tipo de chica que, sin ser espectacular, ni tan siquiera particularmente bella, posee un encanto, una espontaneidad y un carisma particulares que emanan de su personalidad y se reflejan en su aspecto. Tiene que ver con un estilo propio y construido por la mujer que lo porta. Hoy día siguen existiendo “it girls” y suelen ser las chicas de moda en cada etapa y que marcan la tendencia en cuanto a qué ropa ponerte, cómo peinarte, qué comer y adónde ir. Claro que actualmente trabajan al servicio de la publicidad y el capitalismo más exacerbado, siendo promocionadas por marcas y grandes oligopolios hasta el punto de que no se puede dirimir si el mercado se adapta al estilo predominante que se instaura progresivamente en la sociedad o es la sociedad la que se mimetiza con lo que el mercado dicta; perdiéndose por completo la naturalidad del encanto casual y convirtiéndose en una vil función al servicio del negocio.

En los años veinte, los medios de comunicación eran muchos menos y variados y de mucha más lenta repercusión que en la actualidad, de modo que, aunque Clara Bow fuese en un cierto grado pulida y post-producida por la industria del cine, la esencia era auténtica y sus orígenes eran humildes, cuasi miserables. Nació en la pobreza extrema del Brooklyn de principios del siglo XX, fruto de la unión entre una drogadicta esquizofrénica y un alcohólico violento. Fue una mujer hecha a sí misma a todos los niveles y hoy ha quedado recordada, por derecho propio, como un símbolo y un reflejo fidedigno de los tiempos que la encumbraron como su diosa cinematográfica. Al fin y al cabo, las flappers eran exactamente eso: mujeres que habiendo nacido en un contexto de pobreza extrema consiguieron ser independientes económicamente gracias a trabajos inevitablemente menores como secretarias, telefonistas, dependientas o incluso ascensoristas; pero que se comportaban con una libertad asociada entonces al género masculino. Las flappers estaban solteras, eran activas social y sexualmente, bailaban, bebían y fumaban sin parar.

Aquí unas Flappers bebiendo cerveza como si fuera jarabe; claramente disfrutando al máximo de vivir.

No eran aficiones muy constructivas, pero marcaban el inicio de una nueva era para la mujer, en la que ya no era obligatorio quedarse en casa haciendo las labores del hogar como consortes del cabeza de familia y en la que incluso y al fin, podían votar, al menos si eran blancas – las mujeres negras no pudieron votar en EEUU hasta 1967-. Pero, sobre todo, y en relación con el tema que nos ocupa, se gastaban dinero en su imagen.

Frente al candor y la despreocupación de la Bow se encontraba la sobria y perturbadora sensualidad de Louise Brooks, portadora de uno de los “Diez cortes de pelo que conmocionaron al mundo”. No obviemos que fue en el primer cuarto del siglo XX cuando el acto de cortarse el pelo fue adquirido por las mujeres, que hasta aquel entonces no acostumbraban a hacerlo en la búsqueda de una apariencia particular si no como mero saneamiento capilar o para vender su larga cabellera a cambio de dinero, como el personaje de Jo en la afamada “Mujercitas” (Louisa May Alcott, 1868). El denominado bob cut consistía en una melena corta y lisa, que llegaba hasta la altura del lóbulo de las orejas, con el flequillo recto tapando la frente y cuya longitud se va rebajando en la nuca en forma de uve quedando más largo en la parte delantera de los laterales del rostro.

