Las locas de internet (Episodio I)

Yo tenía veinticinco años y me gustaba Lucio Battisti. Era otra vida. Leía regularmente las actualizaciones del blog de un tipo muy gracioso que se quejaba sin parar de lo feo que era y de lo terriblemente patética que resultaba su existencia. Tenía muchísima gracia para alguien como yo, permanentemente enamoriscada de personajes como Bocazas de los Goonies, el malote chisposo interpretado por Judd Nelson en El club de los cinco o Lucas, el pobre Lucas, en Lucas. Fantaseaba yo a diario entonces con aquel paria social orgulloso de, siempre a mi juicio, deslumbrante rapidez mental y sugerentísimo pensamiento divergente bien expuesto. Me parecía que era el tipo más atractivo sobre la faz de la tierra. Tanto es así que, por aquel entonces, no sucumbí a los encantos de uno de mis compañeros de piso; un romano de Erasmus en Barcelona con cara de gondolero de anuncio de desodorante que se paseaba por la casa recitando la Divina Comedia y cuyas feromonas bullían como arma de destrucción masiva provocadas y multiplicadas por mi absoluto desinterés en su persona física.

Una amiga, profundamente inmersa en el conocimiento de lo que viene siendo la “mandanga Terrat” me informó de que este muchacho, este outsider adefésico de mi coraçao, era en realidad un chico de mi edad que trabajaba de guionista en Buenafuente y que además salía en vídeos publicados en youtube y no era la clase de aborto estético que prometía ser. Este guantazo de realidad rebajó sustancialmente mi entusiasmo. Al final, el tipo no escribía desde la inquina del fracaso, era todo una insultante pantomima. Por supuesto no se trataba de Brad Pitt, ni de Edward Norton siquiera, pero tampoco parecía la clase de persona a la que le entra la risa nerviosa al desnudarse. Y su posición social, situada bastante por encima de la mía en aquella época decadente de Nou Barris, callcenters y compañero de piso secundario persa loco, me intimidaba y al mismo tiempo me hacía despreciarle por lo fraudulento de su alter ego. Como si en algún momento me hubiese engañado para hacerme creer que él era un mindundi con un corazón de oro y un sentido del humor arrebatador, cuando en realidad era un tío normal que se había leído Como orquestar una comedia y la había asimilado muy bien.

En cualquier caso ya existía Facebook en aquella aciaga época. Nos hicimos amigos virtuales. Una noche estuvimos hablando de las páginas de fans de Palomino y de por qué se había extendido el bulo de que a los hombres les gustaba que les metieran los dedos en el culo durante el coito. En fin, lo normal entre gente de veintitantos en aquella época. Probablemente hubiese cientos de millones de personas hablando de exactamente lo mismo en aquel preciso instante.

Como es lógico recuperé el enamoramiento esperpéntico con más fuerza aún. No volvimos a coincidir jamás por el chat. Pero esa única y aislada conversación infantil fue el elixir de la eterna atracción unilateral. Menos es más, de tota la vida. La vacuidad de mi existencia, la frustración profesional y el exceso de tiempo libre cuando entré a trabajar en la cantina mexicana de Gracia, me hicieron caer lenta y ásperamente en el agridulce terreno de la obsesión psicopática, repulsiva, balbuceante y absolutamente despreciable. Así es que, claro está, llegados a este punto edité un vídeo con la canción Un’avventura de Lucio Battisti de fondo y un montón de fotitos ilustrativas (con Benigni y tipos así) y cartelitos diciendo algo tan pueril y vergonzante como que de toda la gente con la que imaginaba tomándome un café, él era mi candidato ideal. Y se lo pedía literalmente: “¿te quieres tomar un café conmigo?” en blanco sobre negro al final del vídeo. Lo publiqué en mi blog y lo extendí por doquier. Quizás sea la cosa más humillante que he hecho en todos los días de mi vida. No creo, de hecho, haber sido jamás tan poco consciente de mí misma -y yo he mezclado Jagger con red bull muchísimas veces-. Aún explicándolo ahora, casi diez años después, siento como si hubiera estrangulado a un gatito y estuviese confesándolo en un auditorio gigantesco llenito de gente tipo mi profesor de literatura del instituto, mi padre, mi amiga Raquel y, en general, todas las personas a las que respeto fuertemente y me horroriza pensar en decepcionar.

El fake paria vio aquel documento del averno y no tardó en reaccionar escribiendo una entrada en su blog al día siguiente con un apartado titulado “Las locas de internet”. Recuerdo la vergüenza y el horror y haber pensado: “¿Pero esto no debería haberme pasado ya en la adolescencia, joder?”. “Por suerte a tus 14 no había internet, so mema”, me respondía entre sollozos. Se lo conté al italiano gondolero, que juró matarle, y vivimos uno de esos momentos de romanticismo chonil a lo Federico Moccia la mar de entrañable.

Así me convertí durante una primavera en el foco del cachondeíto cruel y presumiblemente brillante de la redacción de Buenafuente.

Luego el tiempo pasó y fui superando el shock. Eclipsado por otros eventos aún más traumáticos como la depilación laser en la vulva o aquella vez que tuve que recoger la imponente montaña de caca del perro cuando tuvo diarrea en medio del paseo de Poblenou y al hacerlo me manché un poco la manga y tuve que ir de esta guisa mierdil un rato, corriendo hasta mi casa buscando una papelera de camino, con las bolsas de heces deshechas en la mano, rezando para que el pobre Scout no volviese a tener un apretón fulminante.

La dignidad, ese concepto escurridizo.

A día de hoy, a 800 kilómetros y una década de distancia todo esto me sigue avergonzando, como digo, pero soy capaz de usarlo como reflexión. Porque no hace muchas horas me he dado cuenta, oh bendita ironía, de lo siguiente: ¡el que lo tuvo que pasar fatal fue él! Yo no era la víctima del rechazo, no era la pobre chica maja pero hortera y obsesiva que se merecía una oportunidad. Era ese ser abyecto con un pelo muy guay, la verdad, pero que es invasiva, maníaca e irrespetuosa. Yo acosé a ese chico. Le presioné con trucos terriblemente poco elegantes a que tuviera que aceptar mi propuesta, después de haberle agregado a mi Facebook sin conocerle en absoluto -cosa que ya no hago con nadie, para nada (risas)-. Y encima me situé por encima de él, ofreciéndole el regalo de mi compañía, insinuando claramente una superioridad. Y él, lógicamente, se debió sentir amenazado por mi falta de cordura y temió claramente por su integridad física. Aparte de que yo no le gustase un carajo, quiero decir. Me quise meter en su vida por imposición, sin saber nada auténtico de él y creyéndome en el permanentemente derecho de hacerlo. Y, no contenta con todo este conglomerado de despropósitos, además después, me convencí de que la damnificada era yo y me quejé de su falta de buen gusto al no aceptarme y rechazarme públicamente (igual que yo me declaré también públicamente). Hoy, después de haber sufrido el profundo asco y resquemor de los 287 tíos* que han hecho conmigo lo que yo te hice a ti, te pido perdón. Lo siento mucho, Joffrey.*

*Nota: A ver, de alguna manera, no en plan “tengo 287 vídeos de tíos diciéndome que les gusto”. Que nos ponemos muy finos con todo esto de la precisión.

*Nota: O sea, claro que no se llamaba Joffrey, pero imagina que pongo ahora su nombre real. Como un homenaje de décimo aniversario impreciso hacia mi momento de stalker. ¡En fin!

