DE LAS MUJERES SEGÚN WOODY ALLEN

Mi opinión sobre Woody Allen a los doce años era muy simple: “este jambo es un cutre”. Todas sus películas tenían una fotografía otoñal demasiado deprimente para mi pubertad. Los actores parecían estar a punto de caramelo de la menopausia. También los hombres, que en cierto modo resultaban feminizados por la pedantería y esos ademanes de intelectual flácido. Los personajes masculinos en el cine de Woody Allen, sin necesidad de estar gordos, por norma general parecen tener un índice de grasa corporal más propio de una mujer que de un tío; si entendemos por tío alguien como Zac Efron –tutto fibra-. El otro día, por ejemplo, intentando ver Café Society no dejaba de observar al viscoso de Jesse Eisenberg y pensar en que posiblemente podría hundir mi dedo índice en su abdomen hasta acabar sumergiendo en su cuerpo la longitud entera de mi brazo. Como si estuviera hecho de merengue o de pasta putrefacta cárnica de zombie, no lo sé. Algo inconsistente y muy mórbido, en cualquier caso.

Luego me fui haciendo mayor y Woody también y la gente que salía en sus películas empezó a ser más guapa. Los tonos marrones, caqui y verde chaqueta de lana de profesor de filosofía se convirtieron en naranjas muy luminosos. Como si al acercarse al final de su vida hubiese decidido cambiar el otoño por la primavera para reforzar su negación de la muerte. Y por la misma razón, todos los argumentos de sus películas se volvieron significativamente más frívolos. Los hombres, en muchos casos, han seguido siendo iguales, eso sí. De no salir él, siempre habrá algún fofo pesado dispuesto a imitarle: como Kenneth Branagh, Owen Wilson o John Cusack. Pero las mujeres no. Las chicas ya son otra historia, ¿verdad, sátiro?

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DE SER FELIZ Y POR ELLO TEMER AL YIHADISMO

Estoy posada en el sofá de mi salón. Posarse es mucho menos relajado que tumbarse. Una se tumba para soñar o derrumbarse y se posa para asumir y ponerse en marcha luego. Miro las vigas de madera del techo. Mi casa ha sido diseñada por un fucker cuarentón. Pienso en la cantidad de sueños lascivos proyectados sobre ellas. Me imagino que alguien con un concepto estético así aspiraba a estar siempre debajo al follar, si no se habría dejado de elementos arquitectónicos robustos y fálicos y mi parquet ahora no sería de pegatina. “Vago hortera del infierno”, pienso, y acto seguido me siento una usurpadora del espacio vital de otro. Como si mis bailecitos a solas en pelotas como festejo de la liberación íntima de mi condición femenina fueran una clase de felicidad menos legítima que las aspiraciones orgiásticas de un follador pequeñico – esto último lo sé porque la distancia que va desde la clave del arco de entrada al salón hasta el suelo van menos de 175 cms. Y me lo imagino poniéndose de puntillas debajo y diciendo “¡mira! todavía no me doy”. Me lo imagino y siento una cierta y amarga conmoción compasiva.

Me llama mi hermana para anunciarme que se siente muy bien. Mi hermana es la única persona que se comunica conmigo vía telefónica para explicarme algo bueno. La mayoría sólo llamamos para balbucear quejidos. Lo cual está bien porque da mucho mejor material para hacer comedia. El sufrimiento es el combustible del humor; eres aburrido hasta que te hacen una buena putada.

“La verdad es que soy tan feliz ahora que estoy un poco preocupada por la posibilidad de morir en un atentado yihadista”.

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