Louise Brooks provenía de una familia muchísimo más estable y adinerada que la de Clara Bow y se notaba claramente en una actitud infinitamente más sofisticada y serena, con una clara connotación intelectual, completamente inexistente en la “it girl”. El rostro de Louise también era pálido y uniforme, incluso luminoso, en llamativo contraste con su pelo negro muy oscuro. También de ojos grandes, destacados por las sombras y por las pestañas postizas, un complemento imprescindible en el make up de aquel entonces. Pestañas kilométricas, gruesas y separadas entre sí y una buena cantidad de sombra alrededor de todo el contorno del ojo. De nuevo, labios finos y muy oscuros, boca pequeña en forma de corazón. Para conseguir el efecto de boca de piñón tanto la Brooks, como la Bow, como cualquier flapper dibujaban con el perfilador muy oscuro el contorno deseado y alrededor del mismo utilizaban maquillaje muy claro, del tono de la tez, para simular un tamaño bucal menor. Un estilo curiosamente parecido al de las geishas.

Louisse Brooks pensando fuertemente en el duro mantenimiento de su flequillo.

A finales de la década, con títulos de éxito como “La caja de Pandora” o “Diary of a lost girl”, Louise Brooks adquirió fama como una vampiresa sexual de comportamiento disoluto que en la sociedad americana cada vez más mojigata de aquellos tiempos polarizó al público. Era amada y odiada a partes iguales. Con la llegada del cine sonoro, ambas actrices se retiraron de la vida pública, pasando de moda vertiginosamente con el empuje del puritanismo. La gran depresión trajo de su mano la censura en Hollywood y la figura de la flapper, tan indómita y derrochadora, fue defenestrada. El hedonismo y la lujuria ya no tenían cabida en una sociedad que había de volver a recomponerse y no podía tomarse las cosas tan a la ligera.

Tal vez por ello, una de las grandes supervivientes del cine mudo fuese Greta Garbo. Una mujer que en absoluto tenía algo que ver con las anteriores y a la que difícilmente se podía imaginar bailando un charlestón. El alcohol lo llevaría siempre escondido en una petaca para beberlo en la intimidad y soledad de su alcoba: el confinamiento voluntario como pasatiempo. Ya ves tú.

Los cánones de belleza en Hollywood. Introducción.

Desde tiempos ancestrales las mujeres han basado su concepción de lo bello en la referencia de figuras populares de su tiempo. Podríamos remontarnos a Cleopatra con su flequillo recto y su melena simétrica, oscura y lisa o la línea de sus ojos marcada con pinturas negras y trazos gruesos y alargados. Ambas, características propias de una apostura que aún es influyente en nuestros días. El poder y la cultura orquestan, desde que el ser humano empezó a constituirse en sociedad y establecerse en civilizaciones, la manera en que se desarrolla nuestra imagen estética.

Elizabeth Taylor aprovechando su encarnación de Cleopatra en 1963 para derrochar en chapa y pintura como si no hubiese un mañana.

Si hay un lugar en los tiempos modernos, donde se han gestado los sueños y la belleza proyectándola hacia al mundo, de una forma palpable y casi dictatorial, ese lugar es Hollywood. Meca del cine desde comienzos del siglo XX hasta nuestros días, construyó sus propios mitos. Las películas eran un espejo idealizado de las gentes a las que iban dirigidas y, para la mayoría del pueblo llano, eran fantasías hechas realidad que, a un tiempo, educaban a las personas sentimental e intelectualmente, puliendo sus gustos y sugiriendo nuevos deseos y metas. Ya fuera como un escape a la precariedad de los tiempos de crisis económica o incluso como esperanza de un futuro mejor en épocas de conflicto bélico, las figuras de la pantalla se convertían en héroes y referencias a las que emular por los peatones sin renombre.

En la primera mitad de la década de los cuarenta, en plena guerra mundial, Veronica Lake, sex symbol habitual del cine negro de aquellos años, era conocida por su larga y sedosa cabellera rubia cuyo peinado fue bautizado “peekaboo; una expresión en inglés que significa recuperarse de un susto repentino y que consistía en que un largo mechón ondulado caía sobre un lateral del rostro ocultándolo parcialmente. Tan seductor y popular resultó este estilismo capilar, que el Departamento de Guerra de los EEUU tuvo que enviar una circular a las fábricas de armamento prohibiendo que sus operarias emulasen dicho peinado dado que el hecho de tapar un ojo en el ejercicio de sus labores ocasionaba peligrosos y constantes accidentes. Esta anécdota revela la elevada cantidad de esfuerzo, dinero y riesgo -en este caso- que podemos llegar a invertir en parecernos a nuestros ídolos.