 

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La la land: It must be love?

Quiero dejar perfectamente claro que a mí Emma Stone y Ryan Gosling son dos personas que me resultan altamente simpáticas y carismáticas y no tengo nada razonable o no en contra de ellas. ¡Es más! Me encantaría que me acompañasen a hacer la ruta del Cares o invitarles a cocido. Parecen buena gente y no me importa demasiado si lo son. Me sorprende positivamente que sean oficial y universalmente considerados sex symbols. A pesar de que ella sea un poco sopas y posea ese halo de Rosita, la chica de dibujos animados con outfit de tenista en una merienda campestre que era acosada sexualmente por Chicho Terremoto de manera sistemática y repulsiva. Y de que él tenga cara de vela derretida, como ya hemos tratado en anteriores digresiones inútiles de éste mi querido y frivolete bloguecillo. Que la gente fantasee eróticamente con ellos prueba que si la mona se viste de seda lo puede petar muy fuerte. Y eso reconforta y proporciona una poderosa motivación para hacer régimen.

Aclarado esto, llevo un año queriendo hablar de La la land. Y no precisamente para decir algo constructivo y sano. Mi intención de rebajar el nivel de odio gratuito y banal de mi ser ha bloqueado los adjetivos cínicos y un poco sucios que me producían tensión craneal cada vez que me venía a la cabeza lo de: “City of stars… Are you shining just for me?…”.

Me resulta muy difícil hablar de esta película sin tomarme todo lo que sucede en ella como algo personal. Más, habida cuenta, de que a mí, señores, me encantan los musicales. Yo pasé todas las nocheviejas de mi pubertad y adolescencia inyectándome a Gene Kelly en las fucking venas. Creo que he visto más veces Levando anclas que el que la montó. Mi cinta de vhs de Un americano en París está apergaminada y si alguien fuera capaz de reproducir mi copia de Cantando bajo la lluvia, en la escena central le parecería que en realidad nieva. Soy una fanática de la euforia decorativa. Esto es así y me ha proporcionado tantas horas de alegría como de vergüenza. La dualidad de las cosas es hermosa, ¿verdad?.

La primera vez que vi una reseña de ésta película se me erizaron los pezones. (Es curioso lo que a una le produce pudor confesar y lo que no). Me parecía absolutamente perfecto pensar en una historia de amor, simpática, musical, ultrarromántica y colorista y con esa parejaza tan bien avenida de protagonistas. Casi me alegré de estar de baja por depresión. Por lo de tener tiempo libre suficiente para ir repetidas veces al cine hasta aprenderme alguna coreografía de memoria o que saliese Ryan de la pantalla a darme un paseo y la medicación. Nos recuerdo nítidamente emocionados a Emil y a mí sentados en esos butacones magníficos del Phenomena. Con el cine a reventar. Casi noto aún la revolución en mi colon a causa de la subida disparada de adrenalina. Era como estar enamorada.

Empieza. Primer número musical. Bien. Nada que decir. Bueno, a lo mejor ya se me han pasado las ganas de ir al baño. Pero tampoco es que uno quiera estar siempre en la parte más alta de la ola emocional; se te puede embotar la sensibilidad y acabar percibiendo siempre todo como si te hubieran practicado media lobotomía:

Después el conjunto se precipitó rápidamente, aún a pesar de los parones para repetir cual matraca el estribillo de marras con su correspondiente tecleteo pianil, tan cuco. La película se desarrollaba a una velocidad demasiado acelerada para acabar de discernir cuál de los dos personajes era más naif. Mi ansiedad reconvertida en tedio agitado me pedía apasionadamente una subtrama a la que agarrarme. Algún personaje reflejo que fuera un poquito mordaz y puñetero y deslavase durante algún rato toda esa asfixia de algodón de azúcar. Pero nada. Todo era chica conoce chico. Chico trata a la chica como si fuese una paria social. Chica mendiga atención de chico. Chico, por lo que sea, de pronto piensa “bueno, a ver, es que no tengo mucho tiempo, porque estoy a lo mío que es el jazz y tal, pero quizás esta tía puede ser una compañía más o menos grata y a ella también le mola la ciudad y lo de ir con gente guapa y eso. Venga, voy a darle un beso a ver qué onda.” Chica quiere ser actriz y dramaturga. Chico no se quiere prostituir artísticamente. Subidón. Bajón. Que si el dinero. Que si mis sueños. Que si te quiero pero no te quiero asfixiar. Que si me ha salido un curro de puta madre. Que si ciao pescao. Que si tengo resquemor y siempre lo tendré por haber antepuesto el éxito profesional a mi supuesto enamoramiento extremo de alguien a quien sólo aprecio porque comparte el mismo egocentrismo y ambición de reconocimiento que yo, pero que, vamos, esto tampoco es Los puentes de Madison, oiga. Voy a masturbarme mentalmente aquí este ratito de concierto y luego ya me voy a mi mansión con el bebé y con mi marido que fijo que es pro Trump.

No deja de torcerme bastante el esfínter el hecho de que una película cuya historia es eminente y exclusivamente, una historia de amor – cuyos sub cuentos paralelos son las ganas respectivas de medrar de los amantes en sus carreras creativas – sea al final una historia de amor tan carente de fuerza y de verosimilitud. Tan desapasionada, en definitiva. Y con unos números musicales rutinarios y descafeinados que no me puedo creer que beban de Vincente Minelli, de Jacques Demy, ¡de Godard! (tócate la vaina) o de Stanley Donen y mi bendito Gene Kelly. ¡No-hombre-no! No me meto en si la parte técnica y el corte final de las secuencias está bien. Desde luego una chapuza no es. Aunque yo he visto esas mismas películas de esos señores que le gustan tanto a Damien Chazelle y no acabo de conectar las referencias. De todos modos creo que la clave está en que si vas a hacer una cosita bonita, divertidita y trascendentalita sobre el amorcito y la ambicioncita, no obvies crear unos personajes que tengan un poco de enjundia. Un cierto grado de sentido del humor para lograr empatizar mínimamente con ellos sin necesidad de vivir en Hollywood. Que su personalidad se componga de algo más que de su sueño principal y de todo de lo que de él deriva. Y que cuando se conocen exista una razón de complicidad más allá -para enamorarse- del mero hecho de que han coincidido en un par de fiestas y que son “guapos”.

No me gustó La la land. No sé si queda claro. Me puso de mala hostia, de hecho. No salí cantando del cine. Salí con la cabeza taladrada de estrellitas de la ciudad clavando sus puntas en las paredes de mi quijotera. Si hubiera ido sin expectativas estoy segura de que me habría parecido bien. Agradable y digerible. Pero aún liberándome de todos los prejuicios que me acompañan y amordazan a mi yo infantil, siempre dispuesto a ilusionarse y reírse a motor; creo que nunca hubiese salido contenta tras ver esta película. Y es que si hay tanta gente que se cree que esto es una representación certera del amor, entonces el amor se está convirtiendo en un vestido de tul muy mono que quieres tener sólo para que te lo envidien. Y eso es tan trágico que me dan ganas de vomitar llorando.*

*Nota: Para no acabar el artículo con una imagen tan amarga y repelente aprovecho para recomendar La vida de Adèle, La novia y The end of the affaire. El amor, el amor… Pues eso.

