DE QUE TU VIDA SEA UN THRILLER POR CULPA DEL GAZPACHO

Es importante decir primero que yo no soy una tía guapa. No doy asco tampoco, pero no creo que nadie sueñe conmigo apriorísticamente. Es decir, soy la clase de persona cuyo atractivo físico es como mucho un “y además”. Si le gusto a un camarero con aspiraciones a humorista porque hemos coincidido en un pub, le he hecho cuatro bromas y le he rozado el brazo sutil pero sugerente dos veces seguidas, cuando hable de mí con sus amigos dirá: “Esa tía es muy maja, ha visto todas las pelis de Woody Allen, sabe quién es Lenny Bruce y además no está mal: buenas-tetas-cara-graciosa”. Nunca dirá: “He conocido a una tía que está buenísima” y empezará a emitir zumbidos neandertales de poder machuno mientras improvisa danzas fálicas actualizadas al estilo del presente siglo, para demostrar así a sus amigos la veracidad de dicha afirmación.

Sea como sea, el frutero del supermercado de mi barrio está enamorado de mí. Me quiere desde el primer día que me vio. Yo ni me di cuenta de que estaba en la estancia. Buscaba desesperadamente surimi. No había nada más para mí. Pasta sintética de desechos de pescado y yo. Me paré frente a las cámaras frigoríficas. Dejé que el frío me contrajese la piel unos segundos. Esas pequeñas ráfagas vampíricas que me monto en el súper hacen la vida cotidiana mucho más interesante. Cogí los palitos de cangrejo y noté una fuerte punzada en la nuca. Era la abrasadora mirada del frutero enamorado. Todo esto lo supe semanas más tarde a través de un flashback.

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