Aquí Veronica acompañada de un peluche espeluznantemente pasmado.

Desde finales de los ochenta y hasta no hace demasiado tiempo, las mujeres pudientes – y también las coquetas más humildes que hubieran ahorrado suficiente – visitaban las consultas de los cirujanos de todo el mundo occidental armadas con una foto de Julia Roberts en la afamada Pretty Woman, pidiendo unos labios como los de aquella mujer, la sonrisa más rentable de la historia del cine. Raro es que, a finales del siglo XX, quien se lo pudiera permitir, no tuviera los labios gruesos y turgentes a base de rellenos de colágeno o de ácido hialurónico, si la naturaleza no había sido generosa y ya les cundiese con un buen perfilador y algo de brillo en el centro de la boca.

Asimismo, los noventa podrían considerarse, tristemente, el “boom” de la delgadez patológica. Se empezaba a hablar con más información y alarma de una enfermedad que ya hacía tiempo existía, pero no se había dado a conocer popularmente: la anorexia. Pero la delgadez extrema como epítome de la elegancia había sido sembrada como concepto transgresor varias décadas antes cuando Audrey Hepburn se paseó por la Quinta Avenida de Nueva York decidida a comerse un croissant delante del escaparate de Tiffany’s ataviada con un traje de noche negro, un collar de tres vueltas y un escote exquisitamente huesudo. Era 1961 y el comienzo de la película de Blake Edwards: Desayuno con diamantes. Se cuenta que la propia María Callas, diva de la ópera y contemporánea de Hepburn, con el fin de parecerse a ella, se introdujo una tenia en el cuerpo para que devorase todo lo que ingería de manera que pudiera alcanzar la tan deseada delgadez extrema.

Audrey Hepburn tenía menos masa grasa que el tobillo de un gorrión.

Estos ejemplos son sólo algunos, bastante significativos, de cuán grande ha sido y es la influencia de las estrellas femeninas de Hollywood sobre las mujeres de verdad y su demanda de determinadas intervenciones estéticas, terapias o hábitos para lograr la imagen vigente de cada momento.

El objetivo es hacer un análisis de los modelos de belleza que han ido primando a lo largo de los últimos cien años en la gran pantalla. Sus características, su evolución y las técnicas utilizadas por las propias figuras paradigmáticas para alcanzar los rasgos deseados que las definían. Así, haciendo un estudio en perspectiva global, también se pretende especular con cuál será la tendencia del mercado de la estética en los próximos años, así como las preocupaciones fundamentales de la mujer moderna con respecto a su aspecto. Todo ello ligado siempre en paralelo al desarrollo cultural de la mujer; dado que no existe un cambio y una evolución en lo que se percibe a simple vista sin que exista también un motor ético y social que lo respalde.

También se observará el avance tecnológico en los tratamientos de belleza y las intervenciones estéticas. Cómo, para conseguir un mismo efecto facial, lo que se hacía en 1940 es hoy, en 2020, visto casi como un barbarismo, debido a la sofisticación y precisión de los medios en la actualidad.

Y finalmente, la intención es predecir cuál será la imagen de la belleza de la mujer del futuro y cómo “ser y estar guapa” ha cambiado y al mismo tiempo sigue tomando como ejemplo a personalidades del pasado, dado que la cultura es cíclica y recurrente, siendo una máxima a todos los efectos, aquello del “todo vuelve”.

Jessica Chastain marcándose un Rita Hayworth mezclado con un Kim Bassinger y un queriendo decir de Grace Kelly mientras simula un perturbadoramente elegante corte de digestión.