 

Guardar el amor dentro de una bacteria

Hace un par de semanas se me rompió el corazón en varios cientos de miles de pedazos minúsculos y sangrantes. Mi ordenador iba a la misma velocidad que el ritmo de una película de Tarkovski. Un día estaba cagándome figuradamente en el niño de la enfermedad de las encías de Stranger Things -disfrazado de cazafantasmas- y súbitamente hizo “plof”. Mi ordenador, claro, el niño se limitó a chascar la lengua. Al cabo de veinticuatro horas de estupor y terror, intentando encender de nuevo el pc sin éxito, decidí “refrescarlo”. Reinicié el aparato en el modo “ASSIST” y le di a esa sugerente y juvenil opción: “Refreshing”. Casi podía notar un sensual y sinuoso latido en las letras. El proceso duró varias horas. Mis nociones de informática son lo suficientemente cristianas como para asociar la espera al sacrificio y a una correspondiente recompensa exitosa. Y, en cierto modo, así fue. Mi VAIO turco resucitó ágil, luminoso y lleno. Lleno de ganas de vivir pero vacío de todo lo demás. Los últimos dos años y medio de mi vida vertidos en la nada, separándose para siempre de esa masa absurda llamada tsunami de datos, que algún día nos devorará, nos digerirá y nos defecará en el gigantesco agujero negro que será el apocalípsis.

Éste verano, cuando aún era poseedora de mi memoria reciente y no era consciente de mi fortuna, leí en el periódico que unos tipos de Hardward habían logrado insertar un GIF animado en el ADN de una bacteria. Concretamente en una Escherichia coli y la imagen era la de un jinete sobre un caballo que trota un poquito. Ya ves qué bien. En aquel momento no tuve una opinión formada sobre este asunto. Supongo que como la mayor parte de las cosas de la vida, me resultó ridículo, nada más. Hoy, esta tarde, he encontrado mi disco duro extraíble Toshiba. Había puesto en él todas mis esperanzas de poder recuperar ese 6% de mi existencia hasta la fecha. Todos esos vídeos de bebés, fotos que hice de cuando logré mover la cama del dormitorio al salón y estaba segura de que nadie me creería si no lo documentaba gráficamente, retratos míos con una peluca azul. En definitiva, la clase de material inmortalizado de la realidad que mereció la pena ser vivida. No había nada de eso.

Toshiba sólo comprende mi memoria infantil, parte de la primera juventud, Barcelona y unos 300GB de Estambul not Constantinopla. Pero lo que pasó desde 2015 para acá es polvo enamorado. Y en el polvo hay piel muerta, ácaros y, seguro, que alguna bacteria. Mi pena es tan insondable que en un momento de crisis emocional extrema aunque fugaz he pensado que sería capaz de insuflarme el cólera si así puedo ver de nuevo un GIF de mi felicidad mirando una chimenea en una casa de piedra de algún pueblo de la Catalunya profunda. Todo eso que pasó en dos años y medio ya sólo quedará guardado en mi memoria real y, por tanto, cobrará en cuestión de poco tiempo un valor sentimental muy superior a cualquier otra época de la vida que kodak, fotolog, facebook o instagram hayan conseguido grabar y reproducir cuando quieras y con la nitidez de lo que sucedió hace un instante. Mi cerebro es una cpu engañosa y llena de errores que reedita constantemente los archivos y cuya resolución está más empañada que unos ojos cataráticos. 

Es por ello que dedico este post obscenamente personal y parco a decir adiós a esa fracción de mi vida en la que leí, lloré y reí tanto. Esa fracción que ha desaparecido sin morir ni avisar antes. Que se ha esfumado. Que me ha hecho entender The leftovers.

 

 

De las tetas y el feminismo

¿Cómo hablar seriamente de mis pechos? No es fácil vivir con ellos. Al igual que mi buena memoria me han traído tantas alegrías como desgracias. Son, entonces, un valor y por tanto un obstáculo en mi camino hacia la liberación femenina. Porque los uso conscientemente. Dada la predominancia de lycra en mi vestuario y la magnificencia habitual de mis escotes, sería difícil encontrar a alguien que se tragase que soy feminista. Ni yo misma lo creería. Y dejémonos de misterios, no soy una militante pura. Pero, eso sí, el machismo me da putas ganas de vomitar. Por eso me paso la vida con el ceño fruncido; por la naúsea perpetua.

Acabo de leer una cita de Caitlin Moran en la que viene a decir, en paráfrasis sesgada, que si te pone de los nervios Madonna y llevar vaqueros es que eres feminista. Así que según ésta mujer lo soy al menos al cincuenta por ciento, porque es escuchar “Like a virgin, uh! touch for the very first time” y sentir una terrible vergüenza de género y una incontenible pulsión de correr a una tienda online de dildos para acabar por siempre y radicalmente con la dependencia del macho a todo nivel. Aunque seguramente un consolador no es precisamente un símbolo de manifestación contra el patriarcado. ¿O sí? No lo sé. Pamela Des Barres, una de las gruppies más famosas de los sesenta, le proporcionaba a una colega “artista” moldes de los penes de gente como Mick Jagger o Jim Morrison para hacer esculturas y material masturbatorio. Y en fin, las mujeres cuyo leit motiv era ser penetradas por tipos que sabían hacer música, no son la clase de heroínas reivindicativas de sí mismas y de la igualdad entre sexos.

Caitlin Moran writer, journalist

Caitlin Moran

Últimamente he leído varios artículos sobre dilemas feministas. Muchos de ellos relacionados directamente con la estética y la cultura. Volviendo al tema de los vaqueros. Al hecho de que te pongan de los nervios los vaqueros como rasgo identificativo de tu pulsión feminista natural. Analicémoslo. Esos vaqueros a los que la buena de Caitlin hace referencia, entiendo serán ajustaditos, duros, con remates ingenierísticos y moldearán un culo respingón y maravilloso capaz de despertar los más bajos instintos de un macho heterosexual. A costa siempre de la incomodidad física, los problemas circulatorios y la imposibilidad de ponerte a comer cocido a destajo. Dolor y frustración para esa mujer esclava de la aprobación masculina. Hacer toda esta reflexión y luego rechazar unos vaqueros en pro de la amplitud de movimientos de llevar algo suelto y anchito, sacrificando el atractivo físico obvio de marcar cacha es, entonces, feminista. O al menos, según la señora Moran es un comienzo, ¿no?

Retomemos pues, ahora, mis tetas, sobre las que me preguntaba al principio. Yo tenía una amiga a los veintitantos, cuando salíamos en pandilla a ligar, que tenía poco pecho, no era muy atractiva y resultaba bastante seca y hostil – o sea, a lo mejor me he pasado diciendo “amiga” -. Esta mujer, tremendamente enfadada con el mundo, siempre me decía que la razón de que yo tuviera más éxito en mi captación de la atención de jóvenes casaderos, era que tenía las tetas muy grandes. Para ella, la única diferencia entre ambas era la talla del sujetador. Lo que había marcado nuestra suerte y nos había posicionado en el mundo social-flirt en distintas categorías era única y exclusivamente el tamaño de las mamas. A mí, que en mi infinita ingenuidad, siempre me había parecido que los chicos me hacían caso por mi exquisito sentido del humor y mi gracejo particular, me resultaba profundamente bochornoso y violento creer que yo no era más que una tipa insulsa pegada a dos magníficos y carismáticos senos turgentes. Y peor aún, que por norma general, los tíos nos pudieran simplificar personalmente hasta ése punto. Que prefiriesen la compañía de una por encima de la otra atendiendo principalmente al volumen de las glándulas mamarias.

