DE NO PODER SOBREVIVIR AL ORGASMO

Hay un actor italiano tan guapo que me duele. Noto una sensación de auténtico embarazo cuando veo sus películas. Todo el rato tengo la incómoda certeza de que mi aspecto no es digno de plantarse frente a la pantalla para visionar su, en cambio, arrebatadora y atosigante perfección. A veces agarro un cojín y oculto media cara con él para poder mirarle con algo de tranquilidad –y también para taparme la boca por si emito algún sonido gutural de euforia-. Creo que si expusiera toda la jeta, él podría lanzar un vistazo al objetivo en cualquier momento y arrugar la boquita esa -digna de que se funde en su honor una religión- con desprecio y repugnancia y esputar un: “Ma cosa fai? Chi é? Andare là fuori, schifosa!”. Se llama Raoul Bova. Vaya nombre, ¿no? Jamás he visto una película en la que apareciese él por otra razón que no fuese que aparecía él. La mayoría son un bendito excremento de caballo. Me importa un huevo. Evitar ver algo en lo que salga Raoul Bova cuando me lo pide el íntimo furor es tan frustrante, doloroso y desasosegante como empezar una dieta hipocalórica en Nochebuena.

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