Sarah-Silverman-Boobs

Pasado el tiempo y las experiencias, llegué a la conclusión de que los hombres con los que mantenía relaciones estrechas, amorosas o amistosas, valoraban rasgos de mi personalidad que les resultaban interesantes y útiles, así como el hecho de un grado justo de compatibilidad de caracteres para que fuera posible una comodidad y confianza a la hora de mantener un vínculo sano y satisfactorio conmigo. Pero he de decir que ninguno de ellos, a lo largo de toda mi vida con ellas, ha omitido la alusión a mis tetas como rasgo importante que forma parte de mí. Los pechos como un hecho imposible de ser obviado dentro del conjunto. Como el absurdo que sería ir a París y sudar de la Torre Eiffel.

Consecuentemente, he aprendido a aceptarlas y a tener en cuenta su valor de marketing.  A no ser tan hipócrita de pretender que no han condicionado mi discurrir existencial -me pongo muy fuerte con esto-. Y al igual que cuando aparecieron eran una cruz, me abochornaban y las ocultaba debajo de sudaderas anchas y gruesas, como una tara que se ha de mantener en el ostracismo; a medida que me he ido convirtiendo en una mujer hecha, cínica y derecha han ido gozando de mayor protagonismo y aire libre. Siempre protegidas, levantadas y expuestas gracias a sujetadores que ya, por el mero hecho de ser, resultan poco confortables. El caso es que al mismo tiempo que iban quedando a la vista yo las apreciaba en mayor medida. Hasta el propio rito de vestirse se ha convertido en algo completamente íntimo y personal y dirigido a mi disfrute y entretenimiento. Yo me maquillo, me visto y me ajusto los tirantes para colocarme bien las tetas para mí. Independientemente de que luego las use o no. También estudio filosofía por satisfacción personal y luego utilizo la razón como herramienta para medrar en otros aspectos prácticos de la vida.

Así que ¿enseñar teta o llevar vaqueros push up o todo lo que tenga que ver con resaltar rasgos que se corresponden con los cánones estéticos de la sociedad, cultura y época en la que nos ha tocado vivir y desenvolvernos, a costa de una innegable incomodidad física implica necesariamente no ser feminista? ¿Qué sería lícito, en ese sentido y contexto superficial, usar como elemento de seducción sin ser una servil perra del machismo? ¿O es que seducir es ya en sí mismo anti-feminista? Si hago una dieta de adelgazamiento estando perfectamente saludable ¿estoy sometida a la tiranía de la masa garrula machista que me tendría más en cuenta viéndome esbelta? ¡Ay!

Me explota la cabeza, tías; debe ser que me aprieta el sujetador.

Marilyn

Pu-pu-pidú!

Del amor insípido en Juego de tronos

Yo empecé a ver Juego de tronos con el mismo interés con el que empecé a ver Los Serrano. Ninguno. (A lo mejor no era necesaria esta aclaración.)

Los primeros cinco episodios me parecieron tediosos, oscuros y con ese halo rancio bastante pesadito del basar lo que sea en los principios y conceptos decimonónicos tan totalitarios y ambiguos como el honor, la sangre y el respeto escrupuloso a la tradición. Y toda esa gente con el pelo churretoso, la ropa pesada y la cerveza caliente me daba muchísima pereza y angustia. Agradecí de veras que las series no se puedan oler.

Pero en el capítulo seis aparece Tyrion – Peter Dinklage, el sex symbol más improbable de la historia de la tele- haciendo unas brometas buenísimas frente al trono del Valle el día en que está siendo juzgado por intento de asesinato. Se camela a todos con su irresistible encanto personal y con la ayuda de Bronn – un mercenario más resuelto y autosuficiente que una tenia-  consigue salvar la vida. Y a partir de ese momento se crea entre ellos un vínculo de sincero afecto y química amistosa acojonante. Hay intereses económicos y de seguridad física, claro, ¿pero qué pareja no tiene problemas?

Tyrion y Bronn

A partir de este primer rasgo de humanidad verosímil empecé a encontrarle el encanto a la serie. Y me enganché, porque todos necesitamos llenar de algún modo el insondable vacío de la existencia humana y hacer el amor todos los días es muy cansado. Gracias HBO.

Me enganché sí, pero siempre tuve un serio problema de conexión con Jon Snow y con Daenerys Targaryen. Con esos cutis perlados, esas miradas ovinas y ese no haber entendido un chiste en su vida. Contemplé en paralelo sus respectivos enamoramientos primerizos y oportunos, mientras en el resto de reinos se iban dando romances avenidos o ilícitos, pero en general más poco sugerentes y sabrosos que una tapa de queso de Burgos.

Las escenas de sexo, al principio eran llamativamente explícitas; en la primera temporada, por ejemplo, hay una secuencia en la que una prostituta hace fist-fucking a otra mientras Meñique va contando su vida y recoge un poco el cuarto. Porque se puede ser pervertido pero ordenado. Y a medida que la serie iba ganando notoriedad el número de zonas pícaras visibles remitía proporcionalmente al aumento del target. Por el amor de Dios, ¡pero si hasta le habíamos visto el pito a Hodor!

Entiendo que no es extraño que en una serie en la que todo el mundo vela por su ombligo es difícil que el amor se de y además se pueda reproducir de una manera creíble y plástica. Además, como ya he dicho, tenía que oler fatal y cuando no estabas intentando salvar la vida estabas concentrado en respirar por la boca para no desmayarte. En esas circunstancias las feromonas no se pueden inhalar porque deben ser como puños. Y así, claro, no hay atracción. Como mucho puede haber morbo o prestigio social. De ahí los incestos y los idilios interclasistas.

Resulta revelador que las relaciones más interesantes basadas en un sentimiento de amor, aprecio y respeto o que los reencuentros más capaces de erizar pezón sean aquellos que se dan entre dos personajes que jamás han tenido catarsis sexual. Como pueden ser Jamie Lannister y Brienne de Tarth, que sabemos que no follarán jamás, pero se gustan un montón.

EP303

Así pues, llega el día en que Jon y Daenerys se conocen y piensas lo mismo que pensaste después de perder la virginidad: no me lo imaginaba así para nada. Y te hueles, dado que las últimas temporadas parecen dirigidas por Spielberg y producidas por Disney, que van a tardar un suspiro en acabar encamados. ¿Y por qué? Porque son guapos, valientes y poderosos. Son el Brangelina de Poniente. No tienen una historia conjunta. No han aprendido nada el uno del otro. No han pasado por ningún dramón juntos ni han empatizado con las emociones del contrario. ¡Pero si ni siquiera han salido a cenar por ahí ni una sola vez, por favor!. Cada uno se ha ido currando su rol heroico por su cuenta y se han conocido en el topofthemountain de sus vidas tanto a nivel de belleza como de control soberano sobre buena parte de la humanidad. Eso, amigos, es gustarse por las razones equivocadas. Es el romance más superficial y materialista que os podriais tirar a la cara en la vida.

Jon-Snow-Daenerys-Targaryen

Y esa es la razón por la que es imposible que un vil mortal no dragón pueda identificarse con esa historia de amor y, peor aún, por la que nadie jamás practicará el onanismo visualizando la resolución de la tensión sexual entre los dos protagonistas de Juego de tronos. Muy a pesar, eso sí, del culo de Kit Harinton, que es bien digno del heptanieto del inventor del inodoro.*

 

*¿No os pirra wikipedia?

 

Del dolor y la cara lavada

Sólo unos días después de haber escrito eso de que todotequieroesunaerrata, aseveración que ahora se presenta reverenciada ante mí como la mayor patochada que he producido en mi vida adulta, caí muy enfermita de lo que viene siendo el corazón, en sentido figurado. (Y que lo ñoño no pare, no-pare-no, ¡lo ñoño no pare!).

Así que dejé de escribir. Del todo. Se me evaporaron las ganas de opinar en voz alta suspendiendo en el aire un insoportable tufillo a mendacidad. Dejé, también, que los bombones se vendieran solos y me presenté ante mi médico de cabecera -una especie de Colin Firth pelirrojo que no llega a ser Raúl Cimas- explicándole a ritmo de temblor de barbilla que: “Estoy muy triste. Mucho. Todo el rato. Y ya ni siquiera puedo hacer un chiste con ello. Yo, ¡que fui la mujer más feliz de Facebook! pensando en la muerte cada hora en punto; figúrese”. Colin, junto con el paquete de kleenex, me extendió una receta de píldoras para dormir y un parte de baja médica. Me pregunté qué punto de mi discurso daba lugar a tan magna malinterpretación. Yo no quería dormir; quería reír. Supuse que quizás el Orfidal te hacía partirte el culo en sueños. Tal vez era un comienzo; el darcerapulircera de la psiquiatría.

Me encomendé a los designios de la psicología clínica y el grueso de mis amigos físicos fueron sustituidos por dos principios fundamentales para la felicidad simulada: ansiolítico y prozac. Así entendí de golpe My body’s a zombie for you y me convencí un tiempo de que Ryan Gosling también podía haber sido víctima de trastorno adaptativo en algún punto de su existencia de tío bueno con “cara de vela derretida por los lados” (María Ramírez dixit).

La mutua de mi trabajo me perseguía tratando de verificar mi tristeza. De auditar mi desdicha. De analizar la profundidad de mi pena. De quitarme los ochocientos euros que subvencionaban la rutinaria charada en la que se había convertido mi vida. Y después de dieciocho años usando eye liner, de diseñar unos rasgos nuevos sobre los míos a partir de base de maquillaje de tono bronceado sutil, colorete, carmín y rimmel, un día me lavé la cara y la mostré al mundo por primera vez desde la adolescencia. Parecía más joven. Parecía más cansada.

La lección 1 del fascículo primero de “Cómo demostrar que se padece una enfermedad psicológica a partir de una estética que proyecte un estado anímico deplorable” dice claramente: “¿Dónde te crees que vas con esos labios rojos, furcia?”. Así que regresé a la ausencia de adorno de golpe y mi facha de pronto era tan minimalista y sobria, tan pa ná, como el diseño de la casa de Steve Martin.

Un mes después dejé las redes sociales, pertinentemente antes de mi cumpleaños. Batí mi récord personal por defecto de felicitaciones. No tener facebook, ni twitter, ni instagram, ni cristo que lo fundó  -unido al abandono de máscara cosmética-, me hicieron sentir poderosa durante por lo menos dos días. Un subidón nada desdeñable cuando has llegado a un punto de rictus Buster Keaton. Después ya comprendí que estar fuera de Facebook sólo era cool si conseguías que la gente pensase en ello. Y nadie piensa cuando está buscando likes. Es la paradoja de la modernez y el prestigio social de nuestra era.

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Tras varios meses de labilidad emocional me tocó volver al purgatorio aeroportuario por imposición de un organismo maligno, parecido a la inquisición, pero con batas blancas. Y fue tan terrible para mí como cuando la morena buenorra de Orange is the new black tiene que regresar a la cárcel tras haber conseguido salir previamente en libertad condicional. Igual pero sin  la novia pija traidora ni los tatuajes molones de rosetón espinado.

Escribí una carta a mi jefe, el señor Scrooge, explicando con todo lujo tedioso de detalles las penosas condiciones de mi puesto de empleo: haciendo hincapié en la humillación de comer escondida detrás del mostrador y no poder ir al cuarto de baño libremente. Desarrollaría más el tema, pero hacerlo en este país puede ser denunciable. Ya ves qué risis. En cualquier caso, este momento Norma Rae precipitó mi consecución de la libertad para elegir.

Y elegí volver a casa. Elegí cabeza de ratón y un televisor grandequetecagas, el de mis padres. Y tras nueve años evitando los programas concurso la tercera persona a la que vi en esta ciudad fue a Juanra Bonet:

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Que, por cierto, es de Barcelona. Hay que joderse, ¿no?

DE VERBALIZAR LOS SENTIMIENTOS

Vamos a decir que tengo una amiga que se llama Exaequa. Está al mismo nivel que todos los demás. Exa no es la persona más feliz que hayas conocido; ni siquiera que haya conocido yo y eso que el nivel ahora mismo está bastante fácil de superar. Tampoco es desgraciada. Es una tía leída pero a la vez se ríe aún con sketches de Martes y trece. Posee un atractivo físico somero; como una miss Turismo de pueblo pequeño. Es, en definitiva, una petarda tranquila y agradable que ve la vida pasar intentando no dejar encendida demasiado rato la estufa y pudiendo así reservar al menos una vez al mes en un restaurante caro a través de una oferta de Grupazo.

Exa lleva varios meses enrollada con un divorciado. Es un chico bastante guapo e inteligente con cierto problema de entusiasmo. Y el problema es que tiene demasiado. Le sale el entusiasmo a borbotones, como si se derramase de alegría. Es bochornoso. Al tipo le brillan los ojos todo el rato. Igual que un dibujo manga infantil. Es un shonen. Siempre tiene planes para hacer con Exa. Viajes. Deportes de aventura. Clases de swing. Putas experiencias gastronómicas. Hablan muchísimo de cine, literatura y de Bakunin. El tío sabe un huevo de cosas de Bakunin. El otro día le contó que Mijaíl se llevaba mal con Karl Marx porque los dos estaban enamorados de una tal Svetlana, co-fundadora en la sombra de la AIT, costurera y ninfómana, antigua amante de Schopenhauer. Yo creo que se lo inventa todo mientras habla. Pero demuestra mucha creatividad y afán por entretener, que es lo que importa. Es muy amable con todo el mundo y participa activamente en diversas cruzadas sociales. Y, sobre todo, le ríe los chistes a Exaequa.

La semana pasada Exa me llamó gritando. Creo que posee alguna derivación de asperger leve y cuando tiene que llorar lo que hace es gritar. Como si tuviera la acotación del acto mentalmente escrita en inglés. “Cry!” “Cry, Exa!” “Cry, mother fucker!” Y la tía no se acaba de aclarar y suelta alaridos. La cosa es que me dijo en un volumen muy alto e histérico: “No puedo soportar más a este pavo”. Yo, para no quedar demasiado en disonancia con mi generación y el momento actual psicosexual que vive nuestra sociedad, le pregunté si se debía a algún problema de cama. Exa me respondió que el divorciado era el mejor amante que había tenido. Apasionado, sensitivo y generoso:

– No sé cómo decírtelo; me huele el coño a saliva.

Exa siempre sabía cómo decirlo, aunque te advirtiese antes que a lo mejor no. Después de esperar unos segundos de luto por el buen gusto, le pregunté que si había pensado en dejarlo. A lo que me respondió con un delator tono de pudor:

– Sí, sí, el otro día intenté sacar la conversación, pero al final, no sé cómo se me torció y le dije que le quería.

– ¡No me jodas la cerda! – le respondí.

Mi amiga me explicó que mientras cenaban en un restaurante casolá mordisqueando fuet, había salido la típica y vergonzante conversación sobre el estado de la relación. Y que el retraimiento comunicativo de ella había sido interpretado por él, de manera psicóticamente optimista e indiscutiblemente errónea, como timidez. De tal forma y manera que la empezó a acribillar con preguntas directas conducido por esa alegría demencial que lo hacía persona, hasta la última y culminante: “Tú me gustas un montón, Exa ¿pero tú qué sientes por mí?” A lo cuál Exa crispada respondió con un: “¡Pues yo te quiero!” que en realidad iba a ser un “¡Pues yo te quiero dejar de ver, bastardo insufrible!” pero paró en seco después del “…ro” porque se topó con su carita suplicante y sonrosada y pensó: “Este hombre es un cargante y un motivado, pero tampoco se merece este nivel de crueldad”. ”Aún”.

Exa me juró y perjuró que hasta que no vió que la cara del divorciado se transformaba en la de un Joker puesto de metadona -como una arlequín derretido- no se dio cuenta del error. Momento en el cuál intentó recular y explicó entre balbuceos lo siguiente: “¡O sea, no! Yo no te quiero. ¿He dicho que te quiero? Qué locura. Yo no te quiero, ¿eh?” Pero ya era absolutamente inútil. Cada negación del tequiero no hacía si no reafirmarlo y recubrir, asimismo, toda la escena de esa capa de ñoñez torpona propia de vomitiva comedia romántica americana de periodo festivo-vacacional. Como esa basura que hace Garry Marshall.

Exaequa me envió un whatsapp esta mañana diciéndome que se va a mudar “con el pesado este”.

La verbalización de los sentimientos le arruinó la vida. Como a tantos miles de millones de humanos antes que a ella. Y del mismo modo. Porque, no nos engañemos, cuando se dice nunca se sabe realmente lo que se quiere decir y, por eso, el cien por cien de los “tequieros” son erratas.

DE FUCK FRIDAY

Continúa de DE NO SER AMOR…

EXT. TERRAZA DE BAR MUSICAL. NOCHE.

SOPHIA está nerviosa, se revisa la colocación del sostén repetidas veces. Se audita el escote pegando la barbilla contra el cuello y poniendo una de esas caras espantosas que pone mucha gente en la playa al hacer ese gesto. Luego se atusa la papada momentáneamente deformada. Mira detrás de ella. Mira al frente, entorna los ojos, agudiza intentando vislumbrar algo lejano. Saca un cigarrillo. Resopla. Se lo intenta encender. Se le cae al suelo el mechero y empieza a rodar. Se agacha para recogerlo pero se le escapa.

Aparece, cruzando la esquina dirección a la terraza, RIMBAUD. Completamente vestido de negro y encogido de hombros. Con las manos en los bolsillos. Mira lo que queda visible de SOPHIA, que es; parte de su teta derecha, su hombro respectivo y su cuello. El mechero llega hasta él y lo para con el pie. Lo recoge del suelo. SOPHIA se incorpora de golpe con la cara roja y el pelo revuelto.

RIMBAUD: (Con el mechero en la mano) ¡Op! Qué sorpresa.

SOPHIA: (Traga saliva densamente) Hola.

R: (Le da el mechero) Toma.

S: Gracias.

R: ¿Qué haces aquí?

S: Fumar (Se enciende el cigarrillo). Beber (Señala su copa de vino).

R: ¿Estás sola?

S: De momento sí.

R: ¿Hasta ahora que he llegado yo?

S: (Niega con la cabeza dando una calada) Has llegado tú y sigo estando sola.

R: Hablas igual que mi exnovia.

S: (Robóticamente) Ja-ja.

R: (Sentándose a su lado) ¿Has quedado?

S: ¿Te he invitado a sentarte?

R: ¿Te molesta?

S: Si no me molestase, ¿te preguntaría “¿te he invitado a sentarte?” y levantaría el labio así? (Hace una mueca de desaprobación con la boca)

R: ¿Tienes una cita?

S: Sí.

R: ¿Con un chico?

S: Sí. (Se remueve un poco en el asiento)

R: ¿Le conozco?

S: No lo sé.

R: ¿Le conoces tú?

S: No carnalmente.

R: ¡Dios! ¡Has quedado por Tinder!

S: (Ofendida) NO.

R: Uf, qué alivio…

S: Por el adoptauntio.

R: Oh, no, Sophia, tú no…

S: Yo no ¿qué? No me juzgues.

R: Pero si estás casada.

S: (Suspira) Es fuck friday.

R: ¿Qué coño…?

S: Es el viernes más infiel del año.

R: ¿Cuándo, hoy?

S: Sí, el viernes anterior al black friday. Es cuando más gente pone los cuernos por disponibilidad. Después ya llegan las cenas de empresa y las reuniones familiares y no hay quien practique el adulterio.

R: Qué injusticia.

S: Ya, es un mundo cruel para los paganos…

Sophia se enciende

R: No, qué injusticia que utilices una aplicación virtual de fornicio cuando estaba convencido de que iba yo primero para que usases mi persona con el fin de practicar lo pagano.

S: ¡Pues errabas!

R: Qué forma verbal tan rara esa.

S: Oye, en serio, ¿te quieres retirar?

R: No, yo no me rindo nunca. (Se saca un cigarrillo liado y se lo enciende)

S: ¡Ja! Si no haces otra cosa.

R: ¿Qué se supone que significa eso?

S: No lo sé, estaba probando suerte, sólo quería ofenderte. Aunque la verdad por la forma en la que pones los hombros parece que estuvieras en un estado de constante resignación.

Se miran con recelo. SOPHIA mira al frente y da un respingo.

S: Ah, mira aquí está.

Llega HEMINGWAY. Alto. Muy corpulento. Con una gran barba tupida y un jersey azul marino de cuello alto. Se aproxima pesadamente, como un gigante. Tambaleándose con el mismo movimiento que haría una torre de hormigón ingente antes de caer. Es lo más cercano a un villano monstruoso de una película de catástrofes japonesa.

Se sienta frente a ellos.

HEMINGWAY: (Carraspea y tose espesamente como si estuviera cargado de moco) Hola, mujer.

S: (Se levanta, hace una sutil reverencia) Encantada Varondandy barrabaja dos.

RIMBAUD sacude la cabeza abochornado y mira de arriba a abajo a HEMINGWAY con desprecio.

HEMINGWAY se sienta y mira fijamente a SOPHIA a los ojos, obviando la presencia de RIMBAUD.

H: ¿Te has traído a tu hermana de carabina, mujer?

R: (Carraspea) Soy su chófer, mandril.

H: Ah, eres un tío. Me habías parecido una mujer horrible, perdona.

R: No pasa nada.

rimbaud-pipa

S: ¿Qué tal? ¿te ha costado mucho llegar?

HEMINGWAY empieza a toser sonoramente y a balancearse en su asiento sin decir nada y poniéndose muy rojo. Parece pensativo y estreñido. Ausente. 

R: Con la turca que lleva lo sorprendente es que llegue vestido.

S: Venga, Arthur, que tú no sé si tendrás un centímetro cúbico de sangre por litro de vermú en vena, majo.

R: Sí, pero yo soy un alcohólico carismático y calmo, atormentado, elegante. Este tío tiene un pedo malísimo, mírale.

S: (Mira a Hemingway descomponerse en la silla como adormilado) Bueno, yo qué sé, a lo mejor tiene faringitis.

R: Es un borracho de San Fermín, no me jodas.

H: (Despertando súbitamente) ¡Oh! ¡Pamplona! ¡Fiesta!

SOPHIA y RIMBAUD se echan un poco hacia atrás en sus asientos, asustados.

H: (Se levanta como un resorte) Mujer, voy a pedir y a cagar dentro. (Entra en el bar)

R: Encantador. Espero que dentro sea de la taza y no de los calzoncillos.

S: Brown friday.

Se ríen los dos un rato. SOPHIA llora un poco por el efecto de la guasa.

S: Ay… De todos modos a mí dentro de lo primitivo que es me parece muy sexy y masculino, ¿eh?

R: Es un jodido orangután. Te tienes que ir de aquí, vamos.

RIMBAUD se levanta y sujeta el brazo de SOPHIA instándola a levantarse.

S: No, no me puedo ir, sería una falta de cortesía imperdonable.

R: Sí, y todos sabemos que el bueno de Varondandybarrabajadós es de esos que no perdona una falta de etiqueta en la recepción del embajador. ¡Te llevo a casa!

S: Que no puedo hacer eso. ¿Tú has visto qué pobre desgraciado?

R: Sí, es de los que te sodomizan justo antes del primer beso. Vámonos.

S: (Recupera su brazo y se cruza de ambos como una niña) No, no me voy.

RIMBAUD la mira durante unos segundos. Y luego la agarra fuertemente por la cintura y la aúpa echándosela al hombro. SOPHIA comienza a dar grititos y puñetacitos en la espalda de él.

S: ¡Pero qué hostias haces!

R: Te estoy salvando la vida y probablemente el recto.

S: Bájame, Arthur, ¡peso sesenta kilos!

R: Pues una vez salí con una cantante de ópera, ¿sabes? Era como dos tús; maravillosa. 

S: ¡Bájame! ¡Ya soy mayor!

Siguen caminando y salen de escena cruzando la esquina de esa guisa.

Sale HEMINGWAY con un whiskazo a la terraza vacía. Mira de un lado a otro. Se encoge de hombros y resopla ofuscado. En ese momento cruza la calle una nube de muchachos jóvenes emitiendo graznidos y “oeoeoé”s varios. Se une a ellos y salta feliz fundiéndose en la masa garrula.

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DE LA MUERTE DE HUGH GRANT

Hace unos cuantos años leí un artículo de Woody Allen defendiendo la candidatura de Al Gore. Fue cuando perdió en el 2000 frente a George Bush. Woody comentaba que Al Gore le inspiraba la misma confianza que el actor secundario buenazo, que en una comedia romántica, se queda sin la chica porque se la lleva otro más carismático y, generalmente, cabroncete. Me llamó la atención la referencia reflexiva a esa maravillosa y clásica figura cinematográfica del pringado decimonónico. Ese pobre infeliz que no tiene nada de malo; que posee más apéndices en su cuerpo que veces ha mentido en su vida. Ese ente aburrido pero noble que no sabe contar un chiste pero sí te haría un masaje en los pies cuando vuelves de trabajar. Se peina con raya al lado, le encantan los dibujos grotescos que le hace su hijo de seis años el día del padre y sólo folla en la posición del misionero. Es un bendito sin doblez completamente entregado a la absurda causa de ser un buen ciudadano y, por extensión, una buena persona. Es un auténtico coñazo de tío; pero le podrías dejar las llaves de tu casa para que te riegue las plantas cuando te vas de vacaciones.

Yo me he visto absolutamente todas las comedias románticas hollywoodienses y europeas de todos los tiempos. Conozco a ese tío. Podría hacer una tesis doctoral sobre su meliflua personalidad y absurdo latir existencial.

Por supuesto, a lo largo del tiempo, este charmless man ha ido mutando, intentando pasar inadvertido, despistando al ser encarnado por algún actor de renombre y sex appeal incuestionable o, incluso, ha tenido que ceder ocasionalmente su puesto a otro antagonista mucho más atractivo, aquel que yo, tras invertir miles de horas en el estudio de la materia, creo tener licencia en denominar: “El hijo de puta simpático con un polvo de muerte que ciega a la chica y no le deja ver que su mejor amigo también está muy guapo sin camisa”. En lo sucesivo: “el hijo de puta”.

El esquema funcionó durante décadas. Tom Hanks ganaba a Bill Pullman en Algo para recordar; Leonardo Di Caprio ganaba a Billy Zane en Titanic; John Cusack ganaba a Tim Robbins en Alta fidelidad; Ethan Hawke ganaba a Ben Stiller en Reality Bites; Ben Stiller ganaba a Matt Dillon en Algo pasa con Mary; Jack Nicholson ganaba a ¡Keanu Reeves! en Cuando menos te lo esperas y así toda la vida.

Pero un día se abren las puertas de un ascensor y aparece Hugh Grant, con un bronceado de rayos uva espectacular, Aretha Franklin de fondo y un juego de mandíbula que parece masticar con gusto su flamante conciencia de rompe bragas.

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En El diario de Bridget Jones, obra cumbre del denostado género, el personaje de Hugh Grant es el más grande y descarado hijo de puta que jamás se haya paseado por las calles de Londres. Y mola. Tiene las mejores líneas de todo el guión y dentro de su decadentismo follarín es absolutamente honesto consigo mismo y con la chica. Por un momento se obra el milagro y te preguntas si realmente Bridget se irá con el insufriblemente tedioso abogado que da besos de velcro o preferirá echarse a perder con su jefe promiscuo cabrón porque al menos sabe cómo divertirse. Al final, claro, se queda con Colin Firth. Vale, pero sólo porque descubre que Hugh ha contado un par de mentiras asquerosas. Si no, ¿de qué?

Siempre tuve la sensación de que Bridget Jones, heroína por antonomasia de todas las treintañeras solteras con desarreglos alimenticios y tendencia a la torpeza social y al vomitado compulsivo de soplapolleces, hubiera sido más feliz y triunfal llegando sola a los títulos de crédito. Habría resultado un alivio bastante transgresor para la mujer de su tiempo el poder irse a su casa sin novio pero contenta. Pero un desenlace así nos haría explotar la cabeza a las muchachas de mi generación en una tarde de domingo con una bolsa de agua caliente en el regazo, ¿verdad, chicas?

En la segunda parte Daniel Cleaver (Hugh para los amigos) se convierte en una caricatura de sí mismo. Es ya un ser abyecto y un enfermo sexual al cual le importa un carajo Bridget o cualquier otro elemento de la vida que no sirva para aumentar el tamaño de su ego y de su pene. Sigue siendo graciosísimo, pero el guión lo ha rebajado tanto moralmente que compensa completamente la soporífera personalidad de Mark Darcy (el señor Colin Firth, para todos). Y claro, el tercer acto se hace interminable por el estrés que supone anticiparse cuarenta minutos al desenlace besil.

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Tenía muchísimo miedo de Bridget Jones’s baby. Había visto el cartel y en el lugar que siempre ocupó Mr Grant aparecía Patrick Dempsey; más conocido como el doctor cachondo en Anatomía de Grey.

Pensé que quizás Hugh Grant no figuraba en los títulos de crédito por estrategia de marketing, como hacen en las series de televisión de zombies o islas, para no destripar antes de tiempo. Y lo cierto es que erré. Lo único que aparece de Daniel Cleaver en la maldita película es una foto gigante con él sonriendo de lado a su estilo guasón junto a un féretro que supuestamente lo contiene. Esto pasa a los cinco o seis minutos de metraje. Hubiera dejado de verla justo en ese momento, pero de repente se me ocurrió que aquello era una metáfora brillante de lo que sucede en la comedia romántica actual y en la saga de Bridget Jones en particular.

Hugh Grant, doctor en hijoputismo romántico, está muerto. ¿Por qué? Porque si estuviera vivo ganaría esta vez, ¡diablos! Y eso es una ironía tan insoportable e incoherente con la línea siempre éticamente didáctica de la comedia de enredo amoroso, que han decidido amputar a la estrella en pro del conjunto del film. Y el resultado es tan aburrido y parsimónico como el vídeo de la comunión de un Borbón.

Esa huída en la ficción de la solución que tendría lugar sin duda en la realidad da como resultado que Renée Zellweger acabe uniéndose definitivamente y para los restos al charmless man, a Al Gore, a todos aquellos antihéroes sosainas desechados por sus predecesoras. Y la historia se convierte en un anacronismo. Porque ahora ninguna mujer ante la alternativa preferiría pasarse la vida con un apático y lacónico emocional.
Hoy, todas hubiésemos intentado cazar al hijo puta de Hugh Grant y reformarle a base de reproches hasta convertirle en Colin Firth. 

Como decía Brian al ex-leproso en La vida de Brian: “Hay algunos que nunca están contentos”.

DE DESEAR LO REPULSIVO

Tendría yo unos nueve años. Era una mañana de gastroenteritis infantil conveniente. Hubiera preferido quedarme en casa viendo a Pepe Navarro, pero en cambio salimos a la calle. Mi madre tiraba de mí como lo hacía del bolso. Y yo me sentía igual que uno; llena de cosas dentro pero sin poder sacarlas por mí misma. Íbamos por la calle de recado adulto tedioso en recado adulto tedioso. La cola del banco parecía infinita. Después de robar un caramelo naranja con sabor a nada, reposé un rato el culito de niña en uno de esos sillones cuyo tapizado está más guarro que el teclado de ordenador de Diógenes. Empecé a mirar fijamente a la gente que esperaba. Cuando eres pequeño tienes los mismos privilegios que Chevy Chase en Memorias de un hombre invisible, pero otros intereses.

Mis repasos de los individuos solían ser rápidos, desmotivados y poco fructíferos. Hasta que la vi a ella. Cuarenta años. Peinado garçon. Pelo negro con canas incipientes sutilmente barnizado de sebo. Ojeras de neorrealismo italiano. Delgadez flácida; como si en lugar de haber bajado de peso, se hubiera vaciado de grasa. Como cuando al final de un día de playa abres el taponcito para deshinchar la colchoneta y después de quince minutos de expulsión de aire aún parece tener consistencia flotante. Esa clase de forma, en complexión física, tenía la mujer. Y verrugas. Una ingente cantidad de verrugas. Verrugas color carne. La suya: beige rosado. Verrugas grandes y rugosas, amorfas, salpicadas a lo largo de toda la piel visible. Verrugas en la cara, en el cuello, en el escote, en los brazos. Una verruga en el empeine del pie izquierdo. Otra en un párpado. Una impresionante torreta verruguil de tres pisos en el brazo. Se contoneaba igual que un postre al ritmo de la tensión del músculo.

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Yo era incapaz de apartar la mirada. Saltaba concentrada en el equilibrio visual de una verruga a otra. A veces no era necesario el impulso y sólo tenía que caminar. Estaban tan juntas… Mi fascinación crecía en consonancia con la familiaridad que me producía la imagen a fuerza de mirarla con esa clase de atención científica. El tiempo se me pasó volado. Antes de que se me empezaran a vidriar los ojos de tenerlos tan abiertos, tanto tiempo, mi madre ya tiraba de mi mano, y con ella del resto de mi cuerpecillo de morbosa deleznable precoz, hacia la salida. Hubiera estado allí mirándola toda la mañana. Aquello era lo contrario al aburrimiento.

Recuerdo la sensación de náusea íntimamente unida a la de tristeza y frustración por la ruptura impuesta del acto de contemplar algo magnético.

Durante todos estos años he pensado muchas veces en aquella mujer. He pensado si estaría enferma. Si se daría cuenta de mi impertinente mirada convirtiéndola cruelmente en fenómeno circense. Pienso si realmente era tan llamativa o era mi fiebre la que multiplicaba y afeaba aquellas protuberancias. Si ella era consciente de generar ese grado de atracción. Y por encima de todos los demás dilemas posibles, jamás he podido dejar de preguntarme y responderme especulativamente: ¿por qué? ¿por qué no podía apartar la vista?

Jorge Javier Vázquez es la respuesta, amigos.

Jorge Javier.

Durante todos los años que vi la televisión nacional y durante todo el feliz tiempo que hace que la dejé, he escuchado exactamente el mismo discurso de indignación y desconcierto: “Yo es que no sé por qué la gente ve la mierda esa de Sálvame.” “Jorge Javier es un engendro sin talento”.“Yo vagaría por el desierto con la única compañía y alimento de un tupper de mi propia caca antes que ver un programa de ese tío”. “He visto cinco minutos de tele 5 ¡y ahora me sangran los ojos!”. Esa clase de comentarios cotidianos, más o menos vehementes.

La cuestión es que J.J. tiene más poder mediático que cualquier otro personaje público del país. Si el mundo fuera sólo España, Jorge Javier sería el Papa u Oprah Winfrey. Hace cuatro o cinco años que no le veo pero sigo oyendo hablar de él con regularidad. Es más, recuerdo mejor su cara que la de algunos miembros de mi familia de segundo grado.

Y es curioso, jamás he conocido a nadie que afirme que le caiga bien. Ni a persona alguna que tolere siquiera su aspecto físico. Creo que existe más gente dispuesta a confesar que vota al P.P. a admitir que les parece majo Jorge Javier. Y, de hecho, después de estos arduos primeros años de este perverso siglo XXI puedo decir sin demasiada vergüenza o miedo a equivocarme que a nadie le produce simpatía esta persona. Lo que J.J. provoca es algo situado en las antípodas del encanto pero que tiene un efecto de reclamo mucho más eficaz que él: el asco.

Jorge Javier Vázquez

Escucharle o mirarle provoca un nivel tal de rechazo que traspasa los umbrales perceptivos y se convierte en morbo puro; un morbo que te llega a hacer depender casi físicamente de ingerir Jorge Javier Vázquez en dosis regulares.

En Una historia del Bronx, Lillo Brancato jr, el hijo del autobusero del barrio (Robert De Niro), le preguntaba al mafioso líder de la zona, Chazz Palminteri: “¿Es mejor que te teman o que te quieran?”. Y Chazz después de hacer un juego italoamericano de manitas con resoplido nasal final de reflexión zanjada le decía, en paráfrasis: “Sin duda es mejor que te teman; porque te serán más leales”. ¿Y qué es el morbo si no un terror a lo horripilante? Cuando miramos un accidente de tráfico o un asesinato en Juego de tronos ¿acaso no lo hacemos guiados por una íntima sensación de repulsión atrayente? Estamos permanentemente dominados por una fuerte seducción de lo desagradable. Porque lo asqueroso tiene una buena parte de enigma y otra tanta de alivio. El alivio de no ser eso que nos repugna; de librarnos al fin de ello puesto que está fuera.

¿A que ahora se entiende un poco mejor lo de Donald Trump?

¡De nada